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viernes, octubre 02, 2015

MADRE NATURALEZA



Dije en mi primer artículo de este blog que aquí hablaría de belleza. Y qué más bello que la naturaleza, en todas sus manifestaciones. Por eso hoy quiero hablar de eso, de naturaleza. Y es que esta tarde he disfrutado como un enano (siempre me he preguntado cómo disfrutan realmente los enanos) dando un paseo de algo más de dos horas por el Pardo. 

Iba preparado con mi cámara, pues sé que por estas fechas los gamos se suelen acercar a buscar comida entre los árboles próximos a la valla que delimita el territorio prohibido a los humanos (el llamado Coto nº 1) y el sí permitido. Lástima que, a pesar de ser una buena cámara, el objetivo que tengo es más bien mediocre. Lástima, porque el espectáculo que he presenciado era digno de ser bien fotografiado. He hecho fotos, sí, pero no de la calidad que a mí me hubiera gustado.

 


En cualquier caso, e independientemente de las fotos que haya podido hacer, buenas o malas, mejores o peores, he disfrutado de dos horas maravillosas, contemplando a los numerosos gamos que pastaban, como decía, cerca de la valla. Eso, al poco rato de comenzar mi paseo. Pero lo mejor ha venido más tarde, cuando he comenzado a escuchar el característico sonido que emiten los machos tratando de cortejar a las hembras. No se trataba aún del bramido de la época de berrea, un sonido similar al mugido de una vaca pero mucho más potente, y, a menudo, seguido del golpeo de unas astas con otras. La berrea es época de celo, época de conquista, época de peleas furibundas para ganarse el favor de las hembras. 

Pero no, hoy no había peleas, ni había bramidos. El sonido que emitían los machos, como digo, era diferente. Al principio, pues no lo había oído nunca, lo confundí con el que hacen los jabalís al hozar en la tierra. Una especie de sonido gutural, semejante a un eructo pero más profundo y más grave. Sin embargo, al seguir el rastro de dicho sonido, pude ver que se trataba de un gamo tratando de llamar la atención de la hembra. El espectáculo era delicioso. Un viejo macho, enorme, con unas astas gigantescas, trataba de cortejar a una hembra que, literalmente, no le hacía ni caso. Salvo algunas veces, que se dirigía hacia él emitiendo un sonido similar al chillido de algunas aves, como diciendo, "déjame en paz, pesado".










Sin embargo, el macho no desistía, se movía con ella, la seguía a donde ella iba, siempre emitiendo ese sonido tan característico. Sólo una vez se despistó, momento en el que otro macho aprovechó para acercarse a explorar el terreno. Pero en cuanto el viejo macho se percató corrió a defender su territorio, y el macho joven, sin ofrecer resistencia alguna, se marchó de allí para evitar males mayores.

Un buen rato estuve allí, siguiendo las evoluciones del cortejo, sin que la hembra cediera ni un ápice, y sin que el macho desistiera en sus intentos de conquista. Muchas más hembras había alrededor, pero él sólo quería a aquella. Y estoy seguro de que, antes o después, acabará logrando su objetivo. El año que viene por estas fechas pasearé de nuevo por el mismo sitio que hoy, y algunos de los gamos jóvenes que me encuentre serán fruto de la paciencia y la constancia de este macho viejo que hoy he tenido la fortuna de conocer.

Tras un rato, media hora o así, decidí continuar mi camino. Había visto ya muchos gamos, y, casi al principio de mi paseo, un jabalí, que al ver a Zarko, mi perro, salió despavorido. Ningún jabalí más había aparecido, hasta que de pronto, al doblar una curva del camino, me encontré con una familia de numerosos ejemplares y diversos tamaños. Había uno especialmente grande, debía de ser un macho adulto, una especie de jefe del clan. Y luego había otros de tamaño medio, quizá hembras, pues muy cerca de ellas transitaban algunos ejemplares jóvenes, aún con colores parduscos, transición entre el pelaje de los rayones (ejemplares a mitad entre jabato y adulto, adolescentes, podríamos decir, estableciendo una comparación con las edades humanas) y el grisáceo de los adultos. Como había hecho antes con los gamos, disfruté de lo lindo siguiendo las evoluciones de esta peculiar familia. Permanecían a unos veinte o treinta metros de la valla, y vigilando de vez en cuando mis movimientos. 








Hasta que de pronto, un ejemplar más bien joven bajó hasta la valla, buscando las bellotas de las encinas próximas. Entonces Zarko, al verle, corrió hasta él. Yo pensé que saldría corriendo, como había ocurrido con el que encontramos al principio de la tarde. Pero no fue así. El jabalí, al ver a mi perro, levantó la cabeza del suelo, y le esperó. Cuando se juntaron, con la valla de por medio, se olisquearon, se reconocieron, se saludaron, y continuaron cada uno su camino. El jabalí a lo suyo, que era buscar comida, y Zarko a su palo, que es lo que más le gusta en el mundo si no contamos la comida.



También vi un galápago tomando el sol sobre un tronco en mitad del río, y muchas aves (entre ellas unos cuantos ánades reales y algún Pico Picapinos o pájaro carpintero), pero no les presté mucha atención. En la tarde de hoy, los mamíferos captaron toda mi atención. Las dos horas se me pasaron en un suspiro...


lunes, septiembre 21, 2015

ÉPICA



Estos días pasados hemos tenido la oportunidad de vivir una nueva gesta del deporte español. Nuestra selección de baloncesto, capitaneada por un Felipe Reyes que, como los grandes vinos, mejora con la edad, y liderada por Pau Gasol, un hombre de otro planeta, nos ha vuelto a dar una alegría, otra más, y van... unas cuantas. Pero esta vez ha sido, si cabe, de forma más heroica, más épica. Algunos de los mejores (Ricky Rubio, Juan Carlos Navarro, Abrines, Marc Gasol, Calderón) no estaban. Esta vez, como los propios protagonistas reconocieron, había menos talento. Pero había mucha furia, mucha garra, muchas ganas, mucha pasión... ¡muchos huevos!

El campeonato empezó con un revés, la derrota ante Serbia, uno de los grandes favoritos del torneo. Después pasamos por encima de los turcos, cargando la mochila con ánimos renovados. Pero a continuación Italia volvió a mostrarnos la cruda realidad, y nos vimos obligados a ganar a otra gran potencia del baloncesto, Alemania, liderada por Nowitzki. Eran ellos o nosotros. El que ganaba seguía, el que perdía quedaba fuera. Y volvimos a dar la cara, volvimos a mostrar nuestra casta, volvimos a decir a Europa que nuestro objetivo era el oro y no otro. 

Pero antes, un camino lleno de escollos. Quizá el menos complicado el primero, Polonia. Pero a partir de ahí... a partir de ahí tuvimos que vérnoslas con las favoritas del torneo, con rivales realmente duros y complicados, con muchísimo talento y mucho baloncesto en sus filas. En cuartos de final, Grecia, ante la cual tuvimos que sudar la gota gorda. Pero fue en semifinales, ya en territorio francés, cuando España dejó claras cuáles eran sus intenciones. En casa del anfitrión, con todo en contra (incluidos los árbitros, cuya actuación dejó muchísimo que desear), y cuando peor estaban las cosas, apareció un hombre de otro planeta, y, escoltándolo, un equipo de gladiadores, un equipo de espartanos que fueron capaces, entre todos, creyendo en sí mismos, creyendo en la victoria, de dar la vuelta a un partido que parecía perdido. Y lo hicieron poniéndose el mono de trabajo. Probablemente -seguro- con menos talento que los franceses. Pero con más rabia, con más fuerza, con más coraje, con más pasión, con esa furia que nos ha caracterizado a los españoles a lo largo de la Historia, con más... cojones, sí, por qué no decirlo, con más cojones que ellos. Es posible que los franceses tuvieran mejores jugadores, además del apoyo de la grada, y de los árbitros en decisiones decisivas. Pero España demostró poder con eso y mucho más, demostrando al mundo que no todo en la vida es talento. Y, resurgiendo de las cenizas, cual Ave Fénix, se llevó una victoria que parecía imposible.

Por último llegó Lituania. Un equipo de soldados, como lo definió Rudy, un enorme Rudy que jugó todo el campeonato lesionado, con dolores de espalda, que en ocasiones le hicieron sufrir lo indecible. Pero España llegaba con carrerilla, llegaba con la fuerza de haber derrotado a Francia cuando parecía imposible, llegaba creyendo más que nunca en el oro, y se llevó el partido de manera más sencilla a la que se esperaba. Y no porque Lituania no opusiera resistencia. Sino porque desde el principio, como dijo el "extraterrestre", bajaron el culo, se pusieron el mono de faena y lucharon cada canasta como si fuera la última. Y ante eso, los lituanos nada pudieron hacer.

La selección española ha dado grandes lecciones durante estos días de campeonato. Nos ha enseñado, como ya he mencionado, que, además del talento, son necesarias otras virtudes para ganar las grandes batallas de la vida. Hace falta mucha fuerza, mucha determinación, hace falta coraje, hace falta creer, y hace falta trabajar en equipo. Porque si algo ha demostrado nuestra selección, es que es un gran equipo, una piña, como se suele decir. Todos aportaban algo, nadie se escondía, nadie se quejaba cuando le tocaba estar en el banquillo, todos remaban en la misma dirección. Todos a una, especialmente en los momentos difíciles. Nos han enseñado también la importancia de levantarse después de cada caída, de volver a luchar, de creer en la victoria incluso cuando ésta parece más lejana. Nos han enseñado también cómo hacer oídos sordos a las críticas, o, mejor aún, como servirse de esas críticas para lograr aún más fuerza. No fueron pocas las voces críticas hacia el seleccionador por llevar a la plantilla que llevaba, y hacia algunos de los jugadores, jugadores que han callado muchas voces con su juego y con su entrega.

Todas esas lecciones las podemos aplicar a nuestra vida. Luchar por nuestros sueños, y alcanzarlos, es posible si en ello se pone toda la pasión, todo el coraje, toda la rabia, toda la fuerza del mundo. Y constancia, mucha constancia. Trabajar un día y otro, después de cada victoria y después de cada derrota. Levantarse una vez y otra, pelear, bregar, dar cada día un nuevo paso, aunque sea pequeño. Y, como dije en mi último artículo, disfrutar del camino. Esa es otra de las cosas que han hecho nuestros héroes: disfrutar de cada partido, disfrutar de la convivencia entre ellos, pasárselo bien jugando al baloncesto. Y sufrir juntos cuando tocaba. Que la vida es eso, alegría y disfrute, pero también sufrimiento y tristeza. Todo ello, en la misma batidora, para alcanzar el éxito, para alcanzar la felicidad. Cada día. Paso a paso. ¡¡A por ello!!

lunes, septiembre 14, 2015

DISFRUTAR DEL CAMINO



El pasado fin de semana tuve la suerte de vivir un intenso y bonito fin de semana junto a mis compañeros, coaches y formadores del curso de coaching en el que me encuentro embarcado. Se trataba del fin de semana de la confianza, fin de semana en el que hemos tenido la oportunidad de tomar conciencia de lo que significa confiar en nosotros mismos y en los demás (lo primero es esencial para que se dé lo segundo; si yo no confío en mí mismo, difícilmente voy a poder confiar en los demás). Y aprovecho, una vez más, para expresar mi agradecimiento por todo lo que estoy viviendo en este curso.

Pasaron muchas cosas a lo largo de ese fin de semana, todas muy bonitas y formativas. Pero quería centrarme hoy en un ejercicio, y la reflexión a la que ese ejercicio nos llevó, que tuvo lugar el sábado por la mañana. Se trataba de un ejercicio en el que cada uno se fijaba un objetivo, y a la de una, dos y tres, se lanzaba en su busca. El resultado fue que... en cuanto escuchábamos la palabra "tres", nos lanzábamos como locos a por nuestro objetivo, cual fieras salvajes se lanzan a por su presa en mitad de la sabana. No reparábamos en si teníamos algo por delante o no, no nos deteníamos a mirar quién caminaba -más bien corría- a nuestro lado, no nos fijábamos en nada más que en nuestro objetivo. Sólo nos importaba eso, conseguir el objetivo que nos habíamos marcado.

Y esto, querido lector, ¿no te dice algo? No hay más que echar un vistazo al mundo exterior para observar un comportamiento similar al que tuvimos mis compañeros y yo en esa mañana de sábado. Es más, ni siquiera hay que mirar hacia afuera. Basta con mirar cómo nos comportamos nosotros mismos en numerosas ocasiones. Vivimos en un mundo altamente competitivo, es más, la sociedad capitalista y consumista se basa precisamente en eso, en la lucha por alcanzar un objetivo. Se basa en la competencia feroz, en la ley del más fuerte, en la búsqueda del éxito a toda costa, sin importar lo que vamos dejando en el camino. En las empresas abundan los llamados "trepas", que tratan de llegar a lo más alto aun a costa de dejar cadáveres por el camino (hablo, evidentemente, en sentido metafórico). Los objetivos personales están a menudo muy por encima del compañerismo. Y para llegar a ellos vale todo. Vale la mentira, vale la hipocresía, vale la adulación al de arriba y la humillación del de abajo, vale la calumnia para eliminar competidores, vale el soborno, el tráfico de influencias, vale cualquier cosa que pueda ayudar a conseguir el premio final. Y eso se da tanto a nivel personal como, sobre todo, a nivel empresarial. Un ejemplo claro son los Bancos. El objetivo es ganar dinero, y para ello se enfangan en todo tipo de trampas legales para saquear a los clientes (no hay más que ver las abusivas comisiones a las que nos someten) y ganar cuanto más dinero mejor. Otro ejemplo son los partidos políticos, sobre los que sobra decir nada. Y todo esto empieza en la escuela. Ya desde pequeñitos nos enseñan a competir, nos dicen que debemos luchar por ser el mejor de la clase, por conseguir las mejores notas, nos hacen ver que si no conseguimos eso nunca podremos llegar a ser felices, no podremos hacer la carrera deseada, no podremos ser buenos médicos, buenos ingenieros, buenos arquitectos. Y, curiosamente, las asignaturas que hablan de la vida, como es la Filosofía, quedan a un lado, se les quita toda su importancia, se las considera asignaturas menores.

Vivimos en un mundo tan competitivo, que, en ese afán por conquistar nuestros objetivos, se nos acaba olvidando vivir. Como nos pasaba el sábado por la mañana en el citado ejercicio, corremos enloquecidos en pos de nuestro objetivo, y no miramos a nuestro lado. No miramos, ni mucho menos conversamos, con nuestros compañeros de camino. Ni siquiera nos fijamos en ellos, no los conocemos, no nos paramos a pensar si juntos podríamos llegar más lejos. Corriendo a todo correr se nos pasa la vida, y nos perdemos las maravillas que ésta nos regalaría si nos paráramos un poco a contemplarla despacio. Nos perdemos atardeceres y amaneceres, nos perdemos la risa de un niño, nos perdemos cientos de conversaciones agradables, nos perdemos la sabia conversación de un anciano, nos perdemos el placer de caminar bajo la lluvia y el secarnos después junto al fuego charlando sin prisas con los nuestros. Y nos perdemos cientos y cientos de oportunidades de una vida mejor, que ni siquiera vemos porque estamos centrados en un objetivo que, una vez que lo alcanzamos, muchas veces ni siquiera nos satisface. Y entonces buscamos otro... y comenzamos de nuevo a correr, una vez más olvidándonos de vivir.

El silencio, la quietud, la calma, el vivir despacio, son grandes lujos que dejamos de lado y que deberíamos recuperar para lograr una vida más plena, más satisfactoria, más feliz y más auténtica. El compañerismo, el colaborar unos con otros por encima de la maldita competencia, la solidaridad, la vida en común, todas esas cosas son las que nos hacen más humanos y por tanto más felices. Y no el ganar más dinero, el llegar más lejos, el trepar más alto, que lo que nos lleva es a envejecer más rápido y a tener el corazón podrido, el alma triste y la mirada apagada y gris.

Yo propongo, como medidas para ralentizar un poquito nuestras vidas, algunas ideas: dar de vez en cuando un paseo por el campo; aprender a meditar; pasar algunos minutos a solas cada día, en silencio; reducir drásticamente el tiempo dedicado a ver TV y sustituirlo por la lectura de un buen libro y/o por la conversación pausada con la familia y los amigos; si eres jefe dentro de una empresa, dedicar tiempo a conocer a tus empleados; y si no lo eres, dedicar ese mismo tiempo a conocer a tus compañeros. Son sólo algunas ideas. Se me ocurren muchas más, pero se me ocurre también otra cosa: tú que me lees, piensa en alguna idea diferente a las que yo acabo de plasmar aquí, y déjamela en un comentario. Si todos los que me leéis lo hacéis, podemos, entre todos, terminar un bonito artículo. También te invito a compartir este artículo con familiares, amigos, compañeros de trabajo, conocidos... y así agrandar aún más el número de ideas. ¿Te animas? 

martes, septiembre 01, 2015

¿TE VAS A QUEDAR AHÍ TIRADO?



Estaba preparando una charla que tengo que dar próximamente, y buscando material para la misma me he reencontrado con un vídeo que ya vi hace tiempo. Se trata de un fragmento de una conferencia de Nick Vujicic, un hombre que nació sin brazos ni piernas. Lo he visto ya varias veces, y cada vez que lo veo vuelvo a emocionarme. Os dejo con Nick, y luego comentamos.


La calidad del vídeo no es la mejor, pero tampoco es necesario mucho más. El mensaje se entiende perfectamente. Y, la verdad, no habría mucho que decir, no habría más que añadir. Pero yo me pregunto... ¿por qué nos quejamos tanto? ¿Por qué, en cuanto las cosas nos salen mal, o no salen como nosotros queríamos, o no salen a la primera, tiramos la toalla y nos vamos a un rincón a llorar? ¿Por qué, de qué nos sirve, hacernos las víctimas, echar la culpa de todo a nuestro entorno, a la sociedad, al sistema, en lugar de hacernos responsables de nuestra propia vida? El protagonista del vídeo bien podría haber pensado, "la vida para mí no tiene sentido, no puedo hacer nada". Y sin embargo, ahí lo tenemos, dando ejemplo de coraje y superación. Podéis encontrar muchos más vídeos sobre él en la red. Por ejemplo, hay uno en el que nos cuenta un poco de cómo se las arregla en casa. Podéis verlo pinchando en este enlace

Ahora Nick, que podía haberse dedicado a lamentar su mala suerte, está casado con una bellísima mujer y tiene un hijo encantador. Todos los días, o casi todos, publica en las redes sociales, recordando al mundo que la vida puede, y debe, vivirse intensamente. 

Ayer por la noche, cuando trataba de dormirme, me llegó la noticia del fallecimiento de un compañero de un curso reciente. Eduardo tenía 41 años y un accidente de tráfico acabó con su vida. Pero... ¿por qué cuento esto? ¿Qué tiene que ver con lo que estamos hablando? Pues tiene que ver mucho. Tiene que ver que no sabemos cuándo nos vamos a ir de este mundo. Eduardo lo estaba pasando mal, su vida no era como le gustaría. Pero luchaba para salir adelante, y, poco a poco, lo iba consiguiendo. Finalmente, probablemente cuando menos lo esperaba, y cuando un montón de planes le esperaban a la vuelta de la esquina, lo que encontró fue la muerte. Y eso nos puede pasar a cualquiera. Ninguno estamos libre de ello. Todos tenemos fecha de caducidad, nuestro paso por este mundo es efímero. Por eso, ¿no deberíamos exprimir a fondo cada uno de los instantes de cada uno de los días de nuestra vida? No sabemos si va a ser el último. 

Nick nos enseña a ello. Nos enseña a levantarnos cada vez que caemos, una, dos, diez, mil veces, las que sean necesarias. Nos enseña a saltar por encima de las dificultades, a reírnos de ellas, a afrontarlas con coraje y dignidad. Nos enseña a vivir la vida con alegría, sin excusas, haciéndose responsable de lo que le ha tocado vivir, de sus circunstancias, de sus incapacidades. Y si él puede, ¿no vamos a poder nosotros? 

¡Adelante con la vida! Adelante con sus grandezas y con sus miserias, adelante con sus pruebas y sus dificultades. Adelante, siempre adelante, con la cabeza bien alta y levantándose tras cada caída. No dejes atrás tus sueños, lucha por ellos, inténtalo una y otra vez, hasta que salga. Renuncia a permanecer en tu zona de confort, sal de ella, rompe los límites que tú mismo te has creado. Empieza a vivir y hazlo ya. Mañana puede ser demasiado tarde.




Aprovecho para, ya que le he mencionado, mandar desde aquí mis mejores deseos a Edu. Allá donde estés, querido amigo, allá desde donde leas estas líneas, descansa en paz y vela por los que nos quedamos aquí. Los que te conocimos, mientras vivamos, no te olvidaremos, tenlo por seguro. Yo siempre recordaré tu mirada en aquella dinámica de trabajo que hicimos juntos en el DPOP. Aún no conocía a nadie, era el principio de curso. Tú fuiste el primero. Y contigo como testigo firmé mi primer compromiso de aquellos tres meses. Ese compromiso, que hasta hoy sólo tú y yo sabíamos, y que hoy hago público, consistía en abrirme a los demás, en dejar de lado mi timidez, en hacerme querer por los demás y darles lo mejor de mí. Durante el curso fui cumpliendo con creces aquel compromiso, y hoy sigo trabajando con él y compartiendo mi grandeza con los demás. Desde ahora, tú me darás fuerzas para seguir cumpliéndolo. Gracias, amigo. Descansa en paz.

viernes, agosto 07, 2015

SIC TRANSIT GLORIA MUNDI



Hace dos días murió Roberto, de un infarto. No tuve la suerte de conocerle, tan sólo un par de minutos, un hola y un adiós a las puertas del Retiro. Me lo presentó Jose, mi compañero y amigo en el DPOP (curso de desarrollo personal que trajo a mi vida gente maravillosa). No tuve la suerte de conocerle, digo, pero lo que he oído de él es todo bueno. Era, seguro, como se suele decir, un hombre bueno. No sé cuántos años tenía, pero, como se puede ver en la foto, era joven. Un infarto se lo llevó, dejando un vacío en las vidas de todos los que frecuentaban su amistad.

Cuando leí la noticia de su muerte, me quedé paralizado. No lo podía creer. Aquel hombre de sonrisa profunda, mirada afable y apretón firme de manos (como a mí me gusta, como dan la mano las personas recias), aquel hombre ya no estaba entre nosotros. Y eso me dio mucho que pensar. La vida son dos días, como se suele decir... y no nos damos cuenta hasta que algo así sucede. Lo malo es que sucede, nos llevamos las manos a la cabeza, nos quedamos conmocionados... y a los tres días estamos de nuevo en nuestras cosas, como si nada hubiera sucedido, sin aprender nada nuevo.

La vida pasa, y pasa rápido. Y la muerte nos llega a todos. Antes o después, pero llega. Es lo más cierto que sabemos desde que nacemos. Nuestro paso por este mundo es transitorio, es fugaz, tiene fecha de caducidad, aunque no la conozcamos. Y sin embargo, nos negamos a aceptarlo. Tenemos tanto miedo a la muerte que vivimos de espaldas a ella. No queremos nombrarla, la queremos bien lejos, es nuestro enemigo silencioso, que nos espera a la vuelta de la esquina, y que tratamos de burlar, engañándonos a nosotros mismos, porque por mucho que hagamos, antes o después nos alcanzará.

Pero... ¿tiene sentido huir de la muerte, vivir de espaldas a ella? Si es algo que está ahí, cada día, ¿por qué empeñarnos en ocultarla? No quiero, ni mucho menos, convertir este artículo en una dosis de pesimismo. Más bien todo lo contrario. Aceptar que nos vamos a morir, enfrentar de cara a la muerte y tratarla de tú a tú, puede ser, debería ser, la mejor forma de vivir una vida en plenitud. ¡Cuántos "mañana lo haré" nos ahorraríamos! Mañana lo haré, sí, pero... ¿y si no hay un mañana para mí? Nos pasamos la vida aplazando las cosas pensando que ya las haremos, creyendo que nuestro tiempo es infinito. Pero el día menos pensado todo se acaba. Y de pronto nos quedamos sin decir a aquella persona lo mucho que la queríamos, nos quedamos sin besar y sin abrazar a nuestros seres queridos, nos quedamos sin pedir perdón a aquel amigo con el que nos enfadamos por una tontería, nos quedamos sin hacer tantas y tantas cosas porque ya las haremos mañana...

