viernes, enero 23, 2015

LENGUAJE POSITIVO



Nos pasamos media vida quejándonos por todo lo que nos rodea. Nos quejamos del atasco en el que estamos, nos quejamos por la cola del supermercado, nos quejamos porque no nos gusta el trabajo que hacemos, nos quejamos porque el vecino no nos da los buenos días, nos quejamos porque llueve, nos quejamos porque lleva mucho tiempo sin llover, nos quejemos porque hace frío, nos quejamos porque hace calor, nos quejamos porque nos pica la planta del pie o la punta de la nariz, nos quejamos porque nos salió mal la comida, nos quejamos porque nos invitaron a una fiesta a la que no nos apetece ir... Podría seguir rellenando líneas y líneas hablando de miles de cosas por las que nos quejamos a diario. ¿Y qué ganamos con ello? Absolutamente nada. Sólo conseguimos amargarnos a nosotros mismos y amargar a los que conviven con nosotros. ¿Por qué no cambiar entonces el chip? ¿Por qué, en lugar de centrarnos en todo aquello que nos molesta, no nos centramos en ser agradecidos con todo lo bueno que tenemos, que es mucho? ¿Y por qué, en lugar de utilizar un lenguaje negativo, no empezamos a hablar en positivo? Si fuéramos conscientes de los milagros que el lenguaje puede hacer en nosotros, rápidamente comenzaríamos a esforzarnos para cambiarlo.

Y es que, lo crean o no, el lenguaje produce cambios en el cerebro. Un lenguaje positivo puede incluso alargar la vida. El lenguaje influye, además, en nuestra manera de pensar. Si mandamos a nuestro cerebro mensajes positivos, este responderá de manera diferente a si los estímulos que le mandamos son negativos. 

A finales de los años 80, científicos de la Universidad de Kentucky iniciaron un estudio con 678 monjas de diferentes conventos. Además de analizar diversos escritos suyos, las sometieron durante un período de dos años a diferentes pruebas físicas e intelectuales, y se las dividió en grupos según la abundancia de términos positivos o negativos hallados en sus escritos. No me extenderé a la hora de analizar los resultados del experimento, pero sí destacaré algunos hallazgos de los científicos encargados de llevarlo a cabo.

Por un lado, las monjas que eran capaces de elaborar más pensamientos con mayor economía lingüística, o mostraban mayor riqueza de vocabulario, demostraban menos propensión a desarrollar enfermedades de tipo Alzheimer o demencia senil.

Por otro lado, las monjas que utilizaban más términos positivos a la hora de expresarse, vivían entre 7 y diez años más que el resto.

El 54% del grupo más alegre seguían vivas a los 94 años, mientras que sólo sobrevivían el 11% del grupo menos alegre.

En definitiva, las monjas más longevas eran las que sonreían más, las que eran más acogedoras, las que tenían más curiosidad por aprender cosas nuevas, las que regalaban mucho (sin motivo alguno), las que tenían menos prejuicios, las que tenían un brillo especial en la mirada y eran capaces de reírse de sí mismas, y las que utilizaban más términos positivos a la hora de expresarse. Al parecer, este último indicador era el más importante de los analizados.

No siendo este estudio aún totalmente concluyente, sí podemos sacar algunas conclusiones. Y es que parece que las personas felices, por un lado tienden a ser menos propensas a desarrollar la enfermedad de Alhzeimer, y por otro, tienden a ser más longevas que las personas tristes.

Visto lo visto, ¿no es mejor vivir en el agradecimiento que en la queja? Como decía más arriba, nuestro lenguaje influye en nuestro cerebro y en la manera de comportarnos. Dicho de otra manera, si nos acostumbramos a utilizar un lenguaje rico y positivo, nuestras probabilidades de llevar una vida feliz serán bastante más grandes que si nuestro lenguaje es pobre y quejumbroso. Y si llevamos una vida feliz, tenemos más probabilidades de vivir más tiempo y con mayor calidad de vida. ¿Por qué no probarlo? No hay nada que perder, y sí mucho que ganar. Cuanto menos, conseguiremos crear un clima mucho más positivo con nosotros mismos y con los que tenemos alrededor.

martes, enero 20, 2015

EL SECRETO DE LA FELICIDAD



Ayer vi una película, "Héctor y el secreto de la felicidad", que además de entretenerme, emocionarme, divertirme y gustarme mucho, me hizo reflexionar. Y es que muchas veces buscamos la felicidad donde no está, y nos desesperamos porque no la encontramos.

Héctor es un psiquiatra con una vida perfecta. Una novia perfecta, un trabajo perfecto, una casa perfecta... Todo es ordenado y predecible en la vida de Héctor y Clara, su novia. Todo es perfecto... y sin embargo Héctor no es feliz. La rutina diaria le impide darse cuenta de ello, pero los pacientes de su consulta le desquician cada vez más. No se da cuenta de que con quien realmente está enfadado es consigo mismo, que lo que no aguanta es su vida rutinaria, monótona, aburrida, egoísta, desprovista de cualquier aliciente que la haga al menos un tanto divertida. Y así, llega un momento en que ya no puede aguantar más, y decide emprender un viaje en busca de qué es aquello que a la gente le hace feliz. Esa es la excusa. Lo que en realidad busca es la manera de alcanzar su propia felicidad.

La búsqueda del secreto de la felicidad lleva a Héctor al lejano oriente, donde, de la mano de un magnate de las finanzas del que se hace "amigo" en el avión, descubre lo que podríamos llamar el lujo asiático. Y acaba llegando a la conclusión de que la felicidad no está en las riquezas, ni en el lujo, ni en el placer. Así que decide continuar su viaje, decide proseguir su investigación con la esperanza de encontrar ese tan ansiado secreto que le saque de su amargura y su aburrimiento.

En África Héctor se ve obligado a convivir con el miedo, y viendo cercana la muerte empieza a valorar algunas cosas de las que antes ni se percataba. También conoce a una serie de personas que viven con lo más básico, y que a pesar de todo parecen muy felices. Sin embargo, y a pesar de sus nuevos descubrimientos, aún le queda mucho camino por recorrer.

Ya en EEUU va a encontrarse con una antigua novia de universidad que acaba poniéndole los puntos sobre las íes. Agnes -así se llama ella- le desnuda -metafóricamente hablando- de arriba a abajo, y le hace ver que, ya desde la relación que mantuvieron en su juventud, Héctor no es capaz de mirar más allá de su propio ombligo. Agnes ha evolucionado, ha rehecho su vida después de su relación con Héctor, pero Héctor se ha mantenido anclado en el pasado, no ha sido capaz de pasar página, no ha madurado, y lo único que ha hecho ha sido cambiar a una mujer por otra para así continuar cometiendo los mismos errores de siempre, para así continuar viviendo con su miedo al compromiso, para así seguir siendo el mismo hombre mediocre, egoísta y timorato, incapaz de ser feliz.

Lo que sigue no lo desvelaré, para no destripar la película, aún más de lo que ya lo he hecho. Me limitaré a terminar mi artículo con una serie de reflexiones personales acerca de la felicidad. 

Y es que, como la película de Peter Chelsom nos hace ver, y como ya he mencionado más arriba, la felicidad no está en el dinero, no está en el lujo, no está en el placer. La felicidad sólo se puede encontrar cuando uno se despoja de sí mismo y decide dar un paso hacia los demás. Las puertas de la felicidad se abren hacia afuera, y no hacia adentro. La felicidad está en el dar, está en el compartir, está en la escucha y en la generosidad, está en el saber ponerse en el lugar del otro, está en el vivir pendiente de las necesidades de los demás. 

La felicidad no está tampoco en la perfección ni en lo predecible. Héctor y Clara llevaban una vida aparentemente perfecta, todo estaba en su sitio. Pero no eran felices. Se dice que lo perfecto es enemigo de lo bueno. Y yo creo, además, que la perfección es también enemiga de la felicidad. Una vida, para ser plena, ha de ser imperfecta, ha de tener errores que puedan ser convertidos en aprendizajes, ha de ser sometida a lo impredecible y al cambio. Ha de tener un mínimo de riesgo, de aventura, un toque de locura sana. La vida ha de ser vivida y ha de ser gastada. Si uno se limita a verla pasar, no puede ser feliz. Como decía la Madre Teresa de Calcuta, "la vida es aventura, vívela".

 


jueves, enero 15, 2015

PON UN POCO DE PASIÓN EN TU VIDA


Dentro de algo menos de un mes voy a comenzar un curso para formarme como coach. Cuando cuento esto a mis amigos, muchas veces la reacción es muy similar: "Pero... ¿eso tiene salidas? Si ya hay muchos coaches...". Esa reacción me ha hecho reflexionar... y mis reflexiones me han hecho reafirmarme en mi deseo de hacer ese curso.

Y es que, ¿realmente hay que plantearse, a la hora de decidirse a hacer algo, si ese algo tiene salidas laborales? Es una reacción que comprendo, pues ha sido mi referencia a la hora de tomar decisiones durante mucho tiempo. Hasta que he llegado a la conclusión de que esa forma de pensar y de actuar no me ha llevado más que a la frustración, y a seguir caminos equivocados, caminos que, en el mejor de los casos no me llevaban a ninguna parte, y en el peor me llevaban a sitios donde yo no quería estar.  Llevo a mis espaldas varios Máster y un saco de cursos. Llevo muchas horas invertidas en formación que, en el fondo, no me satisface. Y llevo mucho dinero gastado en actividades que yo hacía pensando que tenían salidas laborales, pero sin pararme a pensar si realmente me gustaban, y si me llevaban a donde yo quería estar. Tengo 42 años, y después de todos esos cursos, después de todas esas horas y después de todo ese dinero invertido, estoy en paro. Y lo que es peor, pocas veces he trabajado en algo que me haya aportado la más mínima satisfacción, aparte de recibir un sueldo a final de mes. Así que, visto lo visto, ¿tiene realmente sentido plantearse si algo que uno quiere hacer tiene salidas laborales? Yo creo que no.

La conclusión que yo saco, después de años navegando a la deriva laboral, y después de pararme por fin a reflexionar (y después de hacer un maravilloso curso llamado DPOP en CIVSEM), es que uno ha de hacer aquello que realmente le guste. Esa es la mejor forma de conducirse por la vida. Porque si haces lo que te gusta, si haces algo que te apasiona, lo harás mucho mejor que si haces algo por el mero hecho de tener que ganar un sueldo a final de mes. Y lo más seguro es que, antes o después, eso que haces porque te apasiona te reporte beneficios económicos mayores que los que te aportaría cualquier otra actividad. Pero aunque así no ocurriera, aunque los beneficios económicos fueran menores, no todo en la vida es dinero. Personalmente, pienso que las satisfacciones personales que uno puede obtener haciendo algo que le gusta son mucho más importantes que el dinero que con ello pueda obtener. Evidentemente, hay que comer, hay que vestirse y hay que vivir bajo un techo. Sí, hay que cubrir unas necesidades básicas, y para ello hay que ganar dinero. Pero insisto en que la mejor forma de conseguirlo es haciendo algo que a uno le apasiona.

Seguir el criterio de "hago esto porque tiene salidas", a mí me ha llevado, como decía antes, a la frustración y a la amargura en no pocas ocasiones. Y eso, al final, se traduce en unas peores relaciones con el mundo que me rodea. Y estoy seguro de que no soy el único. ¿Cuánta gente hay frustrada en su trabajo, y que eso luego lo paga (normalmente sin darse cuenta), con sus familiares, con sus amigos, no digamos ya con los desconocidos con los que se cruza por la calle? A mí, gracias a Dios, no me pasa eso. No estoy enfadado con el mundo, llevo una vida feliz, tengo sanas y buenas relaciones... Pero a menudo me encuentro con gente que paga su frustración con los demás, y eso no hace más que incrementar su insatisfacción. 

Pero es que además, si yo me guiara únicamente por el criterio de "tiene salidas" a la hora de elegir mis actividades... ¡qué pobre sería mi vida! Mi creatividad se vería reducida a la mínima expresión, cuando no anulada del todo. Según ese criterio yo dejaría de escribir, pues no me aporta beneficios económicos; dejaría de hacer fotos, dejaría de hacer deporte, dejaría de organizar excursiones al campo para mis amigos, nunca habría adiestrado perros (el beneficio económico no era suficiente para llegar a fin de mes), dejaría de leer, dejaría de cocinar... dejaría de hacer tantas cosas, que, prácticamente, me convertiría en una especie de vegetal. ¿Y no es mejor elegir alguna de esas actividades, y convertirla en mi profesión? Al menos intentarlo, luchar por ello, inventar un camino y seguirlo, soñar y perseguir ese sueño. ¿No es así más rica la vida? Yo, sinceramente, creo que sí. Y por eso, además de buscar un trabajo que me ayude a sobrevivir económicamente, he decidido dedicar más tiempo a partir de ahora a aquellas actividades que se me dan bien, que me apasionan, y que, con esfuerzo y tesón, antes o después puedan convertirse incluso en una profesión, o, al menos, en un complemento a mi profesión, que, hoy por hoy es la de técnico de calidad alimentaria y es donde espero estar trabajando dentro de poco.

Por ello, pronto lanzaré por Internet mi segundo libro de relatos. Y por ello también voy a hacer ese curso de coaching social. No sé si me ganaré la vida o no como coach, lo que sí sé es que seré un buen coach y ayudaré a muchas personas a alcanzar sus objetivos en la vida. Ayudaré a muchas personas a abandonar  ese criterio pobre de hacer las cosas "porque tienen salidas laborales". La vida es mucho más que eso, y debe ser vivida en plenitud, no de una manera rancia y timorata. 

El mundo necesita de gente que ame su profesión, de gente a la que le apasione lo que hace. El mundo es de los valientes. ¡¡Vamos a conquistarlo con pasión!!

lunes, enero 12, 2015

LIBERTAD DE EXPRESIÓN


Una vez pasada la tormenta de los execrables atentados de París, quisiera hacer aquí una serie de reflexiones personales. No sé si es el lugar adecuado, pero es el altavoz que tengo y no quiero dejar pasar la oportunidad.

No creo necesario manifestar de nuevo mi horror hacia lo ocurrido en París estos días. Cualquier atentado contra la vida merece mi más firme repulsa y condena. No he dudado ni un instante, y no me arrepiento de ello (es más, me reafirmo) en solidarizarme con los trabajadores de Charlie Hebdo. Pero como lo cortés no quita lo valiente, creo necesario  hacer una serie de reflexiones. Desde la calma, desde el respeto, y después de haber leído unos cuantos artículos al respecto en estos últimos días.

Creo que la libertad de expresión es un derecho fundamental que ha de ser defendido a toda costa. Pero creo también que  no todo vale en nombre de la libertad de expresión. La libertad de expresión termina donde empieza el derecho a la dignidad y al honor de los demás, ya sean los demás personas individuales o instituciones de cualquier tipo (religiosas, civiles, militares, políticas...). No me parece moralmente aceptable publicar viñetas como las que publica Charie Hebdo, cuando esas viñetas atacan frontalmente la dignidad y el honor de diversas religiones. Nada justifica lo que ocurrió el otro día en París, pero tampoco me parecen aceptables este tipo de publicaciones. La libertad ha de ser sagrada, pero no es un bien absoluto. Mi libertad termina donde empieza la del vecino. Y ha de ser así, pues si no ponemos límites, la convivencia pacífica sería imposible. Tengo derecho a disfrutar de una alegre velada con mis amigos en mi casa, hasta la hora que me dé la gana. Pero ese derecho ha de ser compatible con el que tienen mis vecinos a disfrutar de un descanso reparador. Si el tono de las voces de mis amigos, si la música que ponemos, si el ruido en general, se eleva por encima de unos niveles aceptables, ya no estoy respetando el derecho que tienen mis vecinos a descansar, ya no estoy haciendo un uso racional y respetuoso de mi libertad.

Seguiré siendo Charlie Hebdo cuando de defender la libertad de expresión se trate. Pero dejaré de ser Charlie Hebdo, es más, me opondré frontalmente a Charlie Hebdo (o a cualquier otro medio de comunicación), cuando, en nombre de una falsa libertad de expresión, se ataquen la dignidad y el honor, ya sea de personas, de religiones o de cualquier otro tipo de institución. Y lo haré, eso sí, con las únicas armas con las que me parece aceptable hacerlo: el papel y el lápiz, o, como en este caso, el teclado y la pantalla del ordenador. Lo haré también, ni que decir tiene, siempre desde el más profundo respeto. Creo necesario, para convivir pacíficamente, poner una serie de reglas, una serie de límites, sin los cuales esa convivencia se hace imposible. Y dentro de esos límites todos podemos jugar. Fuera, la baraja se rompe. Libertad sí, responsabilidad también.


sábado, enero 10, 2015

PEQUEÑOS ACTOS II


Vamos con la segunda parte de esas pequeñas acciones, al alcance de cualquiera, que pueden ayudarnos a ser un poco más felices. En el artículo anterior nos quedamos en la número 10. Continuemos:

11: Sueña. Dedica algo de tiempo cada día a soñar con aquello que quieres llegar a ser, aquello que quieres alcanzar, aquello que quieres lograr. Piensa cómo vas a alcanzarlo, cree que esos sueños pueden hacerse realidad si empiezas por dar el primer paso. Sueña alto, no te quedes corto, cree en ti.

12: No gastes de más. Vivimos en la sociedad del consumo, nos creamos necesidades superfluas, vivimos por encima de nuestras posibilidades. Limita tus gastos, piensa qué es lo que realmente necesitas para vivir. Te darás cuenta de que puedes prescindir de muchas cosas que, sin darte cuenta, habías considerado imprescindibles. 

13: Anota. Lleva contigo un pequeño cuaderno, una libreta, y anota las ideas que te surjan en los momentos más insospechados. Una de las anteriores acciones consistía en escribir. Cuando uno empieza a tener ese hábito, le surgen ideas en los momentos más peregrinos. Si llevas a mano una libreta, podrás anotar esa idea y después, más tranquilamente, desarrollarla.
También puedes anotar fechas de citas, cumpleaños, aniversarios, etc., para que no se te olviden. O cosas pendientes por hacer, tareas pendientes. Ahorrarás sitio en tu memoria, y no correrás el riesgo de que se te pase alguna cita importante.

14: Organiza tu tiempo. A menudo nos quejamos de que nos falta tiempo para hacer todo lo que queremos hacer a lo largo del día. Pero muchas veces en realidad no es que nos falte tiempo, sino que el que tenemos lo organizamos mal. También es una cuestión de priorizar. No siempre lo más urgente es lo más importante. Haz una lista de lo que quieres hacer a lo largo del día, y piensa qué tiempo vas a dedicar a cada cosa. Verás cómo, poco a poco, el tiempo te cunde cada vez más.

