martes, septiembre 01, 2015

¿TE VAS A QUEDAR AHÍ TIRADO?



Estaba preparando una charla que tengo que dar próximamente, y buscando material para la misma me he reencontrado con un vídeo que ya vi hace tiempo. Se trata de un fragmento de una conferencia de Nick Vujicic, un hombre que nació sin brazos ni piernas. Lo he visto ya varias veces, y cada vez que lo veo vuelvo a emocionarme. Os dejo con Nick, y luego comentamos.


La calidad del vídeo no es la mejor, pero tampoco es necesario mucho más. El mensaje se entiende perfectamente. Y, la verdad, no habría mucho que decir, no habría más que añadir. Pero yo me pregunto... ¿por qué nos quejamos tanto? ¿Por qué, en cuanto las cosas nos salen mal, o no salen como nosotros queríamos, o no salen a la primera, tiramos la toalla y nos vamos a un rincón a llorar? ¿Por qué, de qué nos sirve, hacernos las víctimas, echar la culpa de todo a nuestro entorno, a la sociedad, al sistema, en lugar de hacernos responsables de nuestra propia vida? El protagonista del vídeo bien podría haber pensado, "la vida para mí no tiene sentido, no puedo hacer nada". Y sin embargo, ahí lo tenemos, dando ejemplo de coraje y superación. Podéis encontrar muchos más vídeos sobre él en la red. Por ejemplo, hay uno en el que nos cuenta un poco de cómo se las arregla en casa. Podéis verlo pinchando en este enlace

Ahora Nick, que podía haberse dedicado a lamentar su mala suerte, está casado con una bellísima mujer y tiene un hijo encantador. Todos los días, o casi todos, publica en las redes sociales, recordando al mundo que la vida puede, y debe, vivirse intensamente. 

Ayer por la noche, cuando trataba de dormirme, me llegó la noticia del fallecimiento de un compañero de un curso reciente. Eduardo tenía 41 años y un accidente de tráfico acabó con su vida. Pero... ¿por qué cuento esto? ¿Qué tiene que ver con lo que estamos hablando? Pues tiene que ver mucho. Tiene que ver que no sabemos cuándo nos vamos a ir de este mundo. Eduardo lo estaba pasando mal, su vida no era como le gustaría. Pero luchaba para salir adelante, y, poco a poco, lo iba consiguiendo. Finalmente, probablemente cuando menos lo esperaba, y cuando un montón de planes le esperaban a la vuelta de la esquina, lo que encontró fue la muerte. Y eso nos puede pasar a cualquiera. Ninguno estamos libre de ello. Todos tenemos fecha de caducidad, nuestro paso por este mundo es efímero. Por eso, ¿no deberíamos exprimir a fondo cada uno de los instantes de cada uno de los días de nuestra vida? No sabemos si va a ser el último. 

Nick nos enseña a ello. Nos enseña a levantarnos cada vez que caemos, una, dos, diez, mil veces, las que sean necesarias. Nos enseña a saltar por encima de las dificultades, a reírnos de ellas, a afrontarlas con coraje y dignidad. Nos enseña a vivir la vida con alegría, sin excusas, haciéndose responsable de lo que le ha tocado vivir, de sus circunstancias, de sus incapacidades. Y si él puede, ¿no vamos a poder nosotros? 

¡Adelante con la vida! Adelante con sus grandezas y con sus miserias, adelante con sus pruebas y sus dificultades. Adelante, siempre adelante, con la cabeza bien alta y levantándose tras cada caída. No dejes atrás tus sueños, lucha por ellos, inténtalo una y otra vez, hasta que salga. Renuncia a permanecer en tu zona de confort, sal de ella, rompe los límites que tú mismo te has creado. Empieza a vivir y hazlo ya. Mañana puede ser demasiado tarde.




Aprovecho para, ya que le he mencionado, mandar desde aquí mis mejores deseos a Edu. Allá donde estés, querido amigo, allá desde donde leas estas líneas, descansa en paz y vela por los que nos quedamos aquí. Los que te conocimos, mientras vivamos, no te olvidaremos, tenlo por seguro. Yo siempre recordaré tu mirada en aquella dinámica de trabajo que hicimos juntos en el DPOP. Aún no conocía a nadie, era el principio de curso. Tú fuiste el primero. Y contigo como testigo firmé mi primer compromiso de aquellos tres meses. Ese compromiso, que hasta hoy sólo tú y yo sabíamos, y que hoy hago público, consistía en abrirme a los demás, en dejar de lado mi timidez, en hacerme querer por los demás y darles lo mejor de mí. Durante el curso fui cumpliendo con creces aquel compromiso, y hoy sigo trabajando con él y compartiendo mi grandeza con los demás. Desde ahora, tú me darás fuerzas para seguir cumpliéndolo. Gracias, amigo. Descansa en paz.

domingo, agosto 30, 2015

TENER RAZÓN



El otro día tuve una pequeña discusión de tráfico que no llegó a mayores. Yo circulaba por una rotonda, y lo hacía por fuera, como debe hacerse. Entonces, otro conductor que la hacía por dentro quiso salir de ella y casi golpea mi coche. Frené, evité la colisión, y ambos nos recriminamos nuestra mala conducción. Él me dijo que había que mirar, y yo le dije que las rotondas se hacen por fuera. Entonces él se dio cuenta de que yo tenía razón, inicialmente lo reconoció, pero inmediatamente me echó en cara el habérselo dicho de malas maneras y me insultó. Parecía que el carecer de razón le enervó hasta ese punto. Y esto, después del calentón, me hizo reflexionar. Esta vez yo tenía la razón. Él no la tenía, y le molestó no tenerla. Pero otras veces es al revés. Soy yo el que se equivoca, el que no lleva razón... y el que se carga de ella y se enfada porque le molesta no tenerla.

¿Por qué nos pasa esto? ¿Por qué siempre queremos llevar la razón, y cuando nos damos cuenta de que no la tenemos, nos molesta, no lo reconocemos, nos enfadamos, y además seguimos erre que erre tratando de demostrar que sí la tenemos? ¿Por qué nos cuenta tanto ser humildes? ¿Qué ganamos teniendo razón, aun cuando no la tengamos? ¿Y qué perdemos si reconocemos que nos hemos equivocado y que no tenemos razón? ¿Qué perdemos pidiendo perdón? 

Creo que es una actitud muy absurda la que tenemos a menudo, de no querer reconocer que no siempre tenemos razón, que nos equivocamos, que no lo sabemos todo, y que a veces hacemos las cosas mal. ¿No sería más fácil la actitud contraria? Bueno, más fácil quizá no, y a la vista está, pues pocas veces actuamos así. Pero... ¿no sería mejor para nuestra convivencia con los demás? Incluso, ¿no sería mejor para nosotros mismos? Si reconocemos que no tenemos razón, agachamos la cabeza y reconocemos nuestros errores, incluso pedimos perdón por ellos, obtendremos diversos beneficios. Por un lado, sentiremos la tranquilidad y la paz de habernos reconocido imperfectos. Cuando uno se da cuenta de que no tiene razón, y aun así se pone como un energúmeno para defender su razón, en el fondo se siente mal y acaba enfadándose consigo mismo (es, al menos, lo que me pasa a mí). En cambio, cuando uno reconoce que se ha equivocado, acaba quedándose más tranquilo, se quita un peso de encima. Por otro lado, se evitan conflictos con otras personas, con lo que mejora la convivencia. Y por otro, estamos más abiertos a aprender de los demás... y también de nuestros propios errores. Gracias a nuestros errores, y al punto de vista de los demás, nos vamos haciendo más sabios.

Entonces... ¿no es mejor actuar con humildad que con orgullo y prepotencia? Parece que sí, pero... nos cuesta, no parece ser algo natural en nosotros, la humildad parece ser una virtud harto difícil que conquistar. Y es que, dicen los entendidos, que cuando uno se cree humilde ya está dejando de serlo. Aunque esto quizá sería salirse del tema que me trae hoy aquí, quizá sería motivo de otro artículo. Lo que yo quería proponer hoy es que hagamos el esfuerzo de reconocer que no siempre tenemos razón, y que, cuando nos demos cuenta de que no la tenemos, demos un paso atrás y rectifiquemos, pidamos perdón si es necesario, y reconozcamos al otro su razón. Pienso que esto facilitaría mucho la convivencia entre todos. Si lo hacemos en nuestros círculos más cercanos, se irá extendiendo poco a poco, y la sociedad mejorará. Estas cosas funcionan así: cambia tú, y cambiará tu entorno. ¿Te animas? ¿Me acompañas? Venga... ¡vamos!

Agradezco tus comentarios en el blog, agradezco también que difundas mis artículos, y agradezco mucho que me critiques, que me des caña, que me digas con qué no estás de acuerdo y por qué, que me expliques cuál es tu punto de vista. También agradezco, por supuesto, los piropos. Pero con ellos aprendo menos que con tus críticas. ¿Me ayudas a crecer? ¡Gracias!

viernes, agosto 21, 2015

COMPROMISO



La vida es puro compromiso, y, sin embargo, a menudo pienso que es algo de lo que huimos. No es algo que esté de moda, el compromiso. Se lleva mucho eso de las relaciones sin compromiso, quizá por un miedo a perder libertad, una falsa libertad, diría yo. Cuántas parejas se rompen por no ser capaces de ser fieles a un compromiso. Y cuantas promesas no se cumplen por lo mismo, por esa falta de fidelidad, a los demás y a uno mismo.

Paradójicamente, siento que a veces se habla demasiado. Se prometen muchas cosas, sin saber siquiera si se van a poder cumplir, o sin llegar al verdadero compromiso de cumplirlas, pase lo que pase. Esto ocurre de forma especialmente visible en la política. No hace falta poner ejemplos, todos estamos hartos de promesas no cumplidas por parte de los políticos, de un signo o de otro. Se promete para ganar votos, incluso sabiendo que no se va a poder cumplir lo que se promete. Es decir, se miente. Porque cuando uno promete algo sabiendo que no lo va a cumplir, lo que está haciendo es mentir. Y si se promete dudando de si se podrá cumplir o no lo prometido, quizá no se mienta, pero se está siendo un tanto temerario. Y se está poniendo en juego la honorabilidad y lacredibilidad, ya que si prometemos algo y luego no lo cumplimos, la próxima vez será más difícil que nos crean, que confíen en nosotros.

El compromiso, como vemos, está directamente relacionado con la promesa. Cuando uno llega a un compromiso con alguien, o consigo mismo, está prometiendo algo. Está haciendo una declaración de promesa. Y esa declaración debería llevar consigo la obligación de poder cumplir lo que se promete. Y no sólo de poder cumplirlo, sino de estar dispuesto a ello, incluso cuando las circunstancias no sean las mejores, incluso cuando se compliquen las cosas. Evidentemente, a veces surgen complicaciones, surgen imprevistos que dificultan el cumplimiento de nuestras promesas, el ser fieles a ese compromiso adquirido. En principio habría que prever esas complicaciones, pero en el caso de que no sea posible, entonces hay que estar prontos a pedir perdón y a tratar de reparar el posible daño causado de la mejor forma posible.

Cuando prometemos algo, puede ser de motu propio o puede ser a instancias de otro, es decir, por algo que alguien nos pide. Y esa promesa implica una nueva declaración, la declaración del sí. Cuando decimos sí a algo que nos piden, nos estamos comprometiendo a cumplirlo. Y, al hacerlo, estamos poniendo en juego el valor de nuestra palabra. Si una vez y otra no cumplimos aquello con lo que nos comprometemos, estaremos restando valor a lo que decimos, será difícil que se confíe en nosotros. Y a veces no hace falta incumplir reiteradamente las promesas. A veces basta con haberse comprometido con algo grave, con algo importante, y haberlo incumplido, para que se deje de confiar plenamente en nosotros. Por tanto, el valor de nuestra palabra depende en gran medida de lo que hagamos con nuestras promesas, con los compromisos que adquirimos. Es importante, pues, no hacer promesas a la ligera, no hablar de más, no fanfarronear, pensar las cosas dos veces antes de decirlas o de hacerlas. Porque, además de poner en juego el valor de nuestra palabra, podemos estar poniendo también en juego la sensibilidad de terceras personas, podemos causar un daño importante en el caso de incumplir lo prometido.

Otra declaración que entra en juego a la hora de comprometerse o no con algo es la declaración del no. Si se nos pide algo que no está a nuestro alcance, o que dudamos de si vamos a poder cumplir, entonces deberíamos decir que no, o, cuanto menos, pensarlo muy bien antes de decir que sí. Valorar muy bien la situación antes de comprometernos a nada. Cada vez que consideramos que deberíamos decir no, y no lo decimos, estamos comprometiendo nuestra dignidad. Es, por tanto, importante aprender a decir que no cuando hay que decirlo.

Finalmente, para comprometerse con algo, y, especialmente, para comprometerse con alguien, hacen falta altas dosis de lealtad, de generosidad, de honestidad, de sinceridad, de valentía. Decía anteriormente que el compromiso no está de moda, y es que vivimos en una sociedad demasiado individualista, demasiado egocéntrica, una sociedad en la que los individuos miran demasiado hacia dentro, hacia sí mismos. Una sociedad en la que se exalta el valor de la libertad hasta hipertrofiarlo y confundirlo, una sociedad en la que el miedo al compromiso está a la orden del día, y, para no admitirlo, se disfraza de otras cosas. Nos contamos historias a nosotros mismos para justificarlo. Disfrazamos ese miedo con palabras como independencia, necesidad de libertad, autosuficiencia. Pero pienso que ello, a la larga, nos lleva a la más absoluta soledad. Queremos ser libres y somos esclavos de nuestros miedos y de nuestro egoísmo; queremos ser independientes y somos dependientes de nuestros vicios; fingimos ser autosuficientes cuando en realidad lo que necesitaríamos sería reconocer nuestra vulnerabilidad. Y eso no significa ser débil, no significa ser dependiente, no significa ser esclavo de nada ni de nadie. Significa, simplemente, que somos seres imperfectos, con virtudes y defectos, con seguridades e inseguridades, con fortalezas y debilidades, con miedos que afrontar. Y reconocer los miedos, las limitaciones, las incapacidades, no es de débiles sino de valientes.

Al final, la clave de todo está en el amor. En primer lugar, a nosotros mismos. Saber querernos y aceptarnos como somos, con nuestras diferencias y nuestras exclusividades. Y, a partir de ahí, el amor a los demás (dicen que las puertas de la felicidad se abren hacia afuera). Si nos aceptamos a nosotros mismos, es mucho más fácil que lo hagamos con los demás, y es mucho más fácil que seamos capaces de comprometernos, de cumplir nuestras promesas, incuso de dar un sí para toda la vida, aun cuando caigan chuzos de punta. Amar y ser amado. Esa es, al final, la aspiración de todo ser humano. Esa es, probablemente, la clave de la felicidad.

lunes, agosto 10, 2015

EL AMOR NO SE MENDIGA



El vídeo que comparto a continuación es tan expresivo que no necesita explicación ninguna. De una forma clara y sencilla esta mujer nos habla de dignidad, de amor, de autenticidad... Ella se dirige a las mujeres, pero es perfectamente aplicable a los hombres. Os dejo con el vídeo, y después comentamos un poco.



¿Qué más decir? Pues eso... ¡¡quiérete, coño, quiérete!! Lo dice muy clarito: si alguien quiere estar contigo, va a buscar la forma de estar contigo. Moverá Roma con Santiago, pondrá el mundo patas arriba si es preciso, hará lo que tenga que hacer, y sacará tiempo, tiempo de calidad, para estar contigo. Te hará saber, no sólo de palabra sino sobre todo con hechos, que tú eres la persona más importante en su vida, que su mundo gira en torno a ti, que eres el centro de su universo. Y si esto no es así... plantéate esa relación. Si nunca tiene tiempo para estar contigo, si siempre tiene mucho trabajo, si tiene siempre una razón para no verte, si te da las migajas de su tiempo... quiérete y búscate otro, búscate otra. Todo eso, el trabajo, los amigos, los compromisos, la familia, el perro, los viajes de negocios, lo que sea que te cuente como excusa para no verte son eso, excusas y nada más que excusas. No pierdas el tiempo con quien no quiere ganarlo contigo, no supliques que te dedique su atención, no gastes ni un sólo minuto de tu vida con alguien que demuestra no merecerte. Si alguien te quiere de verdad ha de demostrarlo, y ten por seguro que si ese amor es verdadero lo hará. Y si no lo hace... quiérete y mándale a paseo. No pierdas tu tiempo, que el amor no se mendiga.

Pero este vídeo tiene doble dirección. Si de verdad quieres a alguien... compórtate como un valiente, arriesga tu vida por esa persona, conviértela en tu centro, en tu mayor pasión, en lo que da sentido a tu vida. Vuelve loca, loca de amor a esa persona, no te guardes nada, dáselo todo, haz que sienta que no hay otra, otro, en el mundo más que ella, que él. No te guardes ni un sólo beso, ni una sóla caricia, ni un sólo te quiero. No racanees tus atenciones, tus detalles, tus gestos de cariño. Sorpréndela, sorpréndele, vela por sus sueños, conquístala, conquístale cada día, uno sí y otro también. Y cuando no tengas ganas, cuando estés cansado, cuando la vida te pese... redobla tus esfuerzos, que es en esos momentos cuando más hay que demostrar el amor. Es en los momentos de aridez y de desgana cuando hay que echar el resto para volverse a enamorar, para volver a enamorar a la persona querida. ¡Quiérela, coño, quiérela! No pongas excusas, no te inventes cuentos, no te engañes contándotelos a ti mismo. Quiérela, y punto. Y demuéstraselo. Y si no estás dispuesto, déjala marchar, déjala libre, que no mereces su amor.

viernes, agosto 07, 2015

SIC TRANSIT GLORIA MUNDI



Hace dos días murió Roberto, de un infarto. No tuve la suerte de conocerle, tan sólo un par de minutos, un hola y un adiós a las puertas del Retiro. Me lo presentó Jose, mi compañero y amigo en el DPOP (curso de desarrollo personal que trajo a mi vida gente maravillosa). No tuve la suerte de conocerle, digo, pero lo que he oído de él es todo bueno. Era, seguro, como se suele decir, un hombre bueno. No sé cuántos años tenía, pero, como se puede ver en la foto, era joven. Un infarto se lo llevó, dejando un vacío en las vidas de todos los que frecuentaban su amistad.

Cuando leí la noticia de su muerte, me quedé paralizado. No lo podía creer. Aquel hombre de sonrisa profunda, mirada afable y apretón firme de manos (como a mí me gusta, como dan la mano las personas recias), aquel hombre ya no estaba entre nosotros. Y eso me dio mucho que pensar. La vida son dos días, como se suele decir... y no nos damos cuenta hasta que algo así sucede. Lo malo es que sucede, nos llevamos las manos a la cabeza, nos quedamos conmocionados... y a los tres días estamos de nuevo en nuestras cosas, como si nada hubiera sucedido, sin aprender nada nuevo.

La vida pasa, y pasa rápido. Y la muerte nos llega a todos. Antes o después, pero llega. Es lo más cierto que sabemos desde que nacemos. Nuestro paso por este mundo es transitorio, es fugaz, tiene fecha de caducidad, aunque no la conozcamos. Y sin embargo, nos negamos a aceptarlo. Tenemos tanto miedo a la muerte que vivimos de espaldas a ella. No queremos nombrarla, la queremos bien lejos, es nuestro enemigo silencioso, que nos espera a la vuelta de la esquina, y que tratamos de burlar, engañándonos a nosotros mismos, porque por mucho que hagamos, antes o después nos alcanzará.