La noticia de la muerte de Roberto me ha hecho reflexionar mucho. Pienso, y me lo aplico a mí el primero, que deberíamos vivir la vida con mucha más intensidad de lo que la vivimos. Tantas horas perdidas, tantas oportunidades que pasan por no atrevernos, por no arriesgar, por aplazar momentos que puede que nunca lleguen. A menudo vivimos la vida con miedo, con miedo a equivocarnos, con miedo a perder, con miedo al ridículo, con miedo a amar, con miedo a atravesar puertas por no estar seguro de lo que hay detrás, con miedo a comenzar caminos por no saber si nos llevarán donde queremos... Y mientras, la vida pasa, inclemente, no espera a nadie, no se detiene. ¿A qué estamos esperando para vivirla en plenitud? ¿A qué esperamos para exprimirla a tope, para sacarle todo su jugo, para bebérnosla a chorros? Si nos caemos, ya nos levantaremos. Si nos equivocamos, ya rectificaremos, si nos perdemos ya nos reencontraremos, si no sabemos a dónde vamos ya empezaremos de nuevo. Pero vivamos, vivamos sin miedo y arriesgando, porque sólo tenemos una oportunidad.

Si quieres a alguien, díselo, y haz lo que tengas que hacer para que se entere; si te gusta alguien, díselo, no te andes con tiras y aflojas y con tonterías de adolescente; si tienes algún conflicto con alguien perdónale y pídele perdón; si tienes una idea entre manos y te da miedo arriesgar, arriésgate ya; si tienes un sueño persíguelo; si quieres correr una maratón empieza ya a entrenar; si quieres subir una montaña súbela, si quieres aprender a nadar ponte a ello; si quieres amar, ama, y hazlo a lo grande, con mayúsculas, sin guardarte nada por miedo a salir herido, sin miedo a perder, sin miedo a arriesgar. Pero hazlo ya, no te quedes tirado en el sofá esperando a mañana... porque no sabes si mañana llegará. Y los demás se merecen que les des lo mejor de ti. La vida te está esperando, no la defraudes. Sal afuera, rompe tu cascarón, tu zona de confort, libera el hombre, la mujer valiente que llevas dentro, y cómete el mundo. Demuéstrale a la muerte que no le tienes miedo. Ríete de ella a carcajadas. 

Decía Víktor Frankl que no importa lo que esperes tú de la vida, sino que lo que importa es lo que la vida espere de ti. Y la vida son los demás, es la gente que te quiere, son las montañas que están esperando a que las subas, los ríos que desean que los cruces a nado, esas páginas en blanco deseosas de que escribas en ellas tus mejores composiciones, la vida son todas esas oportunidades que no debes dejar escapar por miedo a perder. Estoy seguro de que Roberto, desde donde ahora esté, con la sabiduría que ya ha alcanzado, nos anima a ello. Vamos a vivir, vamos a conquistar el mundo.vamos a AMAR. Así, con mayúsculas. Es la mejor forma de afrontar la muerte, de cara, sin miedo. Descansa en paz, Roberto.

viernes, julio 24, 2015

VIVE AMANDO



Me escribe un lector, a raíz de mi último artículo, "Haz que las cosas sucedan", para plantearme una cuestión. Me pregunta, literalmente, "¿qué haces cuando te la pegas contra un muro? ¿Cuando apuestas por un amigo y te sale rana? ¿Cómo cerrar esas heridas? ¿Cómo recuperarte para no blindarte ante el resto? ¿Cómo creer otra vez en la amistad?" El artículo del que hablamos versaba sobre lo profesional, pero, como ya dije, todo lo que escribí es perfectamente extrapolable a las relaciones humanas. 

En primer lugar, quiero agradecer a Jorge, por su confianza a la hora de plantearme esas cuestiones. Y agradecerle también su contribución a este blog, que, como decía en mi último artículo, pretendo que sea de todos. 

Por otro lado, como ya le decía a Jorge en privado... ¡qué difícil es responder a esas preguntas! Preguntas que, seguro, todos nos hemos hecho alguna vez. Y es que la vida no viene con libro de instrucciones. Además, nadie dijo que fuera fácil vivir. Pero hay que hacerlo, y vivir la vida con las cartas que nos ha tocado jugar.

Pienso que la única manera de no blindarse ante los demás, la única forma de volver a confiar cuando alguien ha roto tu confianza, es... confiando. Suena extraño, suena a que estoy escurriendo el bulto, a que no quiero responder a preguntas tan comprometedoras. Pero, realmente, es la única forma posible que se me ocurre. A andar se aprende andando, a montar en bici se aprende montando, a amar se aprende amando, y a confiar se aprende confiando. Al fin y al cabo, la vida hay que vivirla en gerundio, no existe otra manera.

Pero vamos a intentar desenredar un poco más la madeja. Si alguien traiciona tu confianza, lo primero que debes hacer es perdonar. Puede resultar, especialmente en algunas ocasiones, tarea realmente ardua. Pero es el único camino. Lo cual no quiere decir que tengas que continuar la relación con esa persona. En ocasiones será posible, y en otras no. Si es posible, perfecto. Y si no lo es... si no lo es, despídete de esa persona, pero no sin antes perdonarla. El perdón libera al ofensor de su culpa, pero sobre todo libera al ofendido de la ofensa recibida. No cargues con algo que no es tuyo. No cargues con un fardo tan pesado, que, seguro, te va a impedir caminar ligero por la vida. Suéltalo, despréndete de él, y sigue adelante.

Decía más arriba que la única manera de seguir confiando es confiar. Y es que las personas que confían generan confianza. Puede que te encuentres por el camino con gente que traicione esa confianza, con gente que te haga daño, con gente que te rompa el corazón. Pero si, a pesar de eso, confías en las personas, serán muchísimas más las que te ofrecerán lo mejor de sí mismas, serán muchas más las personas que nunca traicionarán tu confianza, serán muchas más las personas en las que podrás confiar plenamente. Por tanto, si te traicionan, si te rompen el corazón, coge los pedacitos, pégalos, levántate y sigue caminando, sigue amando, sigue ofreciendo tu amor. Con esto no digo que haya que ir por la vida ofreciendo el corazón al mejor postor, no es eso. Pero tampoco lo encierres dentro de una coraza impenetrable porque una vez, o mil, te hicieron daño. Hay muchas personas ahí fuera que se merecen tu amor... y tú, sin duda, te mereces el amor de todas esas personas.