15: Reordena tus prioridades. Como decía antes, no siempre lo urgente es lo más importante. Piensa sobre ello, y después organiza tu lista de actividades en función de ello. Si haces primero las cosas más importantes, comenzarás a sentirte mejor contigo mismo.

16: No pierdas el tiempo. Decíamos antes que a menudo nos quejamos de la falta de tiempo. Pero, ¿cuánto tiempo dedicamos a cosas inútiles, o que no son importantes y nos quitan tiempo de hacer cosas que nos aportarían mayores beneficios? Identifica al menos cinco formas con las que normalmente pierdes el tiempo, y limita el tiempo que les vas a dedicar. ¿Ves mucho la televisión? ¿Dedicas un tiempo excesivo a las redes sociales? ¿Pasas horas delante de Internet sin necesidad de ello? ¿Dedicas mucho tiempo a los video juegos? Son sólo algunos ejemplos. Piensa sobre ello, y cuando estés haciendo algo, pregúntate si estás empleando tu tiempo de la mejor manera que podías estar haciéndolo. Poco a poco lo aprovecharás mejor.

17: Concentra tu energía. Si haces demasiadas cosas, la energía se dispersa. O, como dice el refrán, "el que mucho abarca poco aprieta". Pon el foco en algo, y hazlo sin distracciones. Pon en ello toda tu energía y toda tu atención, sin pensar en lo que vas a hacer después. 

18: Autoevalúate. Al llegar cada noche, piensa en lo que has hecho a lo largo del día. Dedica cinco o diez minutos a pensar en tus logros, en lo que has hecho bien, lo que podías haber hecho mejor, lo que te gustaría haber hecho y no has hecho. Y piensa también qué vas a hacer el día siguiente para hacer mejor lo que quieres hacer mejor. Examínate también al final de cada semana.

19: Ordena tu área de trabajo. Esto está muy relacionado con la acción con la que abríamos el artículo anterior. Si tienes tu zona de trabajo ordenada respirarás mejor, tendrás todo más a mano, no perderás tiempo en buscar lo que necesitas y rendirás más.

20: Come más sano. Aprende qué alimentos son sanos y cuáles no, y empieza a desechar de tu dieta diaria todo aquello que sobra, a la vez que vas incorporando alimentos que contribuyen a mejorar tu alimentación. Que tu medicina sea tu alimento, y tu alimento tu medicina, decía Hipócrates. 
Come cinco veces al día, planea tus menús, bebe al menos dos litros de agua al día, come frutas, verduras, hortalizas, reduce el consumo de carne, también el de fritos, grasas saturadas, alimentos procesados... Una buena alimentación te ayudará a estar mejor contigo mismo.

21: Haz ejercicio. Hazlo todos los días, si puedes. No es necesario que salgas a correr a diario, ni que vayas al gimnasio día sí y día no. Puedes hacer esto un par de días o tres en semana, y el resto de días cambiar ciertos hábitos: olvídate del ascensor y de las escaleras mecánicas del metro; utiliza menos el coche y más el transporte público; bájate una parada antes de tu destino y continúa caminando. Seguro que si piensas un poco se te ocurren más cosas.

22: Medita. Pasa cada día un tiempo en silencio y soledad, contigo mismo, meditando, respirando, calmando tu mente. Sé constante, y poco a poco verás los beneficios. Dicen que después de ocho semanas de meditación los cambios en el cerebro empiezan a ser perceptibles. Desde luego, se ve la vida de otra manera, la atención se vuelve más plena, mejora la consciencia...

23: Aprecia a tu pareja. O aquellos con los que convives a diario. En lugar de fijarte en lo que te molesta, o en sus defectos, busca lo positivo que tienen esa persona o personas, y anótalo. Ten pequeños gestos que fortalezcan la relación.

24: Socializa. Conoce gente nueva en la medida de tus posibilidades. En "la vida real", y también en las redes sociales. Sigue a alguien nuevo en Twitter, comenta en algún blog, etc.

25: Cultiva la paciencia. Si vives en una gran ciudad tendrás mil motivos para ello. Un atasco, un centro comercial lleno de gente, calles atestadas en las que es imposible avanzar... Si no vives en una gran ciudad, también tendrás muchos motivos. Un comentario de alguien que te molesta, un juicio injusto, una llamada inoportuna... Respira, cuenta hasta diez, o hasta cien si hace falta, antes de responder.

26: Da. ¿Recuerdas el punto doce? Si lo llevas a cabo, tendrás más posibilidades de compartir con los que más lo necesitan. Y en cualquier caso, no siempre es necesario tener dinero para dar. Hay multitud de buenas acciones que no requieren dinero ninguno. Incluso bendecir a alguien en silencio. O agradecer y halagar a las personas que lo merecen. A menudo por supuesto que el trabajo que otros hacen por nosotros es lo que deben hacer, y no se lo agradecemos ni lo valoramos. Prueba a hacerlo, con una sonrisa, y pronto verás los resultados. Cuando uno vive dando, antes o después acaba recibiendo. Es el llamado efecto boomerang. Pruébalo. Funciona.

27: Escucha. Pero escucha de verdad. Piensa que escuchar no es guardar turno para hablar. Practica una escucha activa, ponte en el lugar de la otra persona, no juzgues lo que está diciendo aunque no estés de acuerdo. Cuando te estén hablando céntrate en el mensaje de la otra persona, y no estés pensando en lo que vas a contestar. Pregunta si necesitas que te aclaren algo. Escucha. Escucha de verdad.

28: Empatiza. Es parecido al anterior, pero no exactamente igual. Intenta ponerte en el lugar de los demás. Especialmente cuando no comprendas su forma de pensar o actuar. Piensa que cada persona tiene detrás una historia que desconoces, y que le lleva a actuar como actúa. No le juzgues por ello.

29: Confía. Una vez más, no juzgues. Piensa que todo el mundo trata de dar lo mejor de sí mismo. Y que si no te dan lo que querías, probablemente no es por que no quieren, sino porque no saben o no pueden. Confía en la buena voluntad de la gente, intenta comprender, disculpar, e interpretar lo que otros hacen de la mejor manera posible. Piensa bien de los demás.

30: No te compares. Vive tu propia vida, y no te compares con los demás, ni para bien ni para mal.

Intenta poner en práctica estos 30 puntos durante al menos cien días. Cada vez te irán costando menos, empezarán a convertirse en hábitos, y tu vida será más feliz y más tranquila. Empieza a probarlo, y si quieres me cuentas. ¡Ánimo!








domingo, enero 04, 2015

PEQUEÑOS ACTOS I


No hace mucho escribí un artículo en el que hablaba de pequeñas acciones cotidianas que nos podían ayudar a cambiar nuestra forma de vivir, y así provocar un cambio en nuestro entorno. Estos cambios, aparentemente insignificantes, acaban provocando una ola que cada vez se va haciendo más grande, cada vez se extiende más, y, poco a poco, se va creando un mundo mejor.

En esa misma línea, hace poco leí un artículo en el que se daban consejos para llevar una vida más feliz. Se trata también de pequeños actos que mejoran nuestra relación con nosotros mismos y con los demás. A continuación presento a mis lectores un resumen de aquel artículo, con mis propias palabras y mis propias reflexiones. Es un poco largo, por lo que lo dividiré en varias entregas, ya que si no se alargaría en exceso. Aquí va la primera parte.

1: ordenar. Desde pequeño he escuchado repetidas veces la frase "hay un sitio para cada cosa, y una cosa para cada sitio". Pues de eso se trata, de tener las cosas ordenadas. Personalmente he comprobado que cuando interiormente estoy desordenado, es decir, cuando algo dentro de mí no está bien, tiendo también al desorden exterior (dejo las cosas en cualquier sitio, acumulo la ropa encima de la cama o en una silla en lugar de guardarla en su sitio...) y, poco a poco, voy acostumbrándome a ese desorden. He comprobado también que si, aun estando desordenado por dentro, decido empezar a poner orden por fuera, ese desorden interior comienza a remitir. El cuerpo es sabio, y da órdenes a la mente. Si a través del cuerpo "hacemos creer" a nuestra mente que todo está bien, en nuestra mente todo empezará a estar bien. Por tanto, si físicamente empiezo a ordenar cosas, mi mente empezará a creer que todo está bien, y empezaré a restablecer mi orden interior. Pruébalo, y verás como funciona. Si sacas algo, devuélvelo después a su lugar; si abres un cajón, un armario, una puerta, déjalo después como estaba; si llegas a casa y te quitas el abrigo, cuélgalo en una percha y no lo dejes por ahí tirado.

2: arregla. Echa un vistazo a tu casa, y seguro que encuentras cosas que están deterioradas o que no funcionan, y que se pueden arreglar. Las tenemos así por desidia, y, día tras día, vamos diciendo, "ya lo arreglaré". A veces basta con cambiar unas pilas, sustituir una bombilla o encolar la pata de un taburete. Son pequeñas cosas que no requieren demasiado esfuerzo, pero que al ir dejándolas para más tarde se van acumulando y cada vez nos va dando más pereza.

3: siéntete agradecido. Haz una lista de cosas por las que sientas gratitud. Pero no escribas esa lista de una sentada. Escribe cada día sólo unas pocas. Seguro que si piensas despacio salen muchas. Yo, por ejemplo, tengo que salir a la calle y ver a un ciego para darme cuenta de que tengo la enorme fortuna de ver el mundo con mis propios ojos. Pues esa es una de las cosas que apuntaría en mi lista: siento un gran agradecimiento por poder ver. Me siento agradecido por la educación que he recibido, porque mis padres tienen buena salud y puedo contar con ellos, porque tengo buenos amigos con los que divertirme y en los que apoyarme, porque a cuatro pasos de Madrid tengo una sierra maravillosa por la que poder perderme... Y así la lista crece y crece, y el agradecimiento va sustituyendo a la queja, enfocándonos en las cosas que tenemos y no en las que nos faltan.

4: haz cosas que te gusten. Y para ello, haz una lista de cosas que te guste hacer (piensa, e intenta sacar al menos 20 pequeñas cosas). Después, intenta hacer cada día al menos una. En mi lista habría cosas como leer, escribir, ver una película, hablar con algún amigo, hacer fotos, retocar esas fotos, dar un paseo por el campo, comer al aire libre... Son sólo algunos ejemplos, y seguro que todos tenemos un montón. 

5: ríete. Busca la forma de hacerlo, hay mil motivos. Encuentra cada día al menos un momento para reírte. Y si no encuentras razones, prueba a hacer un taller de yoga de la risa. Yo lo he probado, y te aseguro que funciona. Se trata de una práctica en la que uno se ríe sin motivo. A través de diversos ejercicios, se provoca la risa, y con ello se obtienen un montón de beneficios. Si te interesa, ponte en contacto conmigo porque tengo un amigo que tiene entre sus planes organizar próximamente un taller. Ríete y verás como tu vida cambia.

6: lee. Pero no leas cualquier cosa. No valen revistas del corazón, ni prensa amarilla, ni tebeos del Capitán Trueno. Busca algo que requiera más esfuerzo, aunque al principio te cueste concentrarte. Si no tienes hábito de lectura, empieza por poco tiempo (cinco minutos, por ejemplo), y, poco a poco, empezarás a ver los beneficios, y empezarás a descubrir el placer de la lectura.

7: aprende. Intenta aprender cada día una cosa nueva. No se trata de aprender grandes cosas, sino cosas accesibles. Por ejemplo, el nombre de ese árbol con el que te cruzas todos los días al ir al trabajo; o la capital de un país lejano; o el nombre de esa canción que a veces resuena en tu cabeza sin saber ni quién la canta. Y si llega el final del día y no has logrado aprender nada nuevo... coge el diccionario y busca una palabra que desconozcas. Apréndela y trata de incorporarla a tu vocabulario.

8: Deja de quejarte. Esto va en línea con el punto 3, "siente agradecimiento". Si llevas a cabo ese otro punto, será más difícil que te quejes por cualquier cosa. Recuerda que el diálogo interno negativo produce pensamientos negativos, y los pensamientos negativos acaban produciendo resultados negativos. Permanece atento a tus pensamientos, y cuando percibas que estos son de queja, páralos. Si estás en un atasco, no te quejes, busca algo positivo en lo que pensar. Si el dependiente de un establecimiento te atiende de malas maneras, sonríele, dale las gracias y deséale un buen día. Próximamente escribiré un artículo sobre los beneficios del lenguaje positivo.

9: Madruga. "A quien madruga Dios le ayuda", dice el refrán. Y es sabio. No importa que no creas en Dios, madrugar tiene sus efectos positivos. Prueba a poner el despertador cada día un minuto antes, durante los próximos cien días. Y salta de la cama en cuanto suene. Abre la ventana, estírate, saluda al nuevo día con energía. A medida que pasen los días, irás teniendo un tiempo que antes no tenías para hacer nuevas cosas antes de irte a trabajar, o a estudiar, o a hacer lo que tengas que hacer.

10: Escribe. Busca un momento tranquilo en el día (por ejemplo, si llevas a cabo la acción anterior, tendrás un tiempo precioso para escribir por las mañanas) y escribe cualquier cosa que se te pase por la cabeza. Puede ser un diario, puedes inventar una historia, puedes escribir sobre una película que viste ayer... Dedica a ello unos minutos cada día. Esto estimulará tu creatividad, tu capacidad de expresión, mejorará tu vocabulario, enriquecerá tu capacidad de análisis... Escribir tiene multitud de beneficios que ni sospechas.

Y hasta aquí el artículo de hoy. Próximamente continuaré con nuevas acciones que aportarán felicidad a tu vida. Empieza ya a poner en práctica las diez del artículo de hoy, y dentro de poco irás recogiendo los beneficios de la siembra. ¡Adelante!


lunes, diciembre 22, 2014

UNA VEZ AL DÍA


Todos queremos cambiar el mundo. Hables con quien hables, parece que nadie está demasiado contento con el mundo en el que vivimos. Y no es para menos. Sólo hay que mirar la gran desigualdad que hay entre el llamado primer mundo y el tercero, la cantidad de injusticias que se cometen en el mundo, el hambre, las guerras, la mediocridad de los políticos, y tantas cosas más, para echarse a llorar. A veces dan ganas de meterse en la cama y no salir. Pero... ¿realmente podemos cambiar el mundo? Bueno, no es sencillo. Pero lo podemos intentar. Y para ello hay que empezar por nosotros mismos. Si nosotros cambiamos, nuestro entorno cambiará. Probablemente nuestro entorno sea pequeño, no lleguemos a mucha gente. Pero si nuestro entorno cambia, ese entorno influirá sobre otro entorno. Y así, poco a poco...

Hace tiempo leí en Internet una propuesta muy interesante, de la que saqué algunas ideas. Se trata de una serie de acciones que podemos llevar a cabo diariamente, para ir, poco a poco, pasito a pasito, provocando una transformación en nosotros mismos. 

Se trata de, una vez al día, y durante un año entero, hacer las siguientes cosas:

1. Leer al menos una página al día. De esta manera, al final del año, habrás leído al menos un par de libros. ¿Que te parece poco? Pues adelante, lee más de una página. El caso es saborear el placer de la lectura, enriquecerse con buena literatura.

2. Hacer una foto al día. Esto ya requiere algo más de esfuerzo. Pero no tanto. Todos tenemos ya móviles que hacen fotos increíbles. Así que ni siquiera hay que molestarse por llevar una cámara encima. Párate, contempla lo que tienes alrededor, observa, piensa... y dispara. Al final del año tendrás una colección de imágenes que te darán una idea de dónde está tu punto de vista y cómo evoluciona.

3. Una buena acción al día. Busca la tuya. Hay miles de cosas que podemos hacer para facilitar la vida a los demás. Esto hará que salgamos de nosotros mismos y nos fijemos en qué es lo que necesitan los demás.

4. Una entrada en un blog. ¡Uf, esta ya es más complicada! Y lo digo por experiencia, escribir cuesta. Pero... ¿quién dijo que cambiar fuera fácil? ¡Algún esfuerzo habrá que hacer! Si no, seguiremos igual: quejándonos de lo mal que está el mundo pero sin hacer nada por cambiarlo. A base de pequeños esfuerzos, los que tendremos que hacer para llevar a cabo este repertorio de ideas, iremos educando nuestra voluntad. 

5. Desconectar de todo durante un rato, una vez al día. Ni Internet, ni radio, ni TV, ni teléfono... Tú mismo contigo mismo. Puedes meditar, puedes pensar, puedes hacer yoga, puedes rezar... Al menos durante cinco minutos. Cuando vuelvas al mundo todo lo verás de otra forma diferente. Especialmente cuando lleves haciendo esto muchos días.

6. Buscar una buena conversación con alguien. Tenemos nuestras cuentas de facebook y twitter llenas de amigos, llenas incluso de personas a las que no conocemos. Basta con preguntarle a alguien por su día, cómo le va, si tiene mucho trabajo, si está cansado, triste, alegre. En fin, buscar el contacto con los demás.

7. Un tweet con un hashtag propio, inventado para el momento. Estrújate el cerebro, intenta ser original. O no lo seas. Simplemente escribe, cuenta lo que te pasa, ríete, desahógate, escribe.

8. Vivir sin. Hay cientos de cosas de las que podemos desprendernos. Por ejemplo, la TV, que tanto contamina nuestras mentes. Pues... ¡adelante!

Y, si puedes con más, no te conformes con menos. ¡Adelante! Se está acabando 2014 y pronto empezará 2015. Podría ser este un buen propósito para enriquecer nuestras vidas, y las de los demás, en el nuevo año.

jueves, diciembre 11, 2014

VIVIR CON LOS OJOS ABIERTOS


¿Por qué me quedé callado aquél día, cuando quería gritar?
¿Por qué me rendí tan pronto, cuando aún me quedaban fuerzas?
¿Por qué pesó más hacer lo correcto, que hacer lo que realmente sentía?
¿Por qué fue más importante dar una buena imagen, que dar un buen abrazo?

Son algunas de las preguntas que se hace el protagonista del vídeo que presento a continuación. Jano Galán es un chico de 38 años, casado y con tres hijos. En mayo de 2012 le fue diagnosticada una terrible enfermedad: ELA. Sabe que va a morir pronto, y ha decidido vivir de verdad la vida que le quede. 



Son muchas las preguntas que surgen al ver este triste, pero a la vez alentador vídeo. Un vídeo que debería lanzarnos a la acción. Y es que a menudo nos pasamos el tiempo esperando a que ocurra algo para empezar a vivir. Esperamos a tener un buen trabajo para hacer esto o aquello; esperamos a tener mayor estabilidad emocional para decirle a esa persona que tanto nos gusta que queremos caminar con ella por la vida; esperamos a que otro nos diga te quiero para decírselo nosotros también; esperamos a  estar seguros de que vamos a ser correspondidos antes de decir a alguien "me gustas"; esperamos a tener mejor salud para empezar a hacer algún deporte; esperamos a tener más dinero para hacer aquel viaje soñado; esperamos a que las circunstancias sean más favorables para llevar a cabo aquel proyecto que tanto anhelamos. Y mientras esperamos, la vida pasa, y nunca nos ponemos en marcha porque siempre hay algo por lo que esperar, siempre encontramos la excusa perfecta para no dar el primer paso.

La vida es breve, pasa en un suspiro. Y puede llegar un día en el que ya no tengamos tiempo de hacer todas aquellas cosas que queríamos hacer. Llegará un día en el que miraremos atrás, y nos preguntaremos si vivimos como en realidad queríamos haber vivido, si llevamos a cabo nuestros sueños, si luchamos por aquello que de verdad nos importaba, si fuimos capaces de amar sin reservas, entregando el corazón sin miedo a salir heridos. Y llegará un momento en el que, si no hemos hecho todo eso, será ya tarde. Por eso hay que vivir ahora, con lo que tenemos, apostando fuerte por la vida, apostando por el amor, jugándonos todo a una sola carta, arriesgando, liberándonos de falsas ataduras, amando con mayúsculas, sin complejos, sin miedos, sin paracaídas. 

Podemos y debemos ser extraordinarios. No conformarnos con ser uno más, uno del montón. La vida es bella, y merece la pena ser vivida a lo grande. ¿Por qué conformarse con ser ave de corral, si podemos volar como águilas? La lección que nos da Jano es esa. Empezar a vivir ya, sin esperar más. Sin esperar a que pase algo. Sin esperar a que ya sea demasiado tarde. La vida empieza hoy, es ahora. No mañana, ni otro día. Hoy, aquí, ahora.

domingo, diciembre 07, 2014

AMISTAD

-¿Quién eres? -dijo el principito-. Eres muy lindo...
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-. ¡Estoy tan triste!...
-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-. No estoy domesticado.
(...)
-Pero si me domesticas (...) serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo...
(...)
-Si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros.
(...)
-Para mí el trigo es inútil. (...) Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo...
(...)
-Sólo se conocen las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!
(...)
-Pero yo le hice mi amigo, y ahora es único en el mundo.
(...)
-El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.
(...)
-Eres responsable para siempre de lo que has domesticado.

Son extractos, los anteriores, extraídos del pasaje de "El Principito" en el que el principito conoce al zorro, y este le cuenta cómo debe hacer para ganarse su amistad. Bello pasaje acerca de la amistad, lleno de delicadeza y sensibilidad. Pasaje que, cada vez que lo leo, me hace reflexionar acerca de la importancia de los amigos.

La amistad, hoy día, no es fácil de encontrar. Vivimos en un mundo que corre a toda velocidad, absorbido por las nuevas tecnologías, dominado por las máquinas, un mundo despersonalizado e informatizado, un mundo en el que la soledad hace estragos. En gran medida, las relaciones personales han sido sustituidas por las relaciones a través de las redes sociales, del whatsapp, del correo electrónico. Especialmente las grandes ciudades son agujeros negros que se tragan las relaciones de amistad, son lugares oscuros en los que todo el mundo corre hacia ningún sitio y nadie se detiene a tener una conversación pausada con su vecino a través de la cual descubrir puntos en común, son espacios en los que, paradójicamente, uno puede sentirse tremendamente solo aun estando rodeado de miles de personas. Vivimos a menudo relaciones totalmente despersonalizadas. Como se puede ver en la película "Her" (recomiendo verla a quien no lo haya hecho ya), en numerosas ocasiones la tecnología sustituye a los amigos. Y es una pena, porque, además, eso acaba dejando un gran vacío y mucha amargura en el corazón.

La amistad es algo que requiere tiempo, es algo que hay que cultivar, es algo que, si no se cuida, si no se alimenta, muere rápidamente. La amistad está relacionada con la calma y la quietud, con la perseverancia, por supuesto, con la generosidad. La amistad huye de las prisas, del apresuramiento, del bullicio, del caos. Una buena amistad hace más amable y más plena la vida, la tiñe de colores intensos, la hace, si se me permite la expresión, más "vivible".

Se puede construir una amistad a partir de unos intereses en común, a partir de afinidades ideológicas, a partir de sentimientos comunes... incluso, a veces, simplemente a partir de sentirse bien uno con otro, sin más motivo aparente que ese. Pero, como decía más arriba, la amistad, una vez que surge, hay que alimentarla y cuidarla, porque si no se agosta, se marchita, y al final acaba muriendo. Y si se cuida y se alimenta, se hace fuerte, se crean lazos indestructibles, y puede llegar a ser un potente antídoto contra la tristeza o la depresión. Puede surgir también, a través de la amistad, el amor, y dar paso a una relación de pareja indestructible, de firmes raíces que ni las más fuertes tempestades pueden arrancar.

Como decía más arriba, no es fácil hacer amigos, amigos de verdad, hoy día. Porque una cosa son esas personas con las que uno está un rato, simplemente para divertirse, y otra muy diferente son los amigos. Esas personas que están siempre, especialmente cuando más las necesitas. En los momentos buenos, en los malos, y en los regulares. Esas personas que, incluso sin que tú les digas nada, perciben tu estado de ánimo e intuyen que no estás pasando un buen momento. Esas personas por las que pondrías el mundo del revés simplemente por sacarles una sonrisa. 

Y como no es fácil hacer amigos, pues vivimos en el mundo de la superficialidad y el falso interés, merece la pena esforzarse por cuidar y alimentar esas relaciones iniciales que surgen con alguien que conoces un buen día, y que, con tiempo y dedicación, pueden convertirse en relaciones para siempre.

Invito a dedicar menos tiempo a las redes sociales, a Internet, a los "smart phones", y dedicar más tiempo a visitar a los amigos. Incluso sorpresivamente, sin motivo alguno, simplemente porque sí. Invito a dedicar tiempo de calidad a los amigos, a crear nuevas amistades, a desterrar la expresión "no tengo tiempo" como excusa para no salir de casa. ¿Cuántas cosas de las que hacemos habitualmente podemos sustituir por pasar un rato con un amigo? Al final, esos tiempos pasados con los amigos son los que van a llenar de calidad nuestras vidas, son los que alimentan nuestra alma y los que hacen brotar en nosotros verdaderos sentimientos de fraternidad. Creo que no exagero si afirmo que el mundo cambiaría para mejor si dedicáramos más tiempo a los amigos y menos tiempo a Internet o a la TV.

lunes, noviembre 10, 2014

CÁNDIDA


Después de casi un mes ausente, entretenido en otros menesteres, vuelvo a estas páginas, y lo hago con una película que he visto hoy mismo y que me ha conmovido profundamente. Es una película divertida, amable, tierna, humana, conmovedora, emotiva. No pasará a la historia del cine como una obra maestra, de hecho pasó por la cartelera más o menos desapercibida. Pero para mí es una gran lección de humanidad. Se trata de "Cándida", de Guillermo Fesser.

Cándida es un personaje real, es una mujer de 83 años (cuando protagonizó la película tenía 75), que trabajó como asistenta en casa de Guillermo Fesser, y que colaboró en el programa de radio de Gomaespuma. En 2006, Fesser cumplió la promesa que le había hecho de llevarla a la gran pantalla, y lo hizo con una película capaz de hacer pasar de la risa al llanto y del llanto a la risa con escenas de la vida cotidiana, con escenas sencillas que suceden todos los días en todos los barrios de cualquier ciudad. 
Cándida es una mujer sencilla, generosa, descomplicada, amable, divertida. Es una mujer capaz de hacerte reír contando las cosas más trágicas que le han ocurrido a lo largo de su vida, y a la vez te hace llorar contando las cosas más divertidas. 
Pero con lo que me quedo, lo que más me conmueve, es con su sencillez. Los seres humanos somos expertos en complicarnos la vida, en hacer difíciles las cosas que podrían ser fáciles simplemente viéndolas desde un punto de vista más humano. La vida de Cándida no es fácil, y sin embargo la afronta con una alegría envidiable. La sencillez y la naturalidad con la que afronta los problemas de la vida, muchos de ellos trágicos, hacen de ella una mujer digna de admiración. Es una mujer de condición humilde, analfabeta (aprendió a leer para aprenderse el guión de la película), de clase más bien baja, pero sin ningún complejo. Es el vivo ejemplo de que en este mundo todos somos iguales, independientemente de nuestra cultura, nuestra condición social, nuestro estatus, nuestro trabajo, etc. Para Cándida todos somos personas, y eso es lo único que importa. Cándida, ni mira a nadie por encima del hombro ni se siente inferior a nadie. Esa es su grandeza, y esa es una de las características que la hacen tan amable, tan tierna, tan amorosa. Es un ejemplo del que no nos vendría mal aprender un poco. Probablemente nuestras relaciones personales mejorarían mucho.

domingo, octubre 19, 2014

AMOR A UNO MISMO



El amor a uno mismo, o autoestima, es la base para poder querer a los demás. Difícilmente se puede querer a otros si no nos queremos primero nosotros. Algo que no hay que confundir con el egoísmo. De hecho, Cristo dijo "ama al prójimo como a ti mismo". Como a ti mismo. No más que a ti mismo, ni menos que a ti mismo. Y Buda también dijo algo parecido: "amarse a uno mismo es el primer paso del camino".
Y para amarse a uno mismo hay que empezar por reconocer los talentos, las virtudes, las cualidades que uno tiene. También hay que aprender a perdonarse a uno mismo, hay que concederse la capacidad de equivocarse, la capacidad de cometer errores. Hay que ser paciente y benigno con uno mismo. Si cada vez que cometemos un error nos autoflagelamos, es muy probable que después hagamos lo mismo con los demás. Además, no ser compasivos con nuestros propios errores es un claro síntoma de soberbia, de orgullo. O de una humildad mal entendida. El que no se concede la capacidad de equivocarse es porque piensa que debe ser perfecto. Y eso, además de no ser posible, no es bueno, ni siquiera es atractivo. Las personas atractivas son las que caen y se levantan, las que se equivocan, lo reconocen, se perdonan a sí mismas, piden perdón y continúan adelante. Las personas que saben amar a los demás han empezado por amarse a sí mismas.
La falta de amor a uno mismo, o lo que es lo mismo, la baja autoestima, no trae más que problemas, para el que la padece consigo mismo, y con los demás. Problemas de excesiva susceptibilidad, problemas de inseguridad, problemas de depresión...
Para quererse a si mismo hay que tener también respeto por uno mismo. Hay que aprender a decir que no cuando hay que decirlo, de forma asertiva, sin miedo a lo que puedan pensar o decir de nosotros. Hay que ser, además, consecuente con lo que uno piensa, y no dejarse llevar por corrientes de opinión si van contra nuestra forma de pensar (siempre, claro está, que nuestra forma de pensar esté fundamentada y sea fruto de una buena formación intelectual, ética, moral). Cuando uno no se respeta a si mismo, cuando uno vive a merced de donde le lleven los vientos, tampoco será capaz de respetar a los demás.
No hay que confundir amor a uno mismo con egoísmo, ni con narcisismo. Son cosas diferentes, no tienen nada que ver. La persona con una alta autoestima, con un buen concepto de sí mismo, difícilmente será una persona egoísta o narcisista. Al contrario, estos últimos, los egoístas, los vanidosos, serán normalmente personas apocadas y timoratas, con un bajo concepto de sí mismos. La persona capaz de quererse suele ser una persona generosa, expansiva, capaz de entregarse a los demás, comprensiva, compasiva, paciente con los errores de los demás.
Amarse a uno mismo es sinónimo de aceptarse, de escucharse, de, como ya he dicho, respetarse, de ser amable con uno mismo en cualquier situación. Y para ello hay que dedicar tiempo a conocerse, a saber qué talentos tiene uno, y qué carencias, qué debilidades, qué defectos. Pero sin centrarse nunca en estos últimos, sino más bien centrarse en potenciar nuestras virtudes, aquellas cosas que sabemos hacer bien y que pueden servir para querer a los demás. Nuestra forma de ofrecernos al mundo es a través de nuestros talentos, y, por tanto, es eso lo que debemos potenciar.
Algo también importante es saber agradecer los cumplidos, agradecer cuando alguien nos dice que hemos hecho algo bien. Huyamos, por tanto, de falsas modestias y de falsas humildades. Huyamos de frases como "bueno, no es para tanto", o "no es mérito mío", u otras parecidas, y cambiémoslas por un sincero agradecimiento.
El mundo necesita de muchas personas que se quieran a sí mismas, que tengan una rica autoestima. Son esas personas las únicas capaces de amar de verdad y, así, de cambiar nuestro mundo egoísta y hostil por otro donde reine la paz y la armonía.

sábado, octubre 11, 2014

EL SILENCIO



El silencio. Qué bello es, qué importante, y qué miedo da. Vivimos en un mundo en el que la gente, en general, huye de estar en silencio, a solas consigo misma. No hace mucho hablaba con una persona, y le contaba que yo apenas veo la televisión. Algún acontecimiento deportivo que otro, pero poco (o nada) más. También le decía que en agosto había estado solo en Madrid, y que no había encendido la televisón (ni la radio) ni un solo día. Aquella persona no daba crédito. Me miraba como si acabara de ver a un marciano. Pensaba que le tomaba el pelo, que exageraba, que era una forma de hablar. Y cuando se convenció de que yo no exageraba ni lo más mínimo, trataba de convencerme de las "bondades" de la televisión, al tiempo que me decía que en su casa la ponía simplemente para que hubiera algún sonido de fondo.

Si, cuando vamos por la calle, o en el metro, echamos un vistazo a nuestro alrededor, podremos ver que mucha gente va pegada a sus auriculares, o absorta en su pantalla de teléfono móvil. Ni siquiera en las iglesias, donde debería disfrutarse de un silencio sepulcral, nos libramos de estos aparatos. 

Si vamos al campo, vemos multitud de gente que va con sus equipos portátiles de música, generando una incómoda contaminación acústica.

¿Por qué la gente huye del silencio? La gente huye del silencio porque el silencio nos enfrenta a nosotros mismos, a nuestras miserias, a nuestras debilidades, a nuestro yo más íntimo. Y si seguimos profundizando, nos enfrenta al misterio de la muerte y de la eternidad. Y eso, en un mundo que va a toda velocidad, precisamente para huir de todo lo que suene a transcendental, da pánico. Pero es precisamente esa alocada huida, del silencio y por tanto de nosotros mismos, una de las causas que nos lleva al caos, al incremento, cada vez más alarmante, de todo tipo de trastornos como pueden ser la ansiedad, la depresión, neurosis varias, y múltiples enfermedades somáticas consecuencia de la incapacidad de las personas para lograr un estado de relajación mínimo.

Estoy convencido de que si aprendiéramos a estar en silencio, y dedicáramos cada día un tiempo a estar con nosotros mismos, alejados del mundanal ruido (nunca mejor dicho), ganaríamos en calidad de vida de forma asombrosa. Hay diversas formas de retirarse al silencio, como pueden ser la oración mental, la meditación, la práctica del yoga... Al principio resultará incómodo. Y es que la falta de práctica hace que el peor ruido no esté fuera, sino dentro de nosotros mismos. Cuando uno no está acostumbrado a estar en silencio, relajado, cuando uno va siempre corriendo y sin parar ni un segundo, genera dentro de sí un ruido interior muy incómodo, del que no es consciente. Y cuando decide parar, cuando decide alejarse del ruido externo, cuando decide empezar a disfrutar del silencio, entonces se pone de manifiesto todo ese ruido interior que nos impide relajarnos, que nos impide estar concentrados, que nos impide escucharnos a nosotros mismos. Pero, como todo en la vida, lograr el silencio interior es cuestión de práctica, de entrenamiento. Empezando por tan solo unos minutos, y, poco a poco, ir aumentando ese tiempo. Entonces empezaremos a disfrutar de los beneficios del silencio y de la relajación que trae consigo. Se duerme mejor, se piensa mejor, se toman mejores decisiones, se vive de forma más relajada... incluso mejora nuestra comunicación con los demás, y lo hacemos de forma más pausada y empática. ¿Por qué no probar? ¡Es gratis!

jueves, septiembre 25, 2014

¡NO PUEDO!



¿No puedes? ¿En serio que no puedes? ¿Lo has pensado bien? ¿Sí? Y después de pensarlo bien, ¿dices que no puedes? Entonces, permíteme que te diga, sin temor a equivocarme, que no, que no lo has pensado bien. O, simplemente, no has mirado a tu alrededor. Quizá después de leer este artículo, y, sobre todo, después de ver los vídeos que a continuación voy a compartir contigo, empieces a ver las cosas de otra manera. Quizá entonces empieces a pensar que sí puedes.

A menudo nos dejamos llevar por los prejuicios que tenemos sobre nosotros mismos, nos dejamos llevar por las circunstancias, por un ambiente negativo, por las influencias de nuestro entorno. Pero, sobre todo, nos dejamos engañar por nuestras creencias limitantes: no puedo, es muy difícil, nunca lo conseguiré, hay demasiada competencia, es demasiado tarde, soy muy mayor para empezar de nuevo, me voy a estrellar, voy a fracasar, no es fácil, me da miedo, qué van a pensar de mí, en mi familia me van a decir que estoy loco... Y por culpa de estas excusas, que nos las repetimos a nosotros mismos  una y otra vez hasta creer a pies juntillas que es así, no somos capaces de dar un sólo paso. Una vez leí una frase llena de sabiduría: tanto si crees que puedes, como si crees que no puedes, vas a tener razón. Si crees que puedes, lo vas a conseguir. Si crees que no puedes, ni si quiera lo vas a intentar, y, efectivamente, no vas a poder. 

Os dejo a continuación con Cristian Deppeler. No hacen falta presentaciones. Simplemente escúchale atentamente, y luego revisa de nuevo esas creencias limitantes que hay en tu interior.


¿Lo has visto ya? ¿Sigues pensando que no puedes? Si lo sigues pensando, por favor, ve a Facebook, entra en la página de Cristian, y cuéntaselo a él. Cuéntale cuál es tu proyecto, cuál es tu sueño, y a continuación dile que no puedes llevarlo a cabo. Y dale tus razones por las que realmente crees que no puedes llevarlo acabo. ¿Te atreves? ¿Imaginas su respuesta?

Lo más que puede pasar si silenciamos a esas voces que nos dicen "no puedes, vas a fracasar, no lo intentes", lo más que puede pasar si hacemos caso omiso de nuestras creencias limitantes y las sustituimos por otras más sanas (sí puedo, no hay nada imposible, lo voy a conseguir, nada me detendrá, lo difícil lo hacemos en el acto y lo imposible nos lleva sólo un poco más de tiempo, yo puedo con eso y mucho más, me voy a comer el mundo), lo más que puede pasar, decía, es que nos caigamos. Pero entonces... tenemos la capacidad de levantarnos. Una y mil veces. Un millón. Las que haga falta. Hasta lograr nuestro objetivo. Hasta alcanzar nuestros sueños. Y si no, pregúntale a Nick Vujicic. Te dejo con él. Puedes encontrar muchos más vídeos suyos en Internet. También a él puedes decirle que no puedes.


Ahora... no digas más que no puedes. Si te has caído, levántate y empieza a caminar. No digas nunca más no puedo. Porque puedes. ¡¡Claro que puedes!! Adelante...

viernes, septiembre 19, 2014

APRENDER A PEDIR


Una de las cosas que a veces tenemos que hacer en nuestras relaciones con los demás es pedir. Pedir cosas, pedir favores, pedir ayuda. Y aunque parece sencillo, a menudo resulta ser una fuente de conflictos. Muchas veces confundimos petición con exigencia, y eso ya es un mal comienzo. Otras veces formulamos mal nuestras peticiones, dando lugar a malentendidos. En ocasiones pedimos, pero sin estar dispuestos a aceptar un no como respuesta. A veces incluso no somos capaces de pedir lo que deseamos o lo que necesitamos, y lanzamos indirectas pensando que los demás las van a captar al vuelo, molestándonos después porque no es así. Otras veces ni siquiera nos atrevemos a pedir. O nos atrevemos a hacerlo con unas personas pero no con otras.

Pienso que si aprendiéramos a hacerlo, de manera sencilla y dejando claro cuáles son nuestras expectativas, nuestros deseos, nuestras necesidades, evitaríamos muchos conflictos y seríamos más felices. Para ello, hay que tener en cuenta cuatro factores a la hora de formular una petición. Parece fácil, como decía al principio, pero si lo pensamos a fondo, no lo debe ser tanto, porque no siempre lo hacemos así. Es más, si nos examinamos a fondo seguro que llegamos a la conclusión de que casi nunca lo hacemos así.

En primer lugar la petición ha de ir dirigida a alguien en concreto. No vale utilizar aquella técnica de Gila, "alguien ha matado a alguien...", eso de "habría que sacar la basura", o "alguien debería ir a por el pan, que yo no voy a poder". No, la petición ha de ir dirigida a alguien: "por favor, ¿podrías sacar la basura?".

En segundo lugar, la petición ha de ser algo concreto, claro, definido. Y no vale utilizar el dos por uno. O el x por uno. Ya que pido esto, aprovecho... No, las peticiones, para facilitar la convivencia, para facilitar al receptor la capacidad de gestionarlas, han de ser únicas, claras y concretas. Si no dejo claro lo que quiero pedir, lo que necesito, abro lugar a la confusión. "Mañana tengo que ir a este pueblo de las afueras de Madrid y se me ha estropeado el coche". Y si nuestro interlocutor no se ofrece a llevarnos, nos enfadamos. "¡Menudo egoísta, no tiene nada que hacer, y no quiere llevarme!" Pero... ¿estamos seguros de que el interlocutor ha entendido la frase como una petición? ¿No será más fácil dejarse de interpretaciones y formular claramente nuestro deseo de que nos lleven a ese lugar al que queremos ir? 

En tercer lugar, debemos expresar claramente para cuándo necesitamos aquello que estamos pidiendo, y cómo lo necesitamos. Imagínense que llamo a mi compañero de piso, que está haciendo gestiones por Madrid, y le pido que me traiga unas cosas. Pero no dejo claro para cuando las quiero. Por lo que mi compañero de piso me dice, "vale, sin problema, yo te las llevo". Y pasan las horas, y mi compañero no llega. Hasta que al final de la tarde aparece... "¡Menudas horas son estas! Ahora ya no lo necesito, ¿no podrías haberlo traído antes?" Y nuestro compañero de piso nos mira con cara de no entender nada, y si no nos tira las bolsas a la cabeza bastante paciencia tiene. Porque sí, le habíamos pedido que nos trajera unas cosas. Pero no le habíamos dicho para cuándo las queríamos, dejando por hecho que él entendería que las necesitábamos urgentemente. Pero la mala noticia es que la telepatía no existe, y nuestro compañero no fue capaz de leernos la mente.

Resumiendo, debemos dejar bien claro qué es lo que necesitamos, cuándo lo necesitamos, y cómo lo necesitamos. Y, una vez formulado, debemos asegurarnos de habernos explicado bien y de que nuestro interlocutor sabe perfectamente cómo satisfacer nuestra petición. Por otro lado, esto mismo lo podemos aplicar a cuando somos nosotros los receptores de una petición: enterarnos claramente de qué es lo que se nos pide, cómo debemos satisfacer la petición, y cuándo debemos hacerlo. Nunca dar nada por entendido, y, mucho menos, dejar lugar a la telepatía, porque, ya lo hemos dicho, no existe.

Por supuesto, cada vez que generamos una petición, debemos estar preparados para digerir el no como respuesta. Si no estamos dispuestos, lo que estamos formulando, en lugar de una petición, es una exigencia. Y eso rompe las reglas del juego de la convivencia. Siempre podemos, eso sí, establecer una negociación, intentando llegar a soluciones favorables para nosotros y para los receptores de nuestras peticiones.

Todo esto puede parecer una tontería, pero... seguro que si hacemos un repaso de ocasiones en las que hemos tenido que pedir algo encontramos alguna que otra en la que, por no haber elaborado bien la petición, se ha acabado generando un conflicto, una discusión, un malentendido. No es difícil, pero... no viene mal aprender este esquema y ponerlo en práctica. Seguro que mejora nuestras relaciones con los demás.

lunes, septiembre 08, 2014

VIVE COMO PIENSAS O ACABARÁS PENSANDO COMO VIVES



He escuchado o leído muchas veces la frase que ilustra mi artículo de hoy. Las primeras veces que la oí mencionar no entendía muy bien qué querían decir con ella. O... creo que más bien la entendía mal. ¿Se han parado a pensar alguna vez en la importancia de los acentos y de las tildes? Pues bien, cuando yo escuchaba aquella frase, la escuchaba poniendo en mi cabeza una tilde en la o del segundo "como". Y no entendía gran cosa. En fin, ha pasado mucho tiempo desde entonces, y ahora sí creo comprender el significado de la sentencia. Nunca he sabido a quién era atribuida, aunque hace unos días, preparando el presente artículo, leí en Internet que se le atribuía a Ghandi. En cualquier caso, es lo de menos. Lo importante es el significado y la sabiduría que encierra dicha máxima.

Todos hemos recibido de pequeños una educación, una educación que ha podido ser mejor o peor, pero que nos ha ayudado a transitar por la vida. Después, a medida que hemos ido creciendo, hemos ido haciendo nuestras las cosas que nos enseñaron. Evidentemente, habrá cosas más importantes que las habremos hecho completamente nuestras, y habrá habido otras cosas que habremos dejado de lado, ya sea porque no eran importantes, porque los tiempos cambian, o porque nuestra forma de ser y pensar se ha ido forjando y separando en algunos aspectos de la de nuestros padres y educadores. Pero poco a poco, entre la educación recibida, los estudios realizados, los libros leídos, las experiencias vividas, los fracasos aprendidos, hemos ido formando nuestra conciencia, creando nuestra propia forma de pensar, haciendo de nosotros, si lo hemos hecho bien, personas libres e independientes, con una personalidad determinada.

El problema viene cuando renunciamos a esa forma de pensar, a esos ideales que nos definen, a esa educación recibida y después trabajada hasta llegar a forjar una personalidad propia. El problema viene cuando traicionamos a nuestra conciencia, que ha sido trabajada a lo largo de los años, y nos guía -si está bien formada- a través de los avatares de la vida. Es cuando dejamos de vivir como pensábamos, y empezamos a pensar como vivimos. O sea, justificamos nuestras nuevas actitudes, cambiamos nuestra forma de pensar de siempre para adaptarla a nuestra nueva forma de hacer las cosas, de conducirnos por la vida. Esto suele ocurrir cuando en nuestra vida aparecen personas que piensan diferente a nosotros, y queremos "adaptarnos" a ellas, por las razones que fueren. 

Pero entonces es cuando nos resquebrajamos por dentro, cuando nos venimos abajo, cuando no entendemos nada, cuando perdemos el norte, la orientación, y perdemos las fuerzas y los recursos para navegar con éxito por las procelosas aguas de la vida. Cuando eso ocurre, cuando traicionamos a nuestros ideales, a nuestra forma de pensar, a nuestra conciencia, solemos tratar de justificarnos, de engañarnos a nosotros mismos diciendo que no, que en realidad no pensábamos así, que nuestra forma de pensar era arcaica y había que modernizarla, o que estábamos demasiado encorsetados por rígidas normas. Pero, en general, sabemos que no es así. Sabemos que lo hacemos, que nos traicionamos a nosotros mismos, para adaptarnos a la forma de pensar, como adelantaba más arriba, de determinados ambientes, para adaptarnos a determinadas personas, a determinadas formas de pensar o actuar, a determinadas parejas de un momento dado, a determinadas amistades. Y acabamos adoptando formas de pensar y actuar que sabemos son contrarias a lo que nosotros somos, pero que muchas veces son más "atractivas", más seductoras, más favorables a la corriente. Y es que, navegar a contracorriente, no es siempre fácil. Es más, casi nunca es fácil. Navegar, pensar, a contracorriente, requiere muchos sacrificios, exige renuncia, demanda fortaleza y unidad de vida.

Uno puede acallar su conciencia a base de traicionarla, de pensar al revés de como siempre había pensado, a base de justificar lo que sabe que no es justificable. Puede "aprender" a vivir de otra forma a como en realidad sabe que debe vivir. Pero entonces ocurre que vive incómodo. Es como si se acostumbrara a llevar unos zapatos o un vestido que no son de su talla. Esos zapatos, ese vestido, aprietan y no estamos cómodos. Y hasta que no lo reconozcamos, estaremos desorientados, viviremos en la confusión. Creo que es algo que todos hemos experimentado alguna vez, ya sea por temporadas más largas o más cortas. 

Es difícil, sí, vivir a contracorriente, pensar diferente a como lo hace la mayoría. Pero a veces es necesario. No pretendo decir que haya que ir por ahí siempre llevando la contraria a todo el mundo. Pero sí, a veces hay que tener criterios propios y hay que pensar y actuar diferente a como lo hace la mayoría. Y sí, es difícil mantener esos criterios. Pero la paz, la alegría, la felicidad que ello trae consigo bien merecen cualquier esfuerzo y cualquier sacrificio que tengamos que hacer. La recompensa siempre, SIEMPRE, está detrás del sacrificio. Tardará más o menos en llegar, pero llegará. Por eso merece la pena vivir como se piensa, haciendo caso a nuestra conciencia, y siendo valientes para pensar por libre.

lunes, septiembre 01, 2014

UN NUEVO CURSO, UNA NUEVA OPORTUNIDAD



Antes de comenzar a escribir he estado dudando sobre el contenido de mi artículo de hoy, y, por tanto, sobre qué título darle. Pensaba en hablar sobre los sueños, sobre cómo luchar por ellos, cómo hacerlos realidad. Pero finalmente he decidido posponer este tema. ¿El motivo de mi decisión? Esta mañana he asistido a la presentación de un curso de desarrollo personal sumamente interesante. Aún no estoy admitido en dicho curso, pero, si Dios quiere y me admiten, el día 15 de este mismo mes comenzaré a asistir a sus sesiones formativas. No hablaré ahora del contenido del mismo, esperaré a que sea una realidad. Pero, si finalmente soy admitido, estoy seguro de que dicho curso me va a proporcionar mucho material para escribir. De ahí que haya decidido aplazar para otro momento un artículo sobre los sueños.

Finalmente, pues, he querido hablar del nuevo curso. Que, visto de alguna manera, tiene algo que ver con los sueños por cumplir. Es muy común en las personas hacer propósitos de mejora. Y hay algunas fechas clave en las que muchos de nosotros nos ponemos a hacer propósitos como locos, a intentar mejorar nuestras vidas mediante el planteamiento de cambios, nuevos retos, etc. Una de esas épocas es la Navidad, el final de año, y otra es esta misma sobre la que hoy hablo, el final de las vacaciones, el comienzo de un nuevo curso.

Es este, sin duda, un momento para plantearse cosas. El verano ha quedado atrás (aún quedan 21 días, y, climatológicamente hablando, parece que se niega a abandonarnos; pero la mentalidad de casi todos es que el verano ha terminado), y atrás han quedado las vacaciones, la playa, el mar, los grandes viajes... Muy atrás quedó también el curso anterior, en el que a algunos les fue mejor, a otros peor, aspectos de nuestras vidas mejoraron y otros quedaron susceptibles de mejora... 

Llega el momento también, al menos para algunos, de las depresiones postvacacionales. Ese estado de depresión en el que muchos se sumen porque ha acabado lo bueno y de nuevo hay que madrugar, hay que pasar tiempo en la oficina, o en la fábrica, o en el hospital, o en el colegio... Sin embargo, esto es precisamente lo que hay que evitar, hundirse por lo bueno que se ha acabado. Porque... ¿es que lo que viene a partir de ahora no es bueno? Hay mucha gente que, aun queriéndolo, no puede trabajar. ¿Y hay quien se queja porque tiene que volver al trabajo? Bueno, no soy quién para juzgar a nadie, ni mucho menos las circunstancias personales de cada uno. Pero pienso que las cosas hay que tomarlas con optimismo, con una visión positiva de la vida. Debemos fijarnos en lo bueno, en lo que tenemos más que en lo que no tenemos, en lo que podemos alcanzar si ponemos en ello empeño y esfuerzo. Podemos dejar sorprendernos por las personas que tenemos a nuestro alrededor, podemos abrirnos un poco más a los demás, dejar que los demás nos transformen, nos ayuden, nos hagan mejores personas. Y, por otro lado, hacer lo mismo nosotros con los demás. Quizá no podemos hacer milagros. Pero sí podemos sonreír, sí podemos ser amables, sí podemos ser serviciales, sí podemos estar atentos a las necesidades de los demás... Y sí, podemos mirar a nuestro alrededor y descubrir un mundo maravilloso a pesar de todos sus defectos, un mundo que puede sorprendernos a cada paso que damos. Dentro de poco los árboles mudarán de color. Y eso, ¿no es maravilloso? Las más pequeñas cosas que ocurren a nuestro alrededor pueden hacernos felices. Pero para eso hay que tener los ojos abiertos (especialmente los del alma, pues como decía Antoine de Sain-Exupèry, en boca de su entrañable Principito, lo esencial es invisible a los ojos), y una mentalidad muy positiva. Sólo con eso, lograremos que el fin de las vacaciones y el principio del nuevo curso no sea un motivo de decepción y tristeza, sino un motivo de alegría por la posibilidad de empezar a vivir nuevas aventuras.

martes, agosto 26, 2014

VIDAS MONÓTONAS



Rogelio acaba de llegar del trabajo. Entra en casa, saluda con el rutinario saludo de siempre -ya estoy en casa cariño qué hay para cenar-, coge una cerveza de la nevera y se va al salón, donde, mecánicamente, enciende la televisión, coge el mando a distancia, se quita los zapatos, y se deja caer en el sofá.

En la cocina, Águeda prepara la cena mientras comenta consigo misma las noticias que escucha en la radio. Siempre las mismas noticias aburridas e insípidas. Cuando llega su marido le contesta con lo de siempre -hola amor huevos fritos con chistorra-, y continúa a lo suyo, comentando las noticias y pensando por qué a ella no le pasarán algún día alguna de esas aburridas cosas que cuentan en los noticiarios de la radio. Aunque, pensándolo bien, preferiría ser protagonista de algún episodio de Salsa Rosa.

Rogelio se ha ido hundiendo cada vez más en el sofá del salón, y ya no es su culo el que se apoya sino su espalda. Los pies los tiene encima de la mesa, y mira sin interés la televisión. Ya ha recorrido unas cuantas veces todos los canales. Pasa de uno a otro compulsivamente, y cuando llega al final vuelve hacia atrás. Así, una y otra vez.

Águeda ha entrado en el salón, y se ha sentado en una silla, más o menos en frente de Rogelio, más bien a un lado. Mira la televisión y mira a Rogelio. Después mira a Rogelio y mira la televisión. Rogelio no se ha percatado de su presencia, aunque ella lleva allí un rato, mirando alternativamente a la televisión y a su marido. Finalmente se cansa, y decide llamar su atención:

- Rogelio.

-Ah, ¿estás ahí, cariño? ¿Vamos a cenar ya?

- Rogelio, ¿no te has dado cuenta?

Rogelio la mira sin interés ninguno, sin modificar lo más mínimo la expresión de su cara, y con voz de orangután aburrido contesta:

- Ah, sí, te queda muy bien.

E inmediatamente vuelve la mirada a la televisión, donde en ese momento unos luchadores de sumo están a punto de iniciar un combate.

- ¡Rogelio! ¿En serio que no te has dado cuenta? -el tono de Águeda es ya un poco menos monótono, algo más... incrédulo. Rogelio vuelve a mirar a Águeda con la misma cara de interés de antes, o sea, ninguno, y con la misma voz de orangután aburrido de antes, vuelve a repetir:

- Sí, cariño, te queda muy bien.

Águeda se desespera.

-¡¡Rogelio!! ¡No es el pelo!

-¿Ah no?, responde Rogelio mirándola una vez más, con la misma cara de interés que las veces anteriores, y con el mismo tono de... sí, de orangután aburrido.

- ¡Rogelio, me he hecho un transplante de cara! -¿es que no te has dado cuenta?

En ese momento, uno de los luchadores de sumo ha echado al otro del tatami, y celebra la victoria efusivamente. Águeda se levanta de la silla, se dirige a la cocina, y con el mismo tono de siempre da por zanjada la conversación.

-Anda, vamos a cenar. Tú no tienes remedio.