Pero... ¿tiene sentido huir de la muerte, vivir de espaldas a ella? Si es algo que está ahí, cada día, ¿por qué empeñarnos en ocultarla? No quiero, ni mucho menos, convertir este artículo en una dosis de pesimismo. Más bien todo lo contrario. Aceptar que nos vamos a morir, enfrentar de cara a la muerte y tratarla de tú a tú, puede ser, debería ser, la mejor forma de vivir una vida en plenitud. ¡Cuántos "mañana lo haré" nos ahorraríamos! Mañana lo haré, sí, pero... ¿y si no hay un mañana para mí? Nos pasamos la vida aplazando las cosas pensando que ya las haremos, creyendo que nuestro tiempo es infinito. Pero el día menos pensado todo se acaba. Y de pronto nos quedamos sin decir a aquella persona lo mucho que la queríamos, nos quedamos sin besar y sin abrazar a nuestros seres queridos, nos quedamos sin pedir perdón a aquel amigo con el que nos enfadamos por una tontería, nos quedamos sin hacer tantas y tantas cosas porque ya las haremos mañana...

La noticia de la muerte de Roberto me ha hecho reflexionar mucho. Pienso, y me lo aplico a mí el primero, que deberíamos vivir la vida con mucha más intensidad de lo que la vivimos. Tantas horas perdidas, tantas oportunidades que pasan por no atrevernos, por no arriesgar, por aplazar momentos que puede que nunca lleguen. A menudo vivimos la vida con miedo, con miedo a equivocarnos, con miedo a perder, con miedo al ridículo, con miedo a amar, con miedo a atravesar puertas por no estar seguro de lo que hay detrás, con miedo a comenzar caminos por no saber si nos llevarán donde queremos... Y mientras, la vida pasa, inclemente, no espera a nadie, no se detiene. ¿A qué estamos esperando para vivirla en plenitud? ¿A qué esperamos para exprimirla a tope, para sacarle todo su jugo, para bebérnosla a chorros? Si nos caemos, ya nos levantaremos. Si nos equivocamos, ya rectificaremos, si nos perdemos ya nos reencontraremos, si no sabemos a dónde vamos ya empezaremos de nuevo. Pero vivamos, vivamos sin miedo y arriesgando, porque sólo tenemos una oportunidad.

Si quieres a alguien, díselo, y haz lo que tengas que hacer para que se entere; si te gusta alguien, díselo, no te andes con tiras y aflojas y con tonterías de adolescente; si tienes algún conflicto con alguien perdónale y pídele perdón; si tienes una idea entre manos y te da miedo arriesgar, arriésgate ya; si tienes un sueño persíguelo; si quieres correr una maratón empieza ya a entrenar; si quieres subir una montaña súbela, si quieres aprender a nadar ponte a ello; si quieres amar, ama, y hazlo a lo grande, con mayúsculas, sin guardarte nada por miedo a salir herido, sin miedo a perder, sin miedo a arriesgar. Pero hazlo ya, no te quedes tirado en el sofá esperando a mañana... porque no sabes si mañana llegará. Y los demás se merecen que les des lo mejor de ti. La vida te está esperando, no la defraudes. Sal afuera, rompe tu cascarón, tu zona de confort, libera el hombre, la mujer valiente que llevas dentro, y cómete el mundo. Demuéstrale a la muerte que no le tienes miedo. Ríete de ella a carcajadas. 

Decía Víktor Frankl que no importa lo que esperes tú de la vida, sino que lo que importa es lo que la vida espere de ti. Y la vida son los demás, es la gente que te quiere, son las montañas que están esperando a que las subas, los ríos que desean que los cruces a nado, esas páginas en blanco deseosas de que escribas en ellas tus mejores composiciones, la vida son todas esas oportunidades que no debes dejar escapar por miedo a perder. Estoy seguro de que Roberto, desde donde ahora esté, con la sabiduría que ya ha alcanzado, nos anima a ello. Vamos a vivir, vamos a conquistar el mundo.vamos a AMAR. Así, con mayúsculas. Es la mejor forma de afrontar la muerte, de cara, sin miedo. Descansa en paz, Roberto.

lunes, agosto 03, 2015

VIVIR EL AGRADECIMIENTO



El agradecimiento, como cualquier otra cosa en la vida, se demuestra andando. Dar las gracias por algo, un favor, un servicio, una ayuda prestada... puede ser un simple gesto de educación, una fórmula de cortesía o algo mecánico que nos sale porque nos lo enseñaron de pequeños. Pero el agradecimiento es otra cosa, el agradecimiento es una actitud. Como el amar. No basta con decir "te quiero", hay que demostrarlo. No basta con decir "gracias", es necesario demostrarlo.

¿Y cómo se vive el agradecimiento? Pues... pienso que es algo que tiene mucho que ver con el amor. Cuando uno se siente agradecido por algo, lo demuestra amando. Es algo que, normalmente uno ni siquiera se plantea, porque sale del corazón. Cuando uno vive agradecido, se nota. Y también se nota lo contrario. Hay personas a las que se les llena la boca de agradecimiento, pero su actitud demuestra lo contrario. Suelen ser los mismos que hablan mucho de amor, dicen mucho "te quiero", pero a la hora de la verdad viven de puertas para adentro. Mucho te quiero, perrico, pero pan poquico, que dice el refranero.

Cuando uno está agradecido de verdad, cuando uno ama de verdad, lo demuestra con hechos, un día, y otro, y al siguiente. Alguien agradecido, alguien enamorado -creo que son palabras que están muy próximas- se desvive por el otro, está dispuesto a cualquier cosa por hacerle la vida más agradable, por hacerle feliz, por verle sonreír. Y no hacen falta heroicidades para demostrar el agradecimiento, para demostrar el amor. No hacen falta grandes acciones, ni volver el mundo del revés (aunque se pueda estar dispuesto a ello y a veces se haga). Se demuestra con el día a día, con pequeños gestos, con una sonrisa, con un detalle, con una visita por sorpresa, con una llamada inesperada, con un beso furtivo... Todo depende, evidentemente, del tipo de relación que tengamos con esa persona a la que agradecemos algo, y quizá también con ese algo por lo que estamos agradecidos. No es lo mismo estar agradecidos con los padres, por la vida recibida, por la educación, por los esfuerzos hechos para sacarnos adelante, que estar agradecido con un amigo que está ahí siempre que lo necesitamos. La forma de demostrar nuestro agradecimiento será diferente.

Uno puede también -y me atrevería a decir, debe- estar agradecido con la vida. Gracias a la vida, que me ha dado tanto, dice la canción. Y quizá llegados a este punto haya quien pueda decir, ah, no, yo no. A mí la vida me trata muy mal, yo no tengo nada que agradecer a la vida. Y puede ser que sí, que la vida a uno le trate mal, y que no vea motivos para estar agradecido con nada. Es cierto que hay vidas muy miserables, y yo sería el último en juzgar a nadie por no encontrar motivos de agradecimiento en la vida. Pero... ¿y si lo intentamos? A veces sólo hace falta mirar a nuestro alrededor para encontrar cientos, miles de motivos por los que estar agradecido. Un amanecer, una puesta de sol, una flor que nos sonríe al pasar a su lado, la risa de un niño, la lluvia de primavera, una palabra amable de un tendero, el trabajo de un barrendero que adecenta la ciudad, la dedicación de un mago infantil que hace sonreír a un niño enfermo... ¡Hay tantos y tantos motivos para estar agradecidos a la vida!

Hace tiempo leí por Internet acerca de un proyecto, que hoy os propongo a vosotros. Es todo un reto, que merece la pena hacer. Se trata de encontrar 365 cosas por las que estar agradecido, una por cada día del año. Y para hacerlo mejor, podemos coger un cuaderno e ir anotando día tras día eso por lo que estamos agradecidos. Cada día una cosa. Se puede escribir un pequeño texto, e incluso, como proponía el proyecto del que os hablo, acompañarlo de una fotografía. Este pequeño ejercicio nos ayudará a reparar en cosas a las que normalmente no prestamos mucha atención, y que, sin embargo, son motivo de agradecimiento. Y como la felicidad tiene mucho que ver con vivir agradecidos, seguro que después de un año dedicados a este proyecto, a encontrar cada día un motivo para dar gracias, seremos al menos un poquito más felices. ¿Te atreves? ¡No lo dejes para mañana! 

lunes, julio 27, 2015

VOLVER A AMAR



Mi artículo de hoy podría no tener palabras. No al menos las mías. Bastaría con el vídeo que añadiré a continuación, un cortometraje que, en poco más de cinco minutos, dice muchísimo más de lo que yo pueda decir en líneas y líneas escritas.

El corto se llama "Bastille", es de la directora española Isabel Coixet, y pertenece a una película llamada "Paris je t'aime", que es una selección de 18 cortometrajes rodados por diferentes directores en diferentes barrios de París, y todos hablan, de diferentes maneras y desde diferentes puntos de vista, del amor.

Como no quiero adelantar nada de lo que en el vídeo ocurre, os dejo con él, y a continuación termino con algún comentario propio.


De tanto comportarse como un hombre enamorado, se volvió a enamorar. Esa frase es para mí el resumen perfecto del excelente corto de Coixet. Leo en los comentarios del vídeo en Youtube a personas que dicen que el vídeo no les ha gustado, porque piensan que para que te vuelvan a querer hay que enfermar. Pero no creo que ese sea el mensaje del corto. No creo, ni mucho menos, que ese fuera el mensaje que quería transmitir la directora cuando lo rodó. Evidentemente, no sabemos lo que ella tenía en la cabeza. Pero lo que a mí me dice es que, independientemente de que en este caso el detonante sea una enfermedad, siempre es posible volver a enamorarse. Y, sobre todo, siempre es posible volver a amar, porque amar, entre otras muchas cosas, no deja de ser un acto de la voluntad. 
Yo decido amarte en todas las circunstancias, sean estas buenas o malas, vengan días mejores o peores, estés más joven o más vieja, estés más guapa o menos guapa. 

Dicen que el amor se acaba... y puede ser. El amor se acaba si no se alimenta, si no se cuida, si no se riega a diario. El amor se acaba si uno no está decidido a tomárselo en serio, si uno no está decidido a hacer frente a las dificultades y a los momentos de aridez. El amor se acaba si, cuando vienen mal dadas, uno mira para otro lado en busca de una salida en lugar de mirar hacia dentro buscando la solución hasta encontrarla. Puede que el amor se acabe, pero pienso que tenemos las herramientas necesarias para evitar que se acabe. Siempre, claro está, que ese amor se haya edificado sobre cimientos sólidos. Hoy día, en esta cultura nuestra del bienestar y de lo fácil, de lo simple y del "aquítepilloaquítemato", es más fácil prescindir del amor cuando se acaba que ponerse el traje de faena para arreglarlo. Es más fácil buscarse otra, otro, que luchar por seguir adelante.

El mensaje del corto, para mí, está claro, y no hace falta que aparezca una enfermedad para ponerlo en práctica. Se trata, simplemente, de amar. Incluso en los momentos de aridez. Es más, precisamente es en esos momentos cuando de verdad se demuestra el amor. Cuando hay mariposas en el estómago, cuando todo va como la seda, es muy fácil. 

Termino con un pequeño cuento que vi hace poco por Internet, con un mensaje muy parecido.

"Un hombre fue a visitar a un sabio consejero, y le dijo que ya no quería a su esposa y que iba a separarse. El sabio lo escuchó, lo miró a los ojos y solamente dijo una palabra: -ámala-. Luego se calló.
Pero es que ya no siento nada por ella -replicó el hombre.
Ámala -reiteró el sabio.
Y ante el desconcierto del visitante, después de un oportuno silencio, el viejo sabio agregó lo siguiente:
Amar es una decisión, no un sentimiento. Amar es dedicación y entrega. Amar es un verbo, y el fruto de esa acción es el amor.
El amor es un ejercicio de jardinería: arranca lo que te hace daño, prepara el terreno, siembra, sé paciente, riega, procura y cuida. Está preparado, porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvias. Pero no por eso abandones tu jardín. 
Ama a tu pareja, es decir, acéptala, valórala, dale tu amor... y serás feliz."

Tras la tormenta del enamoramiento, eso que Ortega llamaba "estado de imbecilidad transitoria", llega la calma. Y ahí es donde empieza lo bueno. ¿Te atreves?

viernes, julio 24, 2015

VIVE AMANDO



Me escribe un lector, a raíz de mi último artículo, "Haz que las cosas sucedan", para plantearme una cuestión. Me pregunta, literalmente, "¿qué haces cuando te la pegas contra un muro? ¿Cuando apuestas por un amigo y te sale rana? ¿Cómo cerrar esas heridas? ¿Cómo recuperarte para no blindarte ante el resto? ¿Cómo creer otra vez en la amistad?" El artículo del que hablamos versaba sobre lo profesional, pero, como ya dije, todo lo que escribí es perfectamente extrapolable a las relaciones humanas. 

En primer lugar, quiero agradecer a Jorge, por su confianza a la hora de plantearme esas cuestiones. Y agradecerle también su contribución a este blog, que, como decía en mi último artículo, pretendo que sea de todos. 

Por otro lado, como ya le decía a Jorge en privado... ¡qué difícil es responder a esas preguntas! Preguntas que, seguro, todos nos hemos hecho alguna vez. Y es que la vida no viene con libro de instrucciones. Además, nadie dijo que fuera fácil vivir. Pero hay que hacerlo, y vivir la vida con las cartas que nos ha tocado jugar.

Pienso que la única manera de no blindarse ante los demás, la única forma de volver a confiar cuando alguien ha roto tu confianza, es... confiando. Suena extraño, suena a que estoy escurriendo el bulto, a que no quiero responder a preguntas tan comprometedoras. Pero, realmente, es la única forma posible que se me ocurre. A andar se aprende andando, a montar en bici se aprende montando, a amar se aprende amando, y a confiar se aprende confiando. Al fin y al cabo, la vida hay que vivirla en gerundio, no existe otra manera.

Pero vamos a intentar desenredar un poco más la madeja. Si alguien traiciona tu confianza, lo primero que debes hacer es perdonar. Puede resultar, especialmente en algunas ocasiones, tarea realmente ardua. Pero es el único camino. Lo cual no quiere decir que tengas que continuar la relación con esa persona. En ocasiones será posible, y en otras no. Si es posible, perfecto. Y si no lo es... si no lo es, despídete de esa persona, pero no sin antes perdonarla. El perdón libera al ofensor de su culpa, pero sobre todo libera al ofendido de la ofensa recibida. No cargues con algo que no es tuyo. No cargues con un fardo tan pesado, que, seguro, te va a impedir caminar ligero por la vida. Suéltalo, despréndete de él, y sigue adelante.

Decía más arriba que la única manera de seguir confiando es confiar. Y es que las personas que confían generan confianza. Puede que te encuentres por el camino con gente que traicione esa confianza, con gente que te haga daño, con gente que te rompa el corazón. Pero si, a pesar de eso, confías en las personas, serán muchísimas más las que te ofrecerán lo mejor de sí mismas, serán muchas más las personas que nunca traicionarán tu confianza, serán muchas más las personas en las que podrás confiar plenamente. Por tanto, si te traicionan, si te rompen el corazón, coge los pedacitos, pégalos, levántate y sigue caminando, sigue amando, sigue ofreciendo tu amor. Con esto no digo que haya que ir por la vida ofreciendo el corazón al mejor postor, no es eso. Pero tampoco lo encierres dentro de una coraza impenetrable porque una vez, o mil, te hicieron daño. Hay muchas personas ahí fuera que se merecen tu amor... y tú, sin duda, te mereces el amor de todas esas personas.

Le contaba a Jorge, y os lo cuento a vosotros, por si os sirve de algo, mi propia experiencia de vida. Yo de pequeño era un niño muy tímido, y eso fue aprovechado por muchos otros niños para hacerme daño. Se metían conmigo, me hacían la vida imposible. Yo sufría mucho, no entendía por qué yo no podía ser aceptado como los demás. Y aquello hacía que me fuera encerrando en mí mismo, hacía que me fuera creando una coraza para protegerme de los demás. Por culpa de aquellas experiencias aprendí que la gente era mala y había que protegerse de ella. Aprendí a esconderme, a no exponerme, a vivir en mi propio mundo. Yo no podía confiar en los demás (excepto en mi familia y otras pocas personas muy próximas), para mí la gente era sinónimo de dolor. Y así fui creciendo, y así fueron pasando los años. Pero claro, yo no era feliz. Hasta que un día, no muy lejano, por cierto, me decidí a romper el cascarón. No fue nada fácil, y aún hoy a veces me cuesta. Pero en cuanto decidí abrirme al mundo, empecé a recibir lo que yo daba multiplicado por infinito. Empecé a recibir amor incondicional, empecé a sentirme querido por personas muy diferentes a mí simplemente por ser quien yo soy. La satisfacción era -es- tan grande, que compensa con creces todo el dolor que pude sufrir a lo largo de mi vida. Hoy sé que quizá aparezcan personas que traicionen mi confianza; sé que tendré que sufrir, que me romperán de nuevo el corazón. Pero sé también que ser feliz en esta vida pasa por eso, por aceptar que ese dolor forma parte de ella, y que esconder el corazón tras una coraza no es, al menos para mí, una opción. No existe la vida sin dolor. Lo importante es lo que tú decidas hacer con ese dolor. 

Decía Tagore, "confía siempre en el amor, aunque a veces te traiga tristeza". Y así debe ser. Vive tu vida amando, amando con mayúsculas. Vive también arriesgando. Podrás perder a veces, pero ganarás mucho más. Es la única forma de vivir la vida en plenitud. Si lo haces así, las heridas restañarán pronto, y tu corazón estará siempre en plena forma para dar lo mejor de sí, para dar lo mejor de ti. Entrégate, y verás cómo recibes muchísimo más de lo que das. Merece la pena.

Me despido agradeciendo de nuevo vuestros comentarios, ya sean públicos o privados. Me ayudan a crecer, a alimentar este blog, a entender mejor la vida, que, al fin y al cabo, es sobre lo que escribo. Gracias.

lunes, julio 20, 2015

HAZ QUE LAS COSAS SUCEDAN



Mi artículo de hoy no tiene una estructura definida. Simplemente quiero hablar… de ponerle pasión a la vida. Pienso que es algo que escasea, y que a cambio abunda la mediocridad, el aburrimiento, las vidas planas y grises. Yo mismo caigo en ello a menudo. Y porque no quiero que me pase más, porque quiero vivir una vida plena y auténtica, reflexiono sobre ello y escribo al tiempo, sin orden, sin estructura, simplemente escribo. Por cierto, te doy permiso, a ti que me lees, a sacudirme, a zarandearme, si me ves caer de nuevo en el hoyo del pesimismo, en la sima de la mediocridad, en el pozo del abandono.

Todos los días escuchamos a personas que esconden la palabra conformismo detrás de la palabra realismo. Personas que tenían un sueño, y que acaban rindiéndose a lo que ellos llaman la realidad. Personas que anhelaban grandes metas, y acaban conformándose con un sueldo a final de mes y un horario estructurado. ¿Te pasa a ti? ¿Amas algo, alguna actividad, y no te dedicas a ello? Si es así, no le llames realismo. Deja de engañarte, y llámalo por su nombre: conformismo.

Si tienes un sueño, si hay algo que amas, lucha por ello, dedícale horas, esfuérzate, sacrifícate, pon todo tu empeño, toda tu ilusión, toda tu pasión, en sacarlo adelante. En este país ya hay demasiados funcionarios, ya hay demasiadas personas con trabajos fijos, ya hay muchas, demasiadas, personas que no viven enamoradas de lo que hacen. Demasiadas personas que no arriesgan, demasiadas personas que se han conformado, porque luchar por alcanzar su sueño requería demasiados esfuerzos. ¡Vamos a salir, tú yo yo, de ese círculo triste y gris! Vamos a ponerle un poco de gracia a la vida, un poco de pasión, un poco de locura. Sí, locura, ¿por qué no? Pienso que es la única forma de alcanzar la felicidad.

Algunos me diréis, "ya, pero yo necesito dinero para vivir, y esa actividad que tanto me gusta no me da dinero". Pues entonces, búscate un trabajo que te proporcione ese dinero... pero no abandones esa actividad que amas. En cuanto salgas del trabajo, dedícate a ella, échale horas, pon en ella toda tu pasión. Si te gusta escribir, escribe. Y si para ganar tu sustento escribir no es suficiente, busca ese dinero en otro lado, pero no dejes de escribir. ¡No te conformes! Antes o después acabarás viviendo de lo que escribes. Pero sólo lo conseguirás si pones en ello todo tu empeño, aunque cueste, aunque requiera sacrificios, aunque tengas que dormir menos. Vive enamorado de lo que haces, y acabarás ganándote la vida con ello. Y de la misma forma que hablo de escribir, hablo de otras actividades. Si te gusta la fotografía haz miles de fotos, si te gusta cocinar métete en la cocina y no salgas hasta alcanzar la excelencia, si te gusta cantar canta, si te gusta viajar estudia para ser guía y recorre el mundo de punta a punta. Pero, por favor, no te conformes.

Han salido, en lo que llevo de artículo, varias palabras a menudo consideradas tabúes. Otras no han salido, pero sobrevuelan el contexto. Sacrificio, esfuerzo, renuncia, entrega, dedicación... Pero, ¡ay!, vivimos en la cultura de lo fácil, del usar y tirar, de lo inmediato. En la cultura del pelotazo. La sociedad nos enseña a dejar de lado todo lo que requiere esfuerzo y dedicación. Si es difícil mejor no intentarlo, no vaya a ser que perdamos nuestro valioso tiempo con ello (mejor dedicar ese tiempo tan preciado a estar tirado en el sofá, frente al televisor, con el cerebro en modo off, viendo todo tipo de programas basura en los que unos y otros se tiran los trastos a la cabeza). Y tampoco merece la pena algo que requiera tiempo. Tiene que ser aquí y ahora, y si no, no me vale. Hemos borrado la palabra paciencia de nuestros diccionarios. Aprenda inglés en tres semanas; compre este alimento listo para comer en 3 minutos; utilice este método y la rubia del bar caerá en sus brazos en menos de lo que canta un gallo; con nuestro método de entrenamiento lucirá usted los músculos de Arnold Schwarzenegger en menos de un mes; adelgace rápidamente y sin esfuerzo con nuestras píldoras milagrosas... Y así podría extenderme hasta el infinito poniendo un ejemplo tras otro. Todo lo queremos rápido y sin esfuerzo. Y en cuanto deja de servirnos, lo tiramos y a otra cosa (ocurre también, por desgracia, con las relaciones humanas, especialmente las de pareja).

Vivimos también la cultura del aparentar, del vivir para satisfacer las expectativas que otros han puesto sobre nosotros, sin pararnos a pensar si eso es lo que realmente queremos para nosotros. Y, una vez más, utilizamos la palabra mágica para justificarlo: realismo. Realismo para escondernos dentro de nuestro caparazón, realismo para no salir de nuestra zona de confort, realismo para no arriesgarnos a sufrir, realismo porque no soportamos el dolor, porque no soportamos el esfuerzo, porque no soportamos la idea de poder fracasar. Pero el verdadero fracaso está en ocultar, como decía al principio, la palabra conformismo detrás de la palabra realismo. El verdadero fracaso está en no intentarlo, está en no arriesgar, está en no empezar a andar por miedo a caer. Si te caes, levántate, una y mil veces, pide ayuda, inténtalo de nuevo, una vez, y otra, hasta que lo consigas. Pero no te rindas. Y, sobre todo, no te rindas cuando ni siquiera lo has intentado.

Pon pasión a tu vida, deja de vivir la vida que los demás quieren para ti y vive la tuya, pero vívela con mayúsculas. Ríete hasta que te duela, enamórate, siente el placer de empaparte caminando bajo la lluvia, haz un viaje en coche, de muchos kilómetros, sin planificar nada, toma de la mano a alguien que quieres, di muchas veces te quiero, también a tus amigos, contempla muchos amaneceres, haz un regalo sin motivo, simplemente porque sí... ¡Vive! No te dejes seducir por la cultura de lo fácil, de lo inmediato, de lo mediocre. Saca la grandeza que llevas dentro, permítete brillar. Tú te lo mereces, y los que viven contigo se merecen tu brillo. Y recuerda que hay un tiempo para dejar que las cosas sucedan, pero hay otro para hacer que las cosas sucedan. Este es tu tiempo. ¡Haz que las cosas sucedan! Vive la vida, y no dejes que pase sin más.

Todo esto que escribo es también aplicable a las relaciones humanas. Pero para no alargarme más, hablaré de ello en otro artículo. Acabo este con un fragmento de un poema de Benedetti. Espero que te sirva para ponerte en marcha. Y, antes de despedirme, te pido tus comentarios. Con ellos este blog irá creciendo, y, poco a poco, conseguiremos que no sólo sea mío, sino también tuyo. ¿Me ayudas a crecer? ¡Gracias!

No te rindas
que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros
y destapar el cielo.

                                                                                             Mario benedetti.

¡Vamos juntos a destapar el cielo!

P.S.: Recomiendo de nuevo mi artículo "Sal con un valiente". Al fin y al cabo, el valiente del que hablo lucha por esta grandeza de vida.

jueves, julio 16, 2015

ÉCHAME UN POLVO. SIN COMPROMISO.



El otro día compartía cervezas y tintos de verano con unos amigos, matando el calor en una terraza de Madrid y disfrutando de otro calor diferente, el de la amistad. Los temas de conversación iban y venían, y entonces apareció uno que a menudo aparece, el sexo. Un tema apasionante, se mire como se mire. Y un tema polémico, según qué postura defiendas. Y aquella tarde había dos posturas definidas (no me refiero a ese tipo de posturas, no), la de los que defendían el sexo sin amor como una opción más, y la de los que, respetando esa opción, no la veíamos como algo viable. No al menos como algo que pudiera llenar nuestras vidas. Pero la discusión tenía más matices, que trataré de relatar a continuación, al tiempo que defino cuál es mi postura en este tema. 

No sé cómo empezó todo, pero imagino que alguien, en algún momento de la conversación, defendió el derecho de las mujeres a disfrutar del sexo sin ningún tipo de compromiso, como han podido hacer siempre los hombres. Hablaba, para defender dicha postura, de la igualdad entre hombre y mujer. Estaba en el aire, no sé si de manera implícita o explícita, la idea de que, en un pasado -no tan lejano, por cierto-, la mujer estaba reprimida sexualmente, y que la liberación sexual permitió que pudiera disfrutar de los mismos derechos que el hombre en dicha materia. Fue entonces cuando alguien, mujer para más señas, dijo que no estaba de acuerdo, que los hombres y las mujeres no son iguales. Igualdad de derechos sí, pero igualdad de sexos no, en el sentido de que somos diferentes, de que la sexualidad de la mujer y del hombre no es igual, y que un hombre bien puede irse a la cama con una mujer y follársela sin más -perdón si a alguien le molesta la expresión, pero creo que a veces se hace necesario expresarse sin pelos en la lengua para que todo se entienda mejor-, pero que una mujer no, una mujer necesita que ese sexo vaya ligado a una relación afectiva, necesita, por así decirlo, algo más. Yo me adherí a esta segunda postura. Y lo hice, simple y llanamente, porque creo que es así. Pero no sólo me adherí a esa postura, sino que dejé claro que yo no me meto en el saco de los hombres que pueden irse a la cama con una mujer y "si te he visto no me acuerdo". Yo también necesito que la sexualidad vaya ligada a la afectividad. Trataré a continuación, intentando no enrollarme demasiado, de explicar mi postura.

Efectivamente, considero que los hombres y las mujeres no somos iguales. Si hablamos de la sexualidad, el hombre es más básico, más primario, mientras que la sexualidad de la mujer es más compleja, por así decirlo. La mujer tiene unos ritmos más lentos, más pausados, necesita más tiempo para llegar al clímax. Pero no sólo eso. La mujer, en general -puede haber excepciones, no lo niego- necesita que esa sexualidad vaya ligada a una relación afectiva. Y si no es así, como decía mi amiga, se siente vacía, quizá hasta utilizada. El hombre, en cambio, como norma general -también hay excepciones, y yo me considero una de ellas- puede separar más fácilmente sexo de amor. De hecho, a menudo la mujer ni siquiera necesita sexo, lo que necesita es cariño, contacto físico pero sin llegar al coito, caricias, abrazos, sentirse querida, amada, valorada. Y cuando siente que el hombre va a lo que va, se siente vacía, incompleta, incomprendida.

Personalmente, no concibo el sexo sin amor. Y no es una cuestión ética ni moral. Es, más bien, una cuestión de sensibilidad. Para mí, el sexo sin amor, que es posible, eso no lo niego, no es una opción. Y no lo es porque me haría sentir vacío, me haría sentir solo, me sentiría... frustrado. Dicen por ahí que desde que el sexo se hizo fácil de conseguir, el amor se hizo más difícil de encontrar. Y pienso que es cierto. Para mí el sexo es la culminación del amor, es la entrega total entre dos cuerpos y dos almas, es la fusión absoluta entre dos seres que se aman. Y cuando se convierte en un mero intercambio de fluidos, entonces deja un poso amargo, deja un vacío, deja frustración y soledad. Hablo por mí, y respeto a todos aquellos que piensen diferente, a todos aquellos que conciban el sexo sin amor, que consideren que separar el sexo de la afectividad es una opción. Lo respeto, pero no entra dentro de mis esquemas.

El tema tiene muchos más matices, se puede extender a otros campos, y de hecho la discusión de aquella tarde lo hizo. Se habló de los errores de la liberación sexual, se habló de la "necesidad" de la mujer de masculinizarse para salir adelante en el mundo de la empresa (por desgracia concebido para que sean los hombres los que lo dominen), se habló de diversos temas, todos relacionados con esa, para mí, falsa igualdad entre hombre y mujer (igualdad de derechos sí, pero no igualdad de sexos, somos diferentes). Pero son temas que obviaré en mi artículo de hoy, para no alargarme demasiado.

Para mí, como decía anteriormente, la sexualidad, para ser plena, debe ir ligada a la afectividad. Pienso que es el culmen, y que para llegar a ello hay que dar antes otros pasos. Hay que conocerse, hay que entenderse, hay que comprenderse, hay que estar dispuestos a vivir una vida juntos haciendo frente a todos sus avatares, hay que, en definitiva, amarse. Y amarse, a ser posible, con mayúsculas. Lo cual requiere entrega, requiere sacrificio, requiere renuncia, requiere dosis importantes de valentía. Y enlazando con ello, con la valentía, y ya para despedirme, invito a mis lectores a leer un artículo que publiqué en este mismo blog, hace unos meses, llamado "Sal con un valiente". En él explico cuál es mi idea de amor. Aprovecho para matizar algo que no dije en aquel artículo. Para mí, lo de salir con un valiente, no es una opción. Quiero decir, no es, sal con un valiente si puedes, y si no confórmate con lo que encuentres. No, para mí es, sal con un valiente, sí o sí. Y si no lo encuentras, mejor quédate solo. Y si quieres saber cómo encontrar a un valiente (hombre o mujer), haz la siguiente reflexión: los valientes son personas capaces de renunciar, porque detrás de alguien que renuncia hay alguien que elige; y detrás de alguien que elige, hay alguien que arriesga; y detrás de alguien que arriesga hay una persona enamorada. El sexo sin compromiso no requiere de estar enamorado, no implica riesgo ninguno -salvo el de la transmisión de enfermedades, o el de quedarse embarazada, pero yo hablo, y creo que se me entiende, de otro tipo de riesgo-, y, para mí, no es una opción.

Gracias por leerme. Quede claro que no intento imponer ninguna postura, sino, simplemente, dejar clara la mía. No seré yo, ni muchísimo menos, quien juzgue a quien piense, y actúe, de manera diferente. Eso sí, por favor, si te vas a ir a la cama con un tío, con una tía, simplemente para pasar un rato... asegúrate de que no le vas a hacer daño. Asegúrate de que no te vas a hacer daño. Gracias.

lunes, julio 13, 2015

EL PODER DE UNA MIRADA



Dónde estoy, y qué me está pasando. Algunos, o muchos, de los que leáis este artículo no entenderéis esa frase con la que he comenzado, ni algunas de las cosas que escriba a continuación. Y es que hoy, de forma excepcional, escribo para un grupo de personas en particular. Para un grupo de personas muy especiales con las que, desde febrero, estoy compartiendo cosas muy grandes. No obstante, y aunque el artículo de hoy vaya especialmente dirigido a ellos, quiero hacerlo público, pues entiendo que las cosas que salen del corazón llegan al corazón, aun cuando no se entiendan del todo. Y lo que yo voy a hacer a continuación va a ser dejar hablar a mi corazón.

Este fin de semana ha sido muy especial para mí. Lo están siendo todos los fines de semana que tenemos clase, desde que empezamos allá por el mes de febrero. Y a medida que el curso avanza, mi amor y mi agradecimiento crecen de forma exponencial. Ya compartí esto con vosotros el mes pasado, en ese espacio tan bonito de "dónde estoy y qué me está pasando". Y hoy, como os decía en mi mensaje de buenos días a través del whatsapp, echo de menos ese espacio para compartir de nuevo mis sentimientos, mis vivencias del fin de semana. Por eso estoy aquí, escribiendo sin saber muy bien lo que escribo, dejando, como decía en la introducción, hablar a mi corazón. 

Quiero hablar sobre todo del domingo, de ese momento mágico en el que compartimos miradas, en el que dejamos que nuestras almas se comunicaran sin palabras. Al recordarlo, lo vuelvo a vivir, y de nuevo las lágrimas bañan mis ojos. Me resulta muy difícil, casi imposible, describir lo que ayer viví. Nunca había experimentado nada parecido. El poder de una mirada, es el título de mi artículo. Y es que es un poder tan grande, tan mágico... Esas miradas vuestras me decían tanto... Al principio yo me limitaba a recibir cada mirada al tiempo que regalaba la mía. Y sonreía. Y con ese intercambio de miradas notaba que de lo más profundo de mi ser salía algo que yo no dirigía, salía amor puro, salía comprensión, salía acogimiento, salía mi alma entera que se entregaba al alma que tenía enfrente. Y de vuelta recibía más, mucho más, de lo que yo sentía que daba. Poco a poco, mi sonrisa se fue transformando, se fue volviendo más pura... y se fue bañando en lágrimas. Lágrimas de alegría, lágrimas de amor, lágrimas de gratitud. Con todos y cada uno de vosotros sentía algo especial, pero lo más mágico de todo era que con cada uno sentía algo diferente. Cada uno me dabais vuestra esencia, y yo sentía con claridad esa esencia diferente de cada uno. De todos recibía amor, pero el amor que recibía a través de cada mirada era diferente según cada persona. Como decía antes, las almas se comunicaban solas, sin que yo tuviera que hacer otra cosa que ofrecer mi mirada, y, a través de ella, exponer y regalar mi ser interior. Llegué a sentir una comunicación muy profunda incluso con aquellos de vosotros con los que casi no había intercambiado palabras en estos meses. Y sentí que eso era real, era sincero, era auténtico. Y esto me dice que cuando las almas se comunican desde su profundidad, desaparece el ego, desaparecen las diferencias, desaparecen los odios que pueda haber (no es el caso entre nosotros), desaparece la timidez, desaparece la mentira, desaparecen los personajes, desaparecen las máscaras, desaparece todo aquello que, fuera del alma, muchas veces impide o dificulta la comunicación.

Todos estos sentimientos que ayer viví -y otros que no puedo comunicar con palabras- me abren más al mundo exterior, me hacen reflexionar sobre la necesidad que tenemos de comunicarnos de forma sincera, de abrir nuestros corazones al otro, al diferente, incluso al que nos cae mal. Esos sentimientos que viví me hablan de romper barreras, de derribar muros, de amar sin condiciones, me hablan de entrega, de generosidad, de Amor con mayúsculas.

El fin de semana me ha servido para conoceros mejor a muchos de vosotros. Y para incrementar en mí el deseo de conoceros aún más, de integraros en mi vida, de haceros parte de mis sueños, de mis anhelos, de mis ilusiones. Una parte también importante para mí, aunque parezca más terrenal -si se me permite usar esa expresión-, han sido esas horas de cañas y tintos de verano en la terraza de Paquito. Y es importante porque ahí también se intercambian muchas cosas sinceras y profundas. En medio de tanta risa y tanta broma, incluso de alguna que otra discusión, se establecen lazos que empiezan a ser de amistad, lazos que, si nos preocupamos de cuidar y alimentar, probablemente acabarán siendo indestructibles. Quizá alguno de los que me leáis podáis pensar que esto es pura ingenuidad, que el curso terminará y cada uno seguirá su camino, que todo esto quedará en un bonito recuerdo, incluso en algo que nos habrá enseñado muchas cosas y que nos permitirá vivir la vida con mayor plenitud, pero que los lazos creados se diluirán con la vida y poco a poco nos iremos olvidando unos de otros. Es algo que me ha pasado muy a menudo en la vida, y seguro que a vosotros también. Y porque me ha pasado, y me ha entristecido -me entristece aún más cuando comparto esa tristeza con personas que no la comprenden, y me dicen que "así es la vida"-, me niego a que me vuelva a pasar, me niego a que me pase con vosotros, me niego a que la vida "sea así", porque al fin y al cabo, el cómo sea la vida depende en gran parte de nosotros. Lo que estamos viviendo en este curso es demasiado grande como para dejarlo pasar. Y, por mi parte, haré lo posible porque esos lazos creados no se destruyan, sino que se sigan fortaleciendo con el tiempo. Os confieso que sueño con llevarme de este curso, a parte de otras muchas cosas, grandes amistades. Por eso os pido -y es algo que siempre me ha costado, pedir- que no dejéis vosotros tampoco que esto pase. No dejéis que el tiempo se lleve lo que estamos construyendo. Pongamos entre todos cimientos sólidos, para que perdure.

Ha salido antes una palabra muy importante para mí, la palabra amistad. Una palabra con la que no me gusta frivolizar. No voy a extenderme, pues es de algo de lo que me gustaría hablar en otro artículo, pero sí quiero esbozar algunas notas en torno a esa palabra. Como digo, no me gusta frivolizar con ella. Y es que muchas veces llamamos amistad a lo que no lo es, llamamos amistad a relaciones que, en realidad, son un tanto superficiales. Con algunos de vosotros empiezo a sentir que la relación que nos une no es en absoluto superficial. Y con otros, a los que aún no os conozco bien pero os voy conociendo, siento el deseo profundo de conoceros mejor. Y deseo que unos y otros acabéis formando parte de mi vida y os pueda llamar amigos, pase el tiempo que pase. El ejercicio de las miradas me transmitió muchas cosas de vosotros, mucha conexión, mucho amor, como decía más arriba. Ojalá en los meses que nos quedan esa conexión se vaya materializando en amistades sólidas, amistades para toda la vida. 

No quiero cerrar este artículo sin antes deciros que os veo, que os quiero, que me estáis dando muchísimo más de lo que os podáis imaginar, y que me tenéis a vuestra disposición para lo que podáis necesitar. No son palabras hueras, vacías, sin contenido. Son palabras que salen del corazón -al fin y al cabo dije al principio que iba a dejar hablar a mi corazón, y es lo que estoy haciendo-, son palabras sinceras, palabras llenas de amor y de gratitud. No tengo nada material que ofrecer, pero sí tengo para vosotros mi tiempo, mi compañía, mi capacidad de acogimiento, mi escucha, mi entrega, tengo para todos vosotros mi amor, tengo para todos vosotros todo lo que soy. Y os lo ofrezco de todo corazón. Sinceramente, disponed de mí, con total confianza para todo lo que me necesitéis. OS VEO, OS QUIERO. MUCHO. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS Y UN MILLÓN DE VECES GRACIAS.

domingo, mayo 17, 2015

WHERE I'M FROM


Llevo varias semanas alejado de este espacio, y es que, por circunstancias personales, no estoy teniendo demasiado tiempo para escribir. Pero sepan mis lectores que estoy aprovechando para tomar fuerzas y aparecer por aquí con mucha más frecuencia. 
De momento, hoy quiero compartir, con quien tenga ganas de leerme, algo que escribí este fin de semana en mi curso de coaching. No sé si en algún momento lo he mencionado, pero desde febrero estoy embarcado en la aventura de formarme como coach. Una aventura apasionante, de la que estoy disfrutando sin medida, y que espero dé a mi vida un giro importante. 
Y sin más preámbulos, os dejo con esto que escribí en clase. Se trata de un poema que habla de dónde vengo. Poema totalmente libre, sin ninguna pretensión artística. Escrito desde el corazón, simplemente. Ahí os lo dejo.

Yo soy de cenas en la cocina,
cenas de juegos, risas y bromas, llantos algunas veces.

Yo soy de una casa y un jardín al pie de la sierra del Guadarrama,
y de sus tormentas a la luz de las velas.
Soy de tardes enteras subido a una bicicleta,
soy de un magnolio y de un castaño, soy del queso de la tierra.

Yo soy de tardes de lectura
tirado en el suelo de una habitación de la Avenida de América,
soy de Los Cinco y de los Hollister, de Guillermo y de Tolkien
y de tantos otros.

Soy de John Wayne, de Tarzán y de la Mona Chita,
soy de la amistad de unos perros
que me daban lo que los amigos ausentes me quitaban.

Soy también de D. Eulogio y de su "a lo hecho pecho",
soy de D. Ramiro y las patillas, soy de un loco que me amamantó entre sus pechos.

Yo soy del baloncesto, del atletismo
y de los largos infinitos en la piscina;
soy de una ermita en medio del campo
y de las cuentas de un Rosario que al pasar
me conectan con el misterio de lo eterno.

Soy cientos de líneas escritas
huyendo del tedio del estudio,
y soy un montón de versos de amor en una playa,
versos dando vida a los amores no correspondidos.

Soy un alma libre, un alma solitaria,
un alma de recuerdos y de amigos,
de familia y de perros, de momentos y de puestas de sol.

Un alma que guarda todo eso,
amigos, recuerdos, padres, hermanos, abuelos, perros,
en un lugar escondido de su corazón,
en algún lugar recóndito y desconocido de su ser.

martes, abril 28, 2015

¿SABES ESCUCHAR?



Qué importante es saber escuchar para lograr una buena comunicación. Una buena escucha es, probablemente, el mejor indicador de la calidad de una relación. Gran parte de los problemas de convivencia que surgen entre los seres humanos es por falta de escucha. Y es que muchas veces pensamos que escuchar es guardar turno para hablar. Estamos esperando a que nuestro interlocutor termine para contar lo que nosotros queremos contar. Y mientras el otro habla, estamos elaborando nuestro discurso internamente. Guardamos silencio, miramos con atención y asentimos de vez en cuando con la cabeza. ¿Es eso escuchar? Nada tiene que ver. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

La escucha debe ser algo activo. De hecho, muchas veces es necesario hablar para lograr una buena escucha. Uno puede hablar para ser visto, para ser escuchado, pero uno también puede hablar para ver al otro, para escuchar, para asegurarse de que lo que está entendiendo es realmente lo que el otro quiere decir. Veamos algunos aspectos de la escucha. 

Antes de nada me gustaría introducir un concepto, que es el de "la brecha de la comunicación". La brecha es la distancia que existe entre lo que el emisor quiere decir, y lo que el receptor entiende. Cuanto mayor sea esa brecha mayores serán las probabilidades de crear malentendidos. Y, evidentemente, cuanto menor sea la brecha, mayores probabilidades habrá de alcanzar un buen entendimiento. La forma de reducir esa brecha es mediante una buena escucha.

Escuchar, como decía antes, no es guardar turno para hablar. Para escuchar tengo que salir de mi mundo y meterme en el mundo del otro. De esa manera transmito a mi interlocutor un mensaje muy importante: me importas, mereces la pena, te veo. 

Para escuchar, primero hay que valorar y respetar al otro. Si no, la escucha no es posible. Además, es necesaria una predisposición a la apertura. Para escuchar hacen falta buenas dosis de humildad. Acepto al otro como es, aunque no piense como yo. Doy valor a lo que dice, aunque yo no esté de acuerdo. No intento cambiar su forma de pensar por el hecho de que esa forma sea diferente a la mía. 

Una técnica de escucha puede ser la de verificar lo que yo he entendido cuando alguien me ha transmitido un mensaje. Una vez que el otro ha terminado de hablar, yo puedo preguntar: "entonces, lo que quieres decirme, lo que yo he entendido, es esto; ¿es así?". Esto da la oportunidad a mi interlocutor de reafirmar lo dicho, o de corregirme si no entendí bien. Esta verificación también la puede hacer el emisor. Una vez terminado su discurso, puede decirme, "¿podrías resumirme lo que te acabo de decir?". De esta manera nos aseguramos de que el receptor ha recibido correctamente lo que el emisor le quería transmitir.

Otra forma de escucha es la indagación. Según el emisor habla, el receptor le hace preguntas sobre aquello que está escuchando, con el fin de lograr un mayor entendimiento.

Por otro lado, podemos diferenciar distintos niveles de escucha: 

En el primer nivel encontraríamos la escucha semántica. Es decir, escucho las palabras que el otro me dice y no voy más allá.

Un paso más consistiría en escuchar las inquietudes. Intento comprender qué hay detrás de lo que el otro me dice, cuáles son sus inquietudes, qué le mueve a contarme lo que me está contando.

El siguiente nivel sería atender a la emoción que hay detrás de las palabras que estoy escuchando, y cuál es la corporalidad de mi interlocutor. Eso me da gran información de lo que está pasando, de cómo está el otro, de cómo se siente, de por qué me dice lo que me dice. Lo normal es que lenguaje, emoción y corporalidad vayan de la mano. Si lo que me está contando el otro es algo que le produce tristeza, su tono de voz será diferente que si la emoción subyacente es la alegría. Y la corporalidad será diferente en ambos casos. La tristeza suele ir acompañado de un cuerpo más bien recogido, y el cuerpo de la alegría es expansivo.

Un nivel más profundo sería la llamada escucha del bien. Desde este nivel coloco a mi interlocutor en el lado del bien. Es decir, llego a una comprensión absoluta, gracias a la cual puedo comprender las razones que llevan al otro a hablarme como me habla. Por ejemplo, si me está gritando, incluso si me falta al respeto o me insulta, puedo pensar que detrás de ello hay alguna razón poderosa que le lleva a comportarse de esa manera. Puedo "justificar" su comportamiento, y pensar que ha tenido un mal día, o que le ha sucedido algo que le hace estar fuera de sí. Puedo incluso pensar que yo a veces también me comporto así, aunque no me guste. 

Animo a mis lectores a reflexionar sobre esto, y a tratar de ponerlo en práctica (por supuesto, me animo también a mí mismo a llevarlo a cabo). 

Y, antes de despedirme, una última reflexión: detrás de la escucha está el amor. El amor genera confianza, y la confianza genera escucha. La escucha, como dije al principio, es una de las bases más importantes sobre la que se sostienen las relaciones. Y conseguir una buena capacidad de escucha es cuestión de entrenamiento, y de voluntad. A ello, pues.


viernes, abril 10, 2015

TE LO DIJE



¿Os suena esta expresión? ¿Y otras parecidas? "Te lo dije", "ya te lo decía yo", "¿lo ves, lo ves ahora?", etc. Seguro que son expresiones que habéis oído alguna vez. Quizá os las hayan dicho a vosotros, y seguro que se la habéis oído decir a alguien de vuestro entorno.

Nótese el tono irónico de mis afirmaciones. Porque no hace falta acudir a nuestro entorno para saber de la expresión "te lo dije". Todos la hemos dicho alguna vez, y a todos nos la han dicho alguna vez. Y si tú que me lees no la has utilizado nunca y no forma parte de tu jerga habitual... ¡¡¡enhorabuena!!! Porque son expresiones altamente corrosivas para la convivencia y que deberían ser eliminadas de nuestro lenguaje.

Si nos paramos a pensar un poco... ¿sirve realmente de algo decir a alguien "te lo dije" cuando se ha equivocado, cuando ha cometido algún error, cuando no ha hecho algo que se le había aconsejado que hiciera y como consecuencia de ello se ha sucedido algún accidente, alguna incomodidad, algún inconveniente? Si lo pensamos bien... ¡no sirve de nada! La expresión "te lo dije" no arregla absolutamente nada, y si algo se consigue con ella es encabronar al receptor de la misma, que bastante tiene con sufrir las consecuencias de su equivocación. 

Con la expresión "te lo dije" y otras parecidas, el emisor se pone por encima del receptor, se arroga una suerte de superioridad moral al tratar de hacer ver al otro que si hubiera seguido sus consejos el error no habría tenido lugar. Y, ¿de verdad es necesario esto? El error ya está cometido (si es que ha habido algún error), y un "te lo dije" no lo va a subsanar, y sí va a crear un clima, cuanto menos, incómodo.

Propongo lo siguiente para mejorar la convivencia y las relaciones. A veces, ya sea en pareja, ya en familia, ya en cualquier tipo de relación con personas, hay que tomar decisiones, y no todos en el grupo tienen la misma idea. Unos lo harían de una manera y otros de otra. O, en pareja, uno haría determinada cosa de una manera y el otro de la contraria, no habiendo solución intermedia. O es A, o es B. Lo que yo propongo es llegar a un acuerdo, tomar un determinado camino, el que sea, A o B. Y, una vez tomado ese camino, queda claro que todos en el grupo, o los dos en la pareja, lo han tomado. Si es A, la opción B desaparece. Pero desaparece de tal manera que es como si nunca se hubiera planteado. Independientemente de que al principio cada uno pensaba que se debía hacer de una forma determinada, una vez tomada la decisión ésta ya es de todos. Y, en el caso de que las cosas no salgan bien con la decisión tomada y se vea claro que si se hubiera tomado una de las alternativas descartadas (o la alternativa descartada en caso de una pareja), no valen los reproches, no valen los "te lo dije". Y no valen, porque la decisión fue ya tomada, y, una vez tomada, todas las alternativas iniciales ya no existen, sólo existe la alternativa elegida.

Ni que decir tiene, que si la decisión es de una sola persona, aunque se le aconseje que haga algo diferente a lo que va a hacer, incluso aunque esa persona haya pedido consejo y finalmente decida no seguir el consejo recibido, tampoco vale decirle "te lo dije" si se equivoca o la cosa sale mal. Bastante tiene esa persona, como decía al principio, con su error.

Esto evitaría muchas discusiones, muchos conflictos y no pocas humillaciones. ¿Te animas, entonces, a desterrar los "te lo dije" de tu lenguaje habitual? 

Motivo de otro artículo sería el tema de los consejos. Porque a veces somos expertos en darlos, aunque no se nos pidan. Y bien deberíamos callarnos, incluso viendo que la otra persona se va a estrellar con su decisión. A veces vendría bien que nos dejaran estrellarnos, pues suele ser una manera casi infalible de aprender. Pero esto, como digo, sería motivo de otro artículo.

lunes, abril 06, 2015

¿DE QUIÉN HABLAN NUESTROS JUICIOS?



Los juicios son declaraciones, posiciones que tomamos ante el mundo que nos rodea y ante nosotros mismos. Mediante los juicios calificamos lo que observamos (incluido a nosotros mismos), y nos convertimos así en un tipo determinado de observador, de persona que vive en el mundo. Y cuando emitimos un juicio, ¿de quién nos está hablando ese juicio? Los juicios no sólo hablan de lo que observamos, sino que, sobre todo, hablan del que los emite, es decir, nuestros juicios nos hablan de nosotros mismos. Veámoslo con algún ejemplo.

Si yo digo, "la vida es dura", ese juicio no está hablando de cómo es la vida, sino de cómo veo yo la vida. Por tanto, dicho juicio está hablando de cómo soy yo. Yo, con mi historia, con mis aprendizajes, con mi forma de comportarme ante la vida, soy el que interpreto que la vida es dura. Pero eso no significa que la vida sea dura, pues otra persona, con otra historia y otros aprendizajes, con otro bagaje de vida, podrá pensar que la vida es una danza y que nada tiene de dura. 

Si yo digo que Carlos es un incompetente porque no es capaz de hacer nada a derechas, dicho juicio vuelve a hablar de mí, de cómo veo yo a Carlos. Y en ningún momento está hablando de Carlos.

Si yo digo que los católicos son unos intolerantes y unos ignorantes, o que los judíos son unos usureros, dicho juicio no define en absoluto ni a los católicos ni a los judíos, pero sí dice mucho de cómo soy yo, de mis ideas, de mi forma de ver la vida... Incluso, como decía Nietzsche, esos juicios (y cualquier juicio que yo pueda emitir) revela mucho sobre las emociones desde las que emito dichos juicios.

Es importante tener esto en consideración, entre otras cosas, para dar validez o no a los juicios que otros emiten sobre nosotros. Quizá si muchas personas que nos conocen bien tienen el mismo juicio sobre nosotros respecto a algún determinado comportamiento, tendríamos que pensar qué puede haber de cierto en ello. Pero si es sólo una persona la que dice, por ejemplo, que mi comportamiento es demasiado peculiar, y el resto de las personas con las que me relaciono no tienen la misma opinión, podré pensar que en realidad mi comportamiento no tiene nada de peculiar, aunque a esa persona se lo parezca.

También es importante en relación a los juicios que tenemos de nosotros mismos. A veces pensamos algo de nosotros que no coincide en absoluto con lo que piensan los que nos conocen, las personas con las que convivimos. En no pocas ocasiones nos vemos a nosotros mismos de manera diferente a como nos ven los demás. Por eso no viene mal interesarse de vez en cuando en qué piensan los demás de nosotros, cómo nos ven (las personas que nos conocen bien, claro está). Porque muchas veces podemos estar teniendo un concepto infravalorado de nosotros mismos que no se ajusta demasiado con la realidad. O al revés.

Por supuesto, es fundamental esta idea a la hora de emitir nuestros juicios. Pensemos qué decimos, por qué lo decimos, a quién o a qué nos referimos cuando emitimos algún tipo de juicio.

Otra característica de los juicios es que tienden a confirmarse siempre. En el primer ejemplo que puse, si yo pienso que la vida es dura voy a comportarme de tal manera que, efectivamente, la vida va a ser dura para mí. Y además me voy a contar un montón de historias a mí mismo que confirmen dicho juicio. Pero esto ya es entrar en otro terreno, sobre el que se podría escribir otro artículo a parte. Lo que hoy me importaba señalar es que, "lo que Pedro dice de Juan, dice más de Pedro que de Juan". Piénsenlo...


miércoles, marzo 18, 2015

SAL CON UN VALIENTE



El otro día me encontré por la red, gracias a una amiga, con un artículo de un blog que hablaba de amor con mayúsculas. Un artículo que no reproduciré aquí, pero con el que me sentí plenamente identificado, y me llevó a escribir mi propio artículo, contando algo parecido pero con mis propias palabras.

Y es que vivimos en una sociedad en la que el amor para siempre está denostado, se ha convertido en una especie de utopía, cuando no en algo totalmente irreal, inalcanzable, y hasta ñoño. A cualquiera que hoy día le digas que crees en un amor para toda la vida te mira con ojos raros y te dice que sí, que como idea no está mal, es bonita... pero en absoluto realizable. Es cosa de cuentos de príncipes azules y hadas madrinas, te dirán.

Sin embargo, gracias a Dios, aún quedan valientes, y aquí enlazo con el artículo que leí el otro día. Aún quedan valientes (y "valientas", que diría la ministra) capaces de jugárselo todo por una persona. Aún quedan valientes capaces de arriesgar, de darlo todo por la persona amada y no mirar a otro lado, capaces de hacer una elección definitiva y luchar por ella hasta el final. Ese es el amor en el que creo. Un amor apasionado, un amor que no entiende de comodidades ni de medias tintas, un amor que lo da todo, en los momentos buenos pero sobre todo en los malos, un amor que se entrega sin condiciones aun sabiendo que habrá momentos de aridez y de desgana, que habrá baches y obstáculos en el camino, que tendrá que bregar y batirse en duelo con multitud de dificultades, que tendrá que sufrir a veces y reír otras, un amor auténtico, sin dobleces, sin excusas, sin tonterías.

El valiente del que hablo es un hombre (o una mujer, pero en este caso hablo de un hombre porque yo soy hombre) que pone a su mujer en lo más alto, en el centro del universo, y no tiene ojos para otras. Que no espera que venga algo mejor, porque aun sabiendo de la imperfección de su amada, conoce también la suya y la del mundo, y sabe que, dentro de esa imperfección, su amada es lo más valioso, aquello por lo que merece la pena luchar y hasta morir si es necesario. El valiente del que hablo es un hombre que cuando llegan los momentos malos se pone el traje de faena, aprieta los dientes y sigue adelante, consciente de que la tempestad pasará pero que mientras no pase la huida no es algo que entre dentro de sus planes. Este valiente no pone excusas, no desaparece cuando su amada más lo necesita, es fuerte y a la vez comprensivo, es recio y también dulce, es cariñoso, es fiel, es leal, sabe escuchar y está siempre que se le necesita. 

El valiente del que hablo es real, de carne y hueso. No ha salido de ninguna película ni de ninguna novela de ficción. Quizá queden pocos, quizá no esté de moda, quizá sea difícil encontrarlos. Pero existen. Yo conozco y he conocido algunos. Mi abuelo era uno de ellos, también lo es mi padre, y mi hermano, y tengo varios amigos que lo son. Y yo aspiro a ser uno de ellos. Para ello me han educado, en ello creo, para ello estoy preparado, y para ello estoy más que dispuesto. ¿Y tú?