Le contaba a Jorge, y os lo cuento a vosotros, por si os sirve de algo, mi propia experiencia de vida. Yo de pequeño era un niño muy tímido, y eso fue aprovechado por muchos otros niños para hacerme daño. Se metían conmigo, me hacían la vida imposible. Yo sufría mucho, no entendía por qué yo no podía ser aceptado como los demás. Y aquello hacía que me fuera encerrando en mí mismo, hacía que me fuera creando una coraza para protegerme de los demás. Por culpa de aquellas experiencias aprendí que la gente era mala y había que protegerse de ella. Aprendí a esconderme, a no exponerme, a vivir en mi propio mundo. Yo no podía confiar en los demás (excepto en mi familia y otras pocas personas muy próximas), para mí la gente era sinónimo de dolor. Y así fui creciendo, y así fueron pasando los años. Pero claro, yo no era feliz. Hasta que un día, no muy lejano, por cierto, me decidí a romper el cascarón. No fue nada fácil, y aún hoy a veces me cuesta. Pero en cuanto decidí abrirme al mundo, empecé a recibir lo que yo daba multiplicado por infinito. Empecé a recibir amor incondicional, empecé a sentirme querido por personas muy diferentes a mí simplemente por ser quien yo soy. La satisfacción era -es- tan grande, que compensa con creces todo el dolor que pude sufrir a lo largo de mi vida. Hoy sé que quizá aparezcan personas que traicionen mi confianza; sé que tendré que sufrir, que me romperán de nuevo el corazón. Pero sé también que ser feliz en esta vida pasa por eso, por aceptar que ese dolor forma parte de ella, y que esconder el corazón tras una coraza no es, al menos para mí, una opción. No existe la vida sin dolor. Lo importante es lo que tú decidas hacer con ese dolor. 

Decía Tagore, "confía siempre en el amor, aunque a veces te traiga tristeza". Y así debe ser. Vive tu vida amando, amando con mayúsculas. Vive también arriesgando. Podrás perder a veces, pero ganarás mucho más. Es la única forma de vivir la vida en plenitud. Si lo haces así, las heridas restañarán pronto, y tu corazón estará siempre en plena forma para dar lo mejor de sí, para dar lo mejor de ti. Entrégate, y verás cómo recibes muchísimo más de lo que das. Merece la pena.

Me despido agradeciendo de nuevo vuestros comentarios, ya sean públicos o privados. Me ayudan a crecer, a alimentar este blog, a entender mejor la vida, que, al fin y al cabo, es sobre lo que escribo. Gracias.

lunes, febrero 02, 2015

EL SENTIDO DE LA VIDA


Seguramente habrán oído hablar, o habrán leído algo acerca de Viktor Frankl. Quizá hayan leído su libro más conocido, "El hombre en busca de sentido". Viktor Frankl fue un psiquiatra austriaco de origen judío, nacido en 1905 y fallecido en 1997. Es el padre de la Logoterapia, considerada la Tercera Escuela Vienesa de psicoterapia, después del Psicoanálisis de Freud y la Psicología Individual de Adler.

Viktor Frankl estuvo preso en diferentes campos de concentración nazis (Theresienstadt, Auschwitz, Kaufering y Türkheim, estos dos últimos dependientes del de Dachau). Sobrevivió al Holocausto nazi, no así su mujer ni sus padres, con los que había sido llevado al primer campo de concentración en 1942.

En la mencionada obra, "El hombre en busca de sentido", Frankl analiza la vida del prisionero en un campo de concentración desde el punto de vista de un psiquiatra. Y desde su propia perspectiva, contando cómo en no pocas ocasiones se vio tentado por la idea del suicidio, tales eran las condiciones de vida en aquel lugar. Sus vivencias, y las de sus compañeros de cautiverio, le sirvieron para obtener profundas reflexiones, reflexiones que le sirvieron después para confirmar y terminar de desarrollar su teoría de la Logoterapia.

Frankl sostiene que, incluso sometido a las condiciones más humillantes y extremas de deshumanización, el hombre es capaz de encontrar un sentido a su vida. Cada hombre, incluso bajo las condiciones más trágicas imaginables, es capaz de guardar la libertad interior que le permite decidir quién quiere ser. Una libertad interior que puede elevar a cada hombre muy por encima de su destino adverso. 

Y en esto, principalmente, se basa la Logoterapia; en encontrar el sentido de la vida. Un sentido que, como el psiquiatra vienés expone, no es abstracto, es decir, no hay un sentido universal de la vida, sino que a cada hombre en particular le está reservada una misión, un cometido a cumplir. La tarea de cada hombre es única, como única es la oportunidad que tiene para llevarla a cabo.

Frankl trataba de hacer ver a sus pacientes que no importa que no esperemos nada de la vida. Lo importante es lo que la vida espera de nosotros. La vida cuestiona al hombre constantemente, y éste responde de una única manera: respondiendo de su propia vida y con su propia vida. Y es desde la responsabilidad personal desde donde se puede responder a la vida. La esencia de la existencia, en palabras del propio Frankl, consiste en la capacidad del ser humano de responder con responsabilidad a las demandas que la vida le plantea en cada situación particular. Vivir significa, continúa Frankl, asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la existencia nos plantea, cumplir con la obligaciones que la vida nos asigna a cada uno en cada instante particular.

Era muy normal en los campos de concentración, donde las condiciones de vida eran paupérrimas, perder por completo el sentido de la vida. Sin embargo, siempre había una razón por la que seguir luchando por la supervivencia. La idea de reencontrarse con los seres queridos cuando acabara el cautiverio, o el poder continuar con un trabajo o una vocación profesional o personal, eran razones poderosas que animaban a los prisioneros a seguir adelante. Y eran las razones que esgrimía Frankl ante sí mismo y ante sus compañeros cuando los ánimos decaían. La salvación del hombre sólo es posible en el amor y a través del amor. E incluso no estando con la persona amada, es más, desconociendo si esa persona amada seguía viva o no, Frankl era capaz de encontrar consuelo pensando en ella. Y es que el amor trasciende la persona física del ser amado, y encuentra su sentido más profundo en el ser espiritual del otro, en su yo íntimo. El amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el ser humano. Es el único camino para llegar a lo más profundo de la personalidad humana.

Viktor Frankl habla también, como no puede ser de otra manera, del sufrimiento, y del sentido del mismo. En sí, el sufrimiento no tiene sentido, ni hace madurar al hombre. Es el hombre el que, con su actitud ante el sufrimiento, le da sentido. Y cuando el hombre es capaz de dar un sentido a su sufrimiento, éste, en cierto modo, deja de ser sufrimiento. En numerosas ocasiones son las circunstancias adversas las que otorgan al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo. Decía Dostoyevski que "sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos". Y también hablando de sufrimiento, Nietzsche decía que "todo lo que no me mata me hace más fuerte", y "el que tiene un por qué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo".

El hombre, por tanto, aun en las peores condiciones, incluso en los más crueles estados de tensión psíquica e indigencia física, es capaz de conservar un reducto interior de libertad que le permite decidir su destino. Se le puede arrebatar todo, excepto la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino, para decidir su propio camino.

Hoy día la palabra sufrimiento suele ser una palabra tabú. Se intenta huir de todo lo que signifique un mínimo de esfuerzo, un mínimo de conflictividad en nuestras vidas. Sin embargo, como explicaba Frankl, el sufrimiento no siempre es patológico, y no debería ser motivo de acudir al psiquiatra en tantas ocasiones como se hace. Nuestra sociedad occidental trata de vivir sin tensiones internas, cuando en realidad, cierto grado de tensión y conflictividad en nuestras vidas es necesario para lograr una salud psíquica razonable. El hombre no necesita vivir sin tensiones, sino más bien esforzarse y luchar por una meta o una misión que le merezca la pena. La preocupación, incluso la desesperación, por encontrarle un sentido a la vida, no es en modo alguno una enfermedad, sino que es una angustia espiritual. Las crisis existenciales generan ocasiones de desarrollo y crecimiento interior.

Decía Frankl que el vacío existencial es la neurosis colectiva más frecuente de nuestro tiempo. A menudo la gente acude al psiquiatra con sus problemas humanos, y no con síntomas realmente patológicos. Según el psiquiatra austriaco, muchas de esas personas, antiguamente acudían al rabino, al pastor o al sacerdote.

En conclusión, el hombre no está determinado ni condicionado, sean sus circunstancias las que sean. Tiene la capacidad de decidir si cede ante esas circunstancias, o se resiste a ellas. El hombre tiene la capacidad de no limitarse a existir, sino que puede decidir cómo será su existencia, en quién se convertirá en el minuto siguiente.

El hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero es también el ser que entró en esas cámaras con la cabeza bien alta y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios.


martes, enero 20, 2015

EL SECRETO DE LA FELICIDAD



Ayer vi una película, "Héctor y el secreto de la felicidad", que además de entretenerme, emocionarme, divertirme y gustarme mucho, me hizo reflexionar. Y es que muchas veces buscamos la felicidad donde no está, y nos desesperamos porque no la encontramos.

Héctor es un psiquiatra con una vida perfecta. Una novia perfecta, un trabajo perfecto, una casa perfecta... Todo es ordenado y predecible en la vida de Héctor y Clara, su novia. Todo es perfecto... y sin embargo Héctor no es feliz. La rutina diaria le impide darse cuenta de ello, pero los pacientes de su consulta le desquician cada vez más. No se da cuenta de que con quien realmente está enfadado es consigo mismo, que lo que no aguanta es su vida rutinaria, monótona, aburrida, egoísta, desprovista de cualquier aliciente que la haga al menos un tanto divertida. Y así, llega un momento en que ya no puede aguantar más, y decide emprender un viaje en busca de qué es aquello que a la gente le hace feliz. Esa es la excusa. Lo que en realidad busca es la manera de alcanzar su propia felicidad.

La búsqueda del secreto de la felicidad lleva a Héctor al lejano oriente, donde, de la mano de un magnate de las finanzas del que se hace "amigo" en el avión, descubre lo que podríamos llamar el lujo asiático. Y acaba llegando a la conclusión de que la felicidad no está en las riquezas, ni en el lujo, ni en el placer. Así que decide continuar su viaje, decide proseguir su investigación con la esperanza de encontrar ese tan ansiado secreto que le saque de su amargura y su aburrimiento.

En África Héctor se ve obligado a convivir con el miedo, y viendo cercana la muerte empieza a valorar algunas cosas de las que antes ni se percataba. También conoce a una serie de personas que viven con lo más básico, y que a pesar de todo parecen muy felices. Sin embargo, y a pesar de sus nuevos descubrimientos, aún le queda mucho camino por recorrer.

Ya en EEUU va a encontrarse con una antigua novia de universidad que acaba poniéndole los puntos sobre las íes. Agnes -así se llama ella- le desnuda -metafóricamente hablando- de arriba a abajo, y le hace ver que, ya desde la relación que mantuvieron en su juventud, Héctor no es capaz de mirar más allá de su propio ombligo. Agnes ha evolucionado, ha rehecho su vida después de su relación con Héctor, pero Héctor se ha mantenido anclado en el pasado, no ha sido capaz de pasar página, no ha madurado, y lo único que ha hecho ha sido cambiar a una mujer por otra para así continuar cometiendo los mismos errores de siempre, para así continuar viviendo con su miedo al compromiso, para así seguir siendo el mismo hombre mediocre, egoísta y timorato, incapaz de ser feliz.

Lo que sigue no lo desvelaré, para no destripar la película, aún más de lo que ya lo he hecho. Me limitaré a terminar mi artículo con una serie de reflexiones personales acerca de la felicidad. 

Y es que, como la película de Peter Chelsom nos hace ver, y como ya he mencionado más arriba, la felicidad no está en el dinero, no está en el lujo, no está en el placer. La felicidad sólo se puede encontrar cuando uno se despoja de sí mismo y decide dar un paso hacia los demás. Las puertas de la felicidad se abren hacia afuera, y no hacia adentro. La felicidad está en el dar, está en el compartir, está en la escucha y en la generosidad, está en el saber ponerse en el lugar del otro, está en el vivir pendiente de las necesidades de los demás. 

La felicidad no está tampoco en la perfección ni en lo predecible. Héctor y Clara llevaban una vida aparentemente perfecta, todo estaba en su sitio. Pero no eran felices. Se dice que lo perfecto es enemigo de lo bueno. Y yo creo, además, que la perfección es también enemiga de la felicidad. Una vida, para ser plena, ha de ser imperfecta, ha de tener errores que puedan ser convertidos en aprendizajes, ha de ser sometida a lo impredecible y al cambio. Ha de tener un mínimo de riesgo, de aventura, un toque de locura sana. La vida ha de ser vivida y ha de ser gastada. Si uno se limita a verla pasar, no puede ser feliz. Como decía la Madre Teresa de Calcuta, "la vida es aventura, vívela".

 


lunes, septiembre 08, 2014

VIVE COMO PIENSAS O ACABARÁS PENSANDO COMO VIVES



He escuchado o leído muchas veces la frase que ilustra mi artículo de hoy. Las primeras veces que la oí mencionar no entendía muy bien qué querían decir con ella. O... creo que más bien la entendía mal. ¿Se han parado a pensar alguna vez en la importancia de los acentos y de las tildes? Pues bien, cuando yo escuchaba aquella frase, la escuchaba poniendo en mi cabeza una tilde en la o del segundo "como". Y no entendía gran cosa. En fin, ha pasado mucho tiempo desde entonces, y ahora sí creo comprender el significado de la sentencia. Nunca he sabido a quién era atribuida, aunque hace unos días, preparando el presente artículo, leí en Internet que se le atribuía a Ghandi. En cualquier caso, es lo de menos. Lo importante es el significado y la sabiduría que encierra dicha máxima.

Todos hemos recibido de pequeños una educación, una educación que ha podido ser mejor o peor, pero que nos ha ayudado a transitar por la vida. Después, a medida que hemos ido creciendo, hemos ido haciendo nuestras las cosas que nos enseñaron. Evidentemente, habrá cosas más importantes que las habremos hecho completamente nuestras, y habrá habido otras cosas que habremos dejado de lado, ya sea porque no eran importantes, porque los tiempos cambian, o porque nuestra forma de ser y pensar se ha ido forjando y separando en algunos aspectos de la de nuestros padres y educadores. Pero poco a poco, entre la educación recibida, los estudios realizados, los libros leídos, las experiencias vividas, los fracasos aprendidos, hemos ido formando nuestra conciencia, creando nuestra propia forma de pensar, haciendo de nosotros, si lo hemos hecho bien, personas libres e independientes, con una personalidad determinada.

El problema viene cuando renunciamos a esa forma de pensar, a esos ideales que nos definen, a esa educación recibida y después trabajada hasta llegar a forjar una personalidad propia. El problema viene cuando traicionamos a nuestra conciencia, que ha sido trabajada a lo largo de los años, y nos guía -si está bien formada- a través de los avatares de la vida. Es cuando dejamos de vivir como pensábamos, y empezamos a pensar como vivimos. O sea, justificamos nuestras nuevas actitudes, cambiamos nuestra forma de pensar de siempre para adaptarla a nuestra nueva forma de hacer las cosas, de conducirnos por la vida. Esto suele ocurrir cuando en nuestra vida aparecen personas que piensan diferente a nosotros, y queremos "adaptarnos" a ellas, por las razones que fueren. 

Pero entonces es cuando nos resquebrajamos por dentro, cuando nos venimos abajo, cuando no entendemos nada, cuando perdemos el norte, la orientación, y perdemos las fuerzas y los recursos para navegar con éxito por las procelosas aguas de la vida. Cuando eso ocurre, cuando traicionamos a nuestros ideales, a nuestra forma de pensar, a nuestra conciencia, solemos tratar de justificarnos, de engañarnos a nosotros mismos diciendo que no, que en realidad no pensábamos así, que nuestra forma de pensar era arcaica y había que modernizarla, o que estábamos demasiado encorsetados por rígidas normas. Pero, en general, sabemos que no es así. Sabemos que lo hacemos, que nos traicionamos a nosotros mismos, para adaptarnos a la forma de pensar, como adelantaba más arriba, de determinados ambientes, para adaptarnos a determinadas personas, a determinadas formas de pensar o actuar, a determinadas parejas de un momento dado, a determinadas amistades. Y acabamos adoptando formas de pensar y actuar que sabemos son contrarias a lo que nosotros somos, pero que muchas veces son más "atractivas", más seductoras, más favorables a la corriente. Y es que, navegar a contracorriente, no es siempre fácil. Es más, casi nunca es fácil. Navegar, pensar, a contracorriente, requiere muchos sacrificios, exige renuncia, demanda fortaleza y unidad de vida.

Uno puede acallar su conciencia a base de traicionarla, de pensar al revés de como siempre había pensado, a base de justificar lo que sabe que no es justificable. Puede "aprender" a vivir de otra forma a como en realidad sabe que debe vivir. Pero entonces ocurre que vive incómodo. Es como si se acostumbrara a llevar unos zapatos o un vestido que no son de su talla. Esos zapatos, ese vestido, aprietan y no estamos cómodos. Y hasta que no lo reconozcamos, estaremos desorientados, viviremos en la confusión. Creo que es algo que todos hemos experimentado alguna vez, ya sea por temporadas más largas o más cortas. 

Es difícil, sí, vivir a contracorriente, pensar diferente a como lo hace la mayoría. Pero a veces es necesario. No pretendo decir que haya que ir por ahí siempre llevando la contraria a todo el mundo. Pero sí, a veces hay que tener criterios propios y hay que pensar y actuar diferente a como lo hace la mayoría. Y sí, es difícil mantener esos criterios. Pero la paz, la alegría, la felicidad que ello trae consigo bien merecen cualquier esfuerzo y cualquier sacrificio que tengamos que hacer. La recompensa siempre, SIEMPRE, está detrás del sacrificio. Tardará más o menos en llegar, pero llegará. Por eso merece la pena vivir como se piensa, haciendo caso a nuestra conciencia, y siendo valientes para pensar por libre.