lunes, julio 27, 2015

VOLVER A AMAR



Mi artículo de hoy podría no tener palabras. No al menos las mías. Bastaría con el vídeo que añadiré a continuación, un cortometraje que, en poco más de cinco minutos, dice muchísimo más de lo que yo pueda decir en líneas y líneas escritas.

El corto se llama "Bastille", es de la directora española Isabel Coixet, y pertenece a una película llamada "Paris je t'aime", que es una selección de 18 cortometrajes rodados por diferentes directores en diferentes barrios de París, y todos hablan, de diferentes maneras y desde diferentes puntos de vista, del amor.

Como no quiero adelantar nada de lo que en el vídeo ocurre, os dejo con él, y a continuación termino con algún comentario propio.


De tanto comportarse como un hombre enamorado, se volvió a enamorar. Esa frase es para mí el resumen perfecto del excelente corto de Coixet. Leo en los comentarios del vídeo en Youtube a personas que dicen que el vídeo no les ha gustado, porque piensan que para que te vuelvan a querer hay que enfermar. Pero no creo que ese sea el mensaje del corto. No creo, ni mucho menos, que ese fuera el mensaje que quería transmitir la directora cuando lo rodó. Evidentemente, no sabemos lo que ella tenía en la cabeza. Pero lo que a mí me dice es que, independientemente de que en este caso el detonante sea una enfermedad, siempre es posible volver a enamorarse. Y, sobre todo, siempre es posible volver a amar, porque amar, entre otras muchas cosas, no deja de ser un acto de la voluntad. 
Yo decido amarte en todas las circunstancias, sean estas buenas o malas, vengan días mejores o peores, estés más joven o más vieja, estés más guapa o menos guapa. 

Dicen que el amor se acaba... y puede ser. El amor se acaba si no se alimenta, si no se cuida, si no se riega a diario. El amor se acaba si uno no está decidido a tomárselo en serio, si uno no está decidido a hacer frente a las dificultades y a los momentos de aridez. El amor se acaba si, cuando vienen mal dadas, uno mira para otro lado en busca de una salida en lugar de mirar hacia dentro buscando la solución hasta encontrarla. Puede que el amor se acabe, pero pienso que tenemos las herramientas necesarias para evitar que se acabe. Siempre, claro está, que ese amor se haya edificado sobre cimientos sólidos. Hoy día, en esta cultura nuestra del bienestar y de lo fácil, de lo simple y del "aquítepilloaquítemato", es más fácil prescindir del amor cuando se acaba que ponerse el traje de faena para arreglarlo. Es más fácil buscarse otra, otro, que luchar por seguir adelante.

El mensaje del corto, para mí, está claro, y no hace falta que aparezca una enfermedad para ponerlo en práctica. Se trata, simplemente, de amar. Incluso en los momentos de aridez. Es más, precisamente es en esos momentos cuando de verdad se demuestra el amor. Cuando hay mariposas en el estómago, cuando todo va como la seda, es muy fácil. 

Termino con un pequeño cuento que vi hace poco por Internet, con un mensaje muy parecido.

"Un hombre fue a visitar a un sabio consejero, y le dijo que ya no quería a su esposa y que iba a separarse. El sabio lo escuchó, lo miró a los ojos y solamente dijo una palabra: -ámala-. Luego se calló.
Pero es que ya no siento nada por ella -replicó el hombre.
Ámala -reiteró el sabio.
Y ante el desconcierto del visitante, después de un oportuno silencio, el viejo sabio agregó lo siguiente:
Amar es una decisión, no un sentimiento. Amar es dedicación y entrega. Amar es un verbo, y el fruto de esa acción es el amor.
El amor es un ejercicio de jardinería: arranca lo que te hace daño, prepara el terreno, siembra, sé paciente, riega, procura y cuida. Está preparado, porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvias. Pero no por eso abandones tu jardín. 
Ama a tu pareja, es decir, acéptala, valórala, dale tu amor... y serás feliz."

Tras la tormenta del enamoramiento, eso que Ortega llamaba "estado de imbecilidad transitoria", llega la calma. Y ahí es donde empieza lo bueno. ¿Te atreves?

viernes, julio 24, 2015

VIVE AMANDO



Me escribe un lector, a raíz de mi último artículo, "Haz que las cosas sucedan", para plantearme una cuestión. Me pregunta, literalmente, "¿qué haces cuando te la pegas contra un muro? ¿Cuando apuestas por un amigo y te sale rana? ¿Cómo cerrar esas heridas? ¿Cómo recuperarte para no blindarte ante el resto? ¿Cómo creer otra vez en la amistad?" El artículo del que hablamos versaba sobre lo profesional, pero, como ya dije, todo lo que escribí es perfectamente extrapolable a las relaciones humanas. 

En primer lugar, quiero agradecer a Jorge, por su confianza a la hora de plantearme esas cuestiones. Y agradecerle también su contribución a este blog, que, como decía en mi último artículo, pretendo que sea de todos. 

Por otro lado, como ya le decía a Jorge en privado... ¡qué difícil es responder a esas preguntas! Preguntas que, seguro, todos nos hemos hecho alguna vez. Y es que la vida no viene con libro de instrucciones. Además, nadie dijo que fuera fácil vivir. Pero hay que hacerlo, y vivir la vida con las cartas que nos ha tocado jugar.

Pienso que la única manera de no blindarse ante los demás, la única forma de volver a confiar cuando alguien ha roto tu confianza, es... confiando. Suena extraño, suena a que estoy escurriendo el bulto, a que no quiero responder a preguntas tan comprometedoras. Pero, realmente, es la única forma posible que se me ocurre. A andar se aprende andando, a montar en bici se aprende montando, a amar se aprende amando, y a confiar se aprende confiando. Al fin y al cabo, la vida hay que vivirla en gerundio, no existe otra manera.

Pero vamos a intentar desenredar un poco más la madeja. Si alguien traiciona tu confianza, lo primero que debes hacer es perdonar. Puede resultar, especialmente en algunas ocasiones, tarea realmente ardua. Pero es el único camino. Lo cual no quiere decir que tengas que continuar la relación con esa persona. En ocasiones será posible, y en otras no. Si es posible, perfecto. Y si no lo es... si no lo es, despídete de esa persona, pero no sin antes perdonarla. El perdón libera al ofensor de su culpa, pero sobre todo libera al ofendido de la ofensa recibida. No cargues con algo que no es tuyo. No cargues con un fardo tan pesado, que, seguro, te va a impedir caminar ligero por la vida. Suéltalo, despréndete de él, y sigue adelante.

Decía más arriba que la única manera de seguir confiando es confiar. Y es que las personas que confían generan confianza. Puede que te encuentres por el camino con gente que traicione esa confianza, con gente que te haga daño, con gente que te rompa el corazón. Pero si, a pesar de eso, confías en las personas, serán muchísimas más las que te ofrecerán lo mejor de sí mismas, serán muchas más las personas que nunca traicionarán tu confianza, serán muchas más las personas en las que podrás confiar plenamente. Por tanto, si te traicionan, si te rompen el corazón, coge los pedacitos, pégalos, levántate y sigue caminando, sigue amando, sigue ofreciendo tu amor. Con esto no digo que haya que ir por la vida ofreciendo el corazón al mejor postor, no es eso. Pero tampoco lo encierres dentro de una coraza impenetrable porque una vez, o mil, te hicieron daño. Hay muchas personas ahí fuera que se merecen tu amor... y tú, sin duda, te mereces el amor de todas esas personas.

Le contaba a Jorge, y os lo cuento a vosotros, por si os sirve de algo, mi propia experiencia de vida. Yo de pequeño era un niño muy tímido, y eso fue aprovechado por muchos otros niños para hacerme daño. Se metían conmigo, me hacían la vida imposible. Yo sufría mucho, no entendía por qué yo no podía ser aceptado como los demás. Y aquello hacía que me fuera encerrando en mí mismo, hacía que me fuera creando una coraza para protegerme de los demás. Por culpa de aquellas experiencias aprendí que la gente era mala y había que protegerse de ella. Aprendí a esconderme, a no exponerme, a vivir en mi propio mundo. Yo no podía confiar en los demás (excepto en mi familia y otras pocas personas muy próximas), para mí la gente era sinónimo de dolor. Y así fui creciendo, y así fueron pasando los años. Pero claro, yo no era feliz. Hasta que un día, no muy lejano, por cierto, me decidí a romper el cascarón. No fue nada fácil, y aún hoy a veces me cuesta. Pero en cuanto decidí abrirme al mundo, empecé a recibir lo que yo daba multiplicado por infinito. Empecé a recibir amor incondicional, empecé a sentirme querido por personas muy diferentes a mí simplemente por ser quien yo soy. La satisfacción era -es- tan grande, que compensa con creces todo el dolor que pude sufrir a lo largo de mi vida. Hoy sé que quizá aparezcan personas que traicionen mi confianza; sé que tendré que sufrir, que me romperán de nuevo el corazón. Pero sé también que ser feliz en esta vida pasa por eso, por aceptar que ese dolor forma parte de ella, y que esconder el corazón tras una coraza no es, al menos para mí, una opción. No existe la vida sin dolor. Lo importante es lo que tú decidas hacer con ese dolor. 

Decía Tagore, "confía siempre en el amor, aunque a veces te traiga tristeza". Y así debe ser. Vive tu vida amando, amando con mayúsculas. Vive también arriesgando. Podrás perder a veces, pero ganarás mucho más. Es la única forma de vivir la vida en plenitud. Si lo haces así, las heridas restañarán pronto, y tu corazón estará siempre en plena forma para dar lo mejor de sí, para dar lo mejor de ti. Entrégate, y verás cómo recibes muchísimo más de lo que das. Merece la pena.

Me despido agradeciendo de nuevo vuestros comentarios, ya sean públicos o privados. Me ayudan a crecer, a alimentar este blog, a entender mejor la vida, que, al fin y al cabo, es sobre lo que escribo. Gracias.

lunes, julio 20, 2015

HAZ QUE LAS COSAS SUCEDAN



Mi artículo de hoy no tiene una estructura definida. Simplemente quiero hablar… de ponerle pasión a la vida. Pienso que es algo que escasea, y que a cambio abunda la mediocridad, el aburrimiento, las vidas planas y grises. Yo mismo caigo en ello a menudo. Y porque no quiero que me pase más, porque quiero vivir una vida plena y auténtica, reflexiono sobre ello y escribo al tiempo, sin orden, sin estructura, simplemente escribo. Por cierto, te doy permiso, a ti que me lees, a sacudirme, a zarandearme, si me ves caer de nuevo en el hoyo del pesimismo, en la sima de la mediocridad, en el pozo del abandono.

Todos los días escuchamos a personas que esconden la palabra conformismo detrás de la palabra realismo. Personas que tenían un sueño, y que acaban rindiéndose a lo que ellos llaman la realidad. Personas que anhelaban grandes metas, y acaban conformándose con un sueldo a final de mes y un horario estructurado. ¿Te pasa a ti? ¿Amas algo, alguna actividad, y no te dedicas a ello? Si es así, no le llames realismo. Deja de engañarte, y llámalo por su nombre: conformismo.

Si tienes un sueño, si hay algo que amas, lucha por ello, dedícale horas, esfuérzate, sacrifícate, pon todo tu empeño, toda tu ilusión, toda tu pasión, en sacarlo adelante. En este país ya hay demasiados funcionarios, ya hay demasiadas personas con trabajos fijos, ya hay muchas, demasiadas, personas que no viven enamoradas de lo que hacen. Demasiadas personas que no arriesgan, demasiadas personas que se han conformado, porque luchar por alcanzar su sueño requería demasiados esfuerzos. ¡Vamos a salir, tú yo yo, de ese círculo triste y gris! Vamos a ponerle un poco de gracia a la vida, un poco de pasión, un poco de locura. Sí, locura, ¿por qué no? Pienso que es la única forma de alcanzar la felicidad.

Algunos me diréis, "ya, pero yo necesito dinero para vivir, y esa actividad que tanto me gusta no me da dinero". Pues entonces, búscate un trabajo que te proporcione ese dinero... pero no abandones esa actividad que amas. En cuanto salgas del trabajo, dedícate a ella, échale horas, pon en ella toda tu pasión. Si te gusta escribir, escribe. Y si para ganar tu sustento escribir no es suficiente, busca ese dinero en otro lado, pero no dejes de escribir. ¡No te conformes! Antes o después acabarás viviendo de lo que escribes. Pero sólo lo conseguirás si pones en ello todo tu empeño, aunque cueste, aunque requiera sacrificios, aunque tengas que dormir menos. Vive enamorado de lo que haces, y acabarás ganándote la vida con ello. Y de la misma forma que hablo de escribir, hablo de otras actividades. Si te gusta la fotografía haz miles de fotos, si te gusta cocinar métete en la cocina y no salgas hasta alcanzar la excelencia, si te gusta cantar canta, si te gusta viajar estudia para ser guía y recorre el mundo de punta a punta. Pero, por favor, no te conformes.

Han salido, en lo que llevo de artículo, varias palabras a menudo consideradas tabúes. Otras no han salido, pero sobrevuelan el contexto. Sacrificio, esfuerzo, renuncia, entrega, dedicación... Pero, ¡ay!, vivimos en la cultura de lo fácil, del usar y tirar, de lo inmediato. En la cultura del pelotazo. La sociedad nos enseña a dejar de lado todo lo que requiere esfuerzo y dedicación. Si es difícil mejor no intentarlo, no vaya a ser que perdamos nuestro valioso tiempo con ello (mejor dedicar ese tiempo tan preciado a estar tirado en el sofá, frente al televisor, con el cerebro en modo off, viendo todo tipo de programas basura en los que unos y otros se tiran los trastos a la cabeza). Y tampoco merece la pena algo que requiera tiempo. Tiene que ser aquí y ahora, y si no, no me vale. Hemos borrado la palabra paciencia de nuestros diccionarios. Aprenda inglés en tres semanas; compre este alimento listo para comer en 3 minutos; utilice este método y la rubia del bar caerá en sus brazos en menos de lo que canta un gallo; con nuestro método de entrenamiento lucirá usted los músculos de Arnold Schwarzenegger en menos de un mes; adelgace rápidamente y sin esfuerzo con nuestras píldoras milagrosas... Y así podría extenderme hasta el infinito poniendo un ejemplo tras otro. Todo lo queremos rápido y sin esfuerzo. Y en cuanto deja de servirnos, lo tiramos y a otra cosa (ocurre también, por desgracia, con las relaciones humanas, especialmente las de pareja).

Vivimos también la cultura del aparentar, del vivir para satisfacer las expectativas que otros han puesto sobre nosotros, sin pararnos a pensar si eso es lo que realmente queremos para nosotros. Y, una vez más, utilizamos la palabra mágica para justificarlo: realismo. Realismo para escondernos dentro de nuestro caparazón, realismo para no salir de nuestra zona de confort, realismo para no arriesgarnos a sufrir, realismo porque no soportamos el dolor, porque no soportamos el esfuerzo, porque no soportamos la idea de poder fracasar. Pero el verdadero fracaso está en ocultar, como decía al principio, la palabra conformismo detrás de la palabra realismo. El verdadero fracaso está en no intentarlo, está en no arriesgar, está en no empezar a andar por miedo a caer. Si te caes, levántate, una y mil veces, pide ayuda, inténtalo de nuevo, una vez, y otra, hasta que lo consigas. Pero no te rindas. Y, sobre todo, no te rindas cuando ni siquiera lo has intentado.

Pon pasión a tu vida, deja de vivir la vida que los demás quieren para ti y vive la tuya, pero vívela con mayúsculas. Ríete hasta que te duela, enamórate, siente el placer de empaparte caminando bajo la lluvia, haz un viaje en coche, de muchos kilómetros, sin planificar nada, toma de la mano a alguien que quieres, di muchas veces te quiero, también a tus amigos, contempla muchos amaneceres, haz un regalo sin motivo, simplemente porque sí... ¡Vive! No te dejes seducir por la cultura de lo fácil, de lo inmediato, de lo mediocre. Saca la grandeza que llevas dentro, permítete brillar. Tú te lo mereces, y los que viven contigo se merecen tu brillo. Y recuerda que hay un tiempo para dejar que las cosas sucedan, pero hay otro para hacer que las cosas sucedan. Este es tu tiempo. ¡Haz que las cosas sucedan! Vive la vida, y no dejes que pase sin más.

Todo esto que escribo es también aplicable a las relaciones humanas. Pero para no alargarme más, hablaré de ello en otro artículo. Acabo este con un fragmento de un poema de Benedetti. Espero que te sirva para ponerte en marcha. Y, antes de despedirme, te pido tus comentarios. Con ellos este blog irá creciendo, y, poco a poco, conseguiremos que no sólo sea mío, sino también tuyo. ¿Me ayudas a crecer? ¡Gracias!

No te rindas
que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros
y destapar el cielo.

                                                                                             Mario benedetti.

¡Vamos juntos a destapar el cielo!

P.S.: Recomiendo de nuevo mi artículo "Sal con un valiente". Al fin y al cabo, el valiente del que hablo lucha por esta grandeza de vida.

jueves, julio 16, 2015

ÉCHAME UN POLVO. SIN COMPROMISO.



El otro día compartía cervezas y tintos de verano con unos amigos, matando el calor en una terraza de Madrid y disfrutando de otro calor diferente, el de la amistad. Los temas de conversación iban y venían, y entonces apareció uno que a menudo aparece, el sexo. Un tema apasionante, se mire como se mire. Y un tema polémico, según qué postura defiendas. Y aquella tarde había dos posturas definidas (no me refiero a ese tipo de posturas, no), la de los que defendían el sexo sin amor como una opción más, y la de los que, respetando esa opción, no la veíamos como algo viable. No al menos como algo que pudiera llenar nuestras vidas. Pero la discusión tenía más matices, que trataré de relatar a continuación, al tiempo que defino cuál es mi postura en este tema. 

No sé cómo empezó todo, pero imagino que alguien, en algún momento de la conversación, defendió el derecho de las mujeres a disfrutar del sexo sin ningún tipo de compromiso, como han podido hacer siempre los hombres. Hablaba, para defender dicha postura, de la igualdad entre hombre y mujer. Estaba en el aire, no sé si de manera implícita o explícita, la idea de que, en un pasado -no tan lejano, por cierto-, la mujer estaba reprimida sexualmente, y que la liberación sexual permitió que pudiera disfrutar de los mismos derechos que el hombre en dicha materia. Fue entonces cuando alguien, mujer para más señas, dijo que no estaba de acuerdo, que los hombres y las mujeres no son iguales. Igualdad de derechos sí, pero igualdad de sexos no, en el sentido de que somos diferentes, de que la sexualidad de la mujer y del hombre no es igual, y que un hombre bien puede irse a la cama con una mujer y follársela sin más -perdón si a alguien le molesta la expresión, pero creo que a veces se hace necesario expresarse sin pelos en la lengua para que todo se entienda mejor-, pero que una mujer no, una mujer necesita que ese sexo vaya ligado a una relación afectiva, necesita, por así decirlo, algo más. Yo me adherí a esta segunda postura. Y lo hice, simple y llanamente, porque creo que es así. Pero no sólo me adherí a esa postura, sino que dejé claro que yo no me meto en el saco de los hombres que pueden irse a la cama con una mujer y "si te he visto no me acuerdo". Yo también necesito que la sexualidad vaya ligada a la afectividad. Trataré a continuación, intentando no enrollarme demasiado, de explicar mi postura.

Efectivamente, considero que los hombres y las mujeres no somos iguales. Si hablamos de la sexualidad, el hombre es más básico, más primario, mientras que la sexualidad de la mujer es más compleja, por así decirlo. La mujer tiene unos ritmos más lentos, más pausados, necesita más tiempo para llegar al clímax. Pero no sólo eso. La mujer, en general -puede haber excepciones, no lo niego- necesita que esa sexualidad vaya ligada a una relación afectiva. Y si no es así, como decía mi amiga, se siente vacía, quizá hasta utilizada. El hombre, en cambio, como norma general -también hay excepciones, y yo me considero una de ellas- puede separar más fácilmente sexo de amor. De hecho, a menudo la mujer ni siquiera necesita sexo, lo que necesita es cariño, contacto físico pero sin llegar al coito, caricias, abrazos, sentirse querida, amada, valorada. Y cuando siente que el hombre va a lo que va, se siente vacía, incompleta, incomprendida.

Personalmente, no concibo el sexo sin amor. Y no es una cuestión ética ni moral. Es, más bien, una cuestión de sensibilidad. Para mí, el sexo sin amor, que es posible, eso no lo niego, no es una opción. Y no lo es porque me haría sentir vacío, me haría sentir solo, me sentiría... frustrado. Dicen por ahí que desde que el sexo se hizo fácil de conseguir, el amor se hizo más difícil de encontrar. Y pienso que es cierto. Para mí el sexo es la culminación del amor, es la entrega total entre dos cuerpos y dos almas, es la fusión absoluta entre dos seres que se aman. Y cuando se convierte en un mero intercambio de fluidos, entonces deja un poso amargo, deja un vacío, deja frustración y soledad. Hablo por mí, y respeto a todos aquellos que piensen diferente, a todos aquellos que conciban el sexo sin amor, que consideren que separar el sexo de la afectividad es una opción. Lo respeto, pero no entra dentro de mis esquemas.

El tema tiene muchos más matices, se puede extender a otros campos, y de hecho la discusión de aquella tarde lo hizo. Se habló de los errores de la liberación sexual, se habló de la "necesidad" de la mujer de masculinizarse para salir adelante en el mundo de la empresa (por desgracia concebido para que sean los hombres los que lo dominen), se habló de diversos temas, todos relacionados con esa, para mí, falsa igualdad entre hombre y mujer (igualdad de derechos sí, pero no igualdad de sexos, somos diferentes). Pero son temas que obviaré en mi artículo de hoy, para no alargarme demasiado.

Para mí, como decía anteriormente, la sexualidad, para ser plena, debe ir ligada a la afectividad. Pienso que es el culmen, y que para llegar a ello hay que dar antes otros pasos. Hay que conocerse, hay que entenderse, hay que comprenderse, hay que estar dispuestos a vivir una vida juntos haciendo frente a todos sus avatares, hay que, en definitiva, amarse. Y amarse, a ser posible, con mayúsculas. Lo cual requiere entrega, requiere sacrificio, requiere renuncia, requiere dosis importantes de valentía. Y enlazando con ello, con la valentía, y ya para despedirme, invito a mis lectores a leer un artículo que publiqué en este mismo blog, hace unos meses, llamado "Sal con un valiente". En él explico cuál es mi idea de amor. Aprovecho para matizar algo que no dije en aquel artículo. Para mí, lo de salir con un valiente, no es una opción. Quiero decir, no es, sal con un valiente si puedes, y si no confórmate con lo que encuentres. No, para mí es, sal con un valiente, sí o sí. Y si no lo encuentras, mejor quédate solo. Y si quieres saber cómo encontrar a un valiente (hombre o mujer), haz la siguiente reflexión: los valientes son personas capaces de renunciar, porque detrás de alguien que renuncia hay alguien que elige; y detrás de alguien que elige, hay alguien que arriesga; y detrás de alguien que arriesga hay una persona enamorada. El sexo sin compromiso no requiere de estar enamorado, no implica riesgo ninguno -salvo el de la transmisión de enfermedades, o el de quedarse embarazada, pero yo hablo, y creo que se me entiende, de otro tipo de riesgo-, y, para mí, no es una opción.

Gracias por leerme. Quede claro que no intento imponer ninguna postura, sino, simplemente, dejar clara la mía. No seré yo, ni muchísimo menos, quien juzgue a quien piense, y actúe, de manera diferente. Eso sí, por favor, si te vas a ir a la cama con un tío, con una tía, simplemente para pasar un rato... asegúrate de que no le vas a hacer daño. Asegúrate de que no te vas a hacer daño. Gracias.

lunes, julio 13, 2015

EL PODER DE UNA MIRADA



Dónde estoy, y qué me está pasando. Algunos, o muchos, de los que leáis este artículo no entenderéis esa frase con la que he comenzado, ni algunas de las cosas que escriba a continuación. Y es que hoy, de forma excepcional, escribo para un grupo de personas en particular. Para un grupo de personas muy especiales con las que, desde febrero, estoy compartiendo cosas muy grandes. No obstante, y aunque el artículo de hoy vaya especialmente dirigido a ellos, quiero hacerlo público, pues entiendo que las cosas que salen del corazón llegan al corazón, aun cuando no se entiendan del todo. Y lo que yo voy a hacer a continuación va a ser dejar hablar a mi corazón.

Este fin de semana ha sido muy especial para mí. Lo están siendo todos los fines de semana que tenemos clase, desde que empezamos allá por el mes de febrero. Y a medida que el curso avanza, mi amor y mi agradecimiento crecen de forma exponencial. Ya compartí esto con vosotros el mes pasado, en ese espacio tan bonito de "dónde estoy y qué me está pasando". Y hoy, como os decía en mi mensaje de buenos días a través del whatsapp, echo de menos ese espacio para compartir de nuevo mis sentimientos, mis vivencias del fin de semana. Por eso estoy aquí, escribiendo sin saber muy bien lo que escribo, dejando, como decía en la introducción, hablar a mi corazón. 

Quiero hablar sobre todo del domingo, de ese momento mágico en el que compartimos miradas, en el que dejamos que nuestras almas se comunicaran sin palabras. Al recordarlo, lo vuelvo a vivir, y de nuevo las lágrimas bañan mis ojos. Me resulta muy difícil, casi imposible, describir lo que ayer viví. Nunca había experimentado nada parecido. El poder de una mirada, es el título de mi artículo. Y es que es un poder tan grande, tan mágico... Esas miradas vuestras me decían tanto... Al principio yo me limitaba a recibir cada mirada al tiempo que regalaba la mía. Y sonreía. Y con ese intercambio de miradas notaba que de lo más profundo de mi ser salía algo que yo no dirigía, salía amor puro, salía comprensión, salía acogimiento, salía mi alma entera que se entregaba al alma que tenía enfrente. Y de vuelta recibía más, mucho más, de lo que yo sentía que daba. Poco a poco, mi sonrisa se fue transformando, se fue volviendo más pura... y se fue bañando en lágrimas. Lágrimas de alegría, lágrimas de amor, lágrimas de gratitud. Con todos y cada uno de vosotros sentía algo especial, pero lo más mágico de todo era que con cada uno sentía algo diferente. Cada uno me dabais vuestra esencia, y yo sentía con claridad esa esencia diferente de cada uno. De todos recibía amor, pero el amor que recibía a través de cada mirada era diferente según cada persona. Como decía antes, las almas se comunicaban solas, sin que yo tuviera que hacer otra cosa que ofrecer mi mirada, y, a través de ella, exponer y regalar mi ser interior. Llegué a sentir una comunicación muy profunda incluso con aquellos de vosotros con los que casi no había intercambiado palabras en estos meses. Y sentí que eso era real, era sincero, era auténtico. Y esto me dice que cuando las almas se comunican desde su profundidad, desaparece el ego, desaparecen las diferencias, desaparecen los odios que pueda haber (no es el caso entre nosotros), desaparece la timidez, desaparece la mentira, desaparecen los personajes, desaparecen las máscaras, desaparece todo aquello que, fuera del alma, muchas veces impide o dificulta la comunicación.

Todos estos sentimientos que ayer viví -y otros que no puedo comunicar con palabras- me abren más al mundo exterior, me hacen reflexionar sobre la necesidad que tenemos de comunicarnos de forma sincera, de abrir nuestros corazones al otro, al diferente, incluso al que nos cae mal. Esos sentimientos que viví me hablan de romper barreras, de derribar muros, de amar sin condiciones, me hablan de entrega, de generosidad, de Amor con mayúsculas.

El fin de semana me ha servido para conoceros mejor a muchos de vosotros. Y para incrementar en mí el deseo de conoceros aún más, de integraros en mi vida, de haceros parte de mis sueños, de mis anhelos, de mis ilusiones. Una parte también importante para mí, aunque parezca más terrenal -si se me permite usar esa expresión-, han sido esas horas de cañas y tintos de verano en la terraza de Paquito. Y es importante porque ahí también se intercambian muchas cosas sinceras y profundas. En medio de tanta risa y tanta broma, incluso de alguna que otra discusión, se establecen lazos que empiezan a ser de amistad, lazos que, si nos preocupamos de cuidar y alimentar, probablemente acabarán siendo indestructibles. Quizá alguno de los que me leáis podáis pensar que esto es pura ingenuidad, que el curso terminará y cada uno seguirá su camino, que todo esto quedará en un bonito recuerdo, incluso en algo que nos habrá enseñado muchas cosas y que nos permitirá vivir la vida con mayor plenitud, pero que los lazos creados se diluirán con la vida y poco a poco nos iremos olvidando unos de otros. Es algo que me ha pasado muy a menudo en la vida, y seguro que a vosotros también. Y porque me ha pasado, y me ha entristecido -me entristece aún más cuando comparto esa tristeza con personas que no la comprenden, y me dicen que "así es la vida"-, me niego a que me vuelva a pasar, me niego a que me pase con vosotros, me niego a que la vida "sea así", porque al fin y al cabo, el cómo sea la vida depende en gran parte de nosotros. Lo que estamos viviendo en este curso es demasiado grande como para dejarlo pasar. Y, por mi parte, haré lo posible porque esos lazos creados no se destruyan, sino que se sigan fortaleciendo con el tiempo. Os confieso que sueño con llevarme de este curso, a parte de otras muchas cosas, grandes amistades. Por eso os pido -y es algo que siempre me ha costado, pedir- que no dejéis vosotros tampoco que esto pase. No dejéis que el tiempo se lleve lo que estamos construyendo. Pongamos entre todos cimientos sólidos, para que perdure.

Ha salido antes una palabra muy importante para mí, la palabra amistad. Una palabra con la que no me gusta frivolizar. No voy a extenderme, pues es de algo de lo que me gustaría hablar en otro artículo, pero sí quiero esbozar algunas notas en torno a esa palabra. Como digo, no me gusta frivolizar con ella. Y es que muchas veces llamamos amistad a lo que no lo es, llamamos amistad a relaciones que, en realidad, son un tanto superficiales. Con algunos de vosotros empiezo a sentir que la relación que nos une no es en absoluto superficial. Y con otros, a los que aún no os conozco bien pero os voy conociendo, siento el deseo profundo de conoceros mejor. Y deseo que unos y otros acabéis formando parte de mi vida y os pueda llamar amigos, pase el tiempo que pase. El ejercicio de las miradas me transmitió muchas cosas de vosotros, mucha conexión, mucho amor, como decía más arriba. Ojalá en los meses que nos quedan esa conexión se vaya materializando en amistades sólidas, amistades para toda la vida. 

No quiero cerrar este artículo sin antes deciros que os veo, que os quiero, que me estáis dando muchísimo más de lo que os podáis imaginar, y que me tenéis a vuestra disposición para lo que podáis necesitar. No son palabras hueras, vacías, sin contenido. Son palabras que salen del corazón -al fin y al cabo dije al principio que iba a dejar hablar a mi corazón, y es lo que estoy haciendo-, son palabras sinceras, palabras llenas de amor y de gratitud. No tengo nada material que ofrecer, pero sí tengo para vosotros mi tiempo, mi compañía, mi capacidad de acogimiento, mi escucha, mi entrega, tengo para todos vosotros mi amor, tengo para todos vosotros todo lo que soy. Y os lo ofrezco de todo corazón. Sinceramente, disponed de mí, con total confianza para todo lo que me necesitéis. OS VEO, OS QUIERO. MUCHO. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS Y UN MILLÓN DE VECES GRACIAS.

domingo, mayo 17, 2015

WHERE I'M FROM


Llevo varias semanas alejado de este espacio, y es que, por circunstancias personales, no estoy teniendo demasiado tiempo para escribir. Pero sepan mis lectores que estoy aprovechando para tomar fuerzas y aparecer por aquí con mucha más frecuencia. 
De momento, hoy quiero compartir, con quien tenga ganas de leerme, algo que escribí este fin de semana en mi curso de coaching. No sé si en algún momento lo he mencionado, pero desde febrero estoy embarcado en la aventura de formarme como coach. Una aventura apasionante, de la que estoy disfrutando sin medida, y que espero dé a mi vida un giro importante. 
Y sin más preámbulos, os dejo con esto que escribí en clase. Se trata de un poema que habla de dónde vengo. Poema totalmente libre, sin ninguna pretensión artística. Escrito desde el corazón, simplemente. Ahí os lo dejo.

Yo soy de cenas en la cocina,
cenas de juegos, risas y bromas, llantos algunas veces.

Yo soy de una casa y un jardín al pie de la sierra del Guadarrama,
y de sus tormentas a la luz de las velas.
Soy de tardes enteras subido a una bicicleta,
soy de un magnolio y de un castaño, soy del queso de la tierra.

Yo soy de tardes de lectura
tirado en el suelo de una habitación de la Avenida de América,
soy de Los Cinco y de los Hollister, de Guillermo y de Tolkien
y de tantos otros.

Soy de John Wayne, de Tarzán y de la Mona Chita,
soy de la amistad de unos perros
que me daban lo que los amigos ausentes me quitaban.

Soy también de D. Eulogio y de su "a lo hecho pecho",
soy de D. Ramiro y las patillas, soy de un loco que me amamantó entre sus pechos.

Yo soy del baloncesto, del atletismo
y de los largos infinitos en la piscina;
soy de una ermita en medio del campo
y de las cuentas de un Rosario que al pasar
me conectan con el misterio de lo eterno.

Soy cientos de líneas escritas
huyendo del tedio del estudio,
y soy un montón de versos de amor en una playa,
versos dando vida a los amores no correspondidos.

Soy un alma libre, un alma solitaria,
un alma de recuerdos y de amigos,
de familia y de perros, de momentos y de puestas de sol.

Un alma que guarda todo eso,
amigos, recuerdos, padres, hermanos, abuelos, perros,
en un lugar escondido de su corazón,
en algún lugar recóndito y desconocido de su ser.

martes, abril 28, 2015

¿SABES ESCUCHAR?



Qué importante es saber escuchar para lograr una buena comunicación. Una buena escucha es, probablemente, el mejor indicador de la calidad de una relación. Gran parte de los problemas de convivencia que surgen entre los seres humanos es por falta de escucha. Y es que muchas veces pensamos que escuchar es guardar turno para hablar. Estamos esperando a que nuestro interlocutor termine para contar lo que nosotros queremos contar. Y mientras el otro habla, estamos elaborando nuestro discurso internamente. Guardamos silencio, miramos con atención y asentimos de vez en cuando con la cabeza. ¿Es eso escuchar? Nada tiene que ver. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

La escucha debe ser algo activo. De hecho, muchas veces es necesario hablar para lograr una buena escucha. Uno puede hablar para ser visto, para ser escuchado, pero uno también puede hablar para ver al otro, para escuchar, para asegurarse de que lo que está entendiendo es realmente lo que el otro quiere decir. Veamos algunos aspectos de la escucha. 

Antes de nada me gustaría introducir un concepto, que es el de "la brecha de la comunicación". La brecha es la distancia que existe entre lo que el emisor quiere decir, y lo que el receptor entiende. Cuanto mayor sea esa brecha mayores serán las probabilidades de crear malentendidos. Y, evidentemente, cuanto menor sea la brecha, mayores probabilidades habrá de alcanzar un buen entendimiento. La forma de reducir esa brecha es mediante una buena escucha.

Escuchar, como decía antes, no es guardar turno para hablar. Para escuchar tengo que salir de mi mundo y meterme en el mundo del otro. De esa manera transmito a mi interlocutor un mensaje muy importante: me importas, mereces la pena, te veo. 

Para escuchar, primero hay que valorar y respetar al otro. Si no, la escucha no es posible. Además, es necesaria una predisposición a la apertura. Para escuchar hacen falta buenas dosis de humildad. Acepto al otro como es, aunque no piense como yo. Doy valor a lo que dice, aunque yo no esté de acuerdo. No intento cambiar su forma de pensar por el hecho de que esa forma sea diferente a la mía. 

Una técnica de escucha puede ser la de verificar lo que yo he entendido cuando alguien me ha transmitido un mensaje. Una vez que el otro ha terminado de hablar, yo puedo preguntar: "entonces, lo que quieres decirme, lo que yo he entendido, es esto; ¿es así?". Esto da la oportunidad a mi interlocutor de reafirmar lo dicho, o de corregirme si no entendí bien. Esta verificación también la puede hacer el emisor. Una vez terminado su discurso, puede decirme, "¿podrías resumirme lo que te acabo de decir?". De esta manera nos aseguramos de que el receptor ha recibido correctamente lo que el emisor le quería transmitir.

Otra forma de escucha es la indagación. Según el emisor habla, el receptor le hace preguntas sobre aquello que está escuchando, con el fin de lograr un mayor entendimiento.

Por otro lado, podemos diferenciar distintos niveles de escucha: 

En el primer nivel encontraríamos la escucha semántica. Es decir, escucho las palabras que el otro me dice y no voy más allá.

Un paso más consistiría en escuchar las inquietudes. Intento comprender qué hay detrás de lo que el otro me dice, cuáles son sus inquietudes, qué le mueve a contarme lo que me está contando.

El siguiente nivel sería atender a la emoción que hay detrás de las palabras que estoy escuchando, y cuál es la corporalidad de mi interlocutor. Eso me da gran información de lo que está pasando, de cómo está el otro, de cómo se siente, de por qué me dice lo que me dice. Lo normal es que lenguaje, emoción y corporalidad vayan de la mano. Si lo que me está contando el otro es algo que le produce tristeza, su tono de voz será diferente que si la emoción subyacente es la alegría. Y la corporalidad será diferente en ambos casos. La tristeza suele ir acompañado de un cuerpo más bien recogido, y el cuerpo de la alegría es expansivo.

Un nivel más profundo sería la llamada escucha del bien. Desde este nivel coloco a mi interlocutor en el lado del bien. Es decir, llego a una comprensión absoluta, gracias a la cual puedo comprender las razones que llevan al otro a hablarme como me habla. Por ejemplo, si me está gritando, incluso si me falta al respeto o me insulta, puedo pensar que detrás de ello hay alguna razón poderosa que le lleva a comportarse de esa manera. Puedo "justificar" su comportamiento, y pensar que ha tenido un mal día, o que le ha sucedido algo que le hace estar fuera de sí. Puedo incluso pensar que yo a veces también me comporto así, aunque no me guste. 

Animo a mis lectores a reflexionar sobre esto, y a tratar de ponerlo en práctica (por supuesto, me animo también a mí mismo a llevarlo a cabo). 

Y, antes de despedirme, una última reflexión: detrás de la escucha está el amor. El amor genera confianza, y la confianza genera escucha. La escucha, como dije al principio, es una de las bases más importantes sobre la que se sostienen las relaciones. Y conseguir una buena capacidad de escucha es cuestión de entrenamiento, y de voluntad. A ello, pues.


viernes, abril 10, 2015

TE LO DIJE



¿Os suena esta expresión? ¿Y otras parecidas? "Te lo dije", "ya te lo decía yo", "¿lo ves, lo ves ahora?", etc. Seguro que son expresiones que habéis oído alguna vez. Quizá os las hayan dicho a vosotros, y seguro que se la habéis oído decir a alguien de vuestro entorno.

Nótese el tono irónico de mis afirmaciones. Porque no hace falta acudir a nuestro entorno para saber de la expresión "te lo dije". Todos la hemos dicho alguna vez, y a todos nos la han dicho alguna vez. Y si tú que me lees no la has utilizado nunca y no forma parte de tu jerga habitual... ¡¡¡enhorabuena!!! Porque son expresiones altamente corrosivas para la convivencia y que deberían ser eliminadas de nuestro lenguaje.

Si nos paramos a pensar un poco... ¿sirve realmente de algo decir a alguien "te lo dije" cuando se ha equivocado, cuando ha cometido algún error, cuando no ha hecho algo que se le había aconsejado que hiciera y como consecuencia de ello se ha sucedido algún accidente, alguna incomodidad, algún inconveniente? Si lo pensamos bien... ¡no sirve de nada! La expresión "te lo dije" no arregla absolutamente nada, y si algo se consigue con ella es encabronar al receptor de la misma, que bastante tiene con sufrir las consecuencias de su equivocación. 

Con la expresión "te lo dije" y otras parecidas, el emisor se pone por encima del receptor, se arroga una suerte de superioridad moral al tratar de hacer ver al otro que si hubiera seguido sus consejos el error no habría tenido lugar. Y, ¿de verdad es necesario esto? El error ya está cometido (si es que ha habido algún error), y un "te lo dije" no lo va a subsanar, y sí va a crear un clima, cuanto menos, incómodo.

Propongo lo siguiente para mejorar la convivencia y las relaciones. A veces, ya sea en pareja, ya en familia, ya en cualquier tipo de relación con personas, hay que tomar decisiones, y no todos en el grupo tienen la misma idea. Unos lo harían de una manera y otros de otra. O, en pareja, uno haría determinada cosa de una manera y el otro de la contraria, no habiendo solución intermedia. O es A, o es B. Lo que yo propongo es llegar a un acuerdo, tomar un determinado camino, el que sea, A o B. Y, una vez tomado ese camino, queda claro que todos en el grupo, o los dos en la pareja, lo han tomado. Si es A, la opción B desaparece. Pero desaparece de tal manera que es como si nunca se hubiera planteado. Independientemente de que al principio cada uno pensaba que se debía hacer de una forma determinada, una vez tomada la decisión ésta ya es de todos. Y, en el caso de que las cosas no salgan bien con la decisión tomada y se vea claro que si se hubiera tomado una de las alternativas descartadas (o la alternativa descartada en caso de una pareja), no valen los reproches, no valen los "te lo dije". Y no valen, porque la decisión fue ya tomada, y, una vez tomada, todas las alternativas iniciales ya no existen, sólo existe la alternativa elegida.

Ni que decir tiene, que si la decisión es de una sola persona, aunque se le aconseje que haga algo diferente a lo que va a hacer, incluso aunque esa persona haya pedido consejo y finalmente decida no seguir el consejo recibido, tampoco vale decirle "te lo dije" si se equivoca o la cosa sale mal. Bastante tiene esa persona, como decía al principio, con su error.

Esto evitaría muchas discusiones, muchos conflictos y no pocas humillaciones. ¿Te animas, entonces, a desterrar los "te lo dije" de tu lenguaje habitual? 

Motivo de otro artículo sería el tema de los consejos. Porque a veces somos expertos en darlos, aunque no se nos pidan. Y bien deberíamos callarnos, incluso viendo que la otra persona se va a estrellar con su decisión. A veces vendría bien que nos dejaran estrellarnos, pues suele ser una manera casi infalible de aprender. Pero esto, como digo, sería motivo de otro artículo.

lunes, abril 06, 2015

¿DE QUIÉN HABLAN NUESTROS JUICIOS?



Los juicios son declaraciones, posiciones que tomamos ante el mundo que nos rodea y ante nosotros mismos. Mediante los juicios calificamos lo que observamos (incluido a nosotros mismos), y nos convertimos así en un tipo determinado de observador, de persona que vive en el mundo. Y cuando emitimos un juicio, ¿de quién nos está hablando ese juicio? Los juicios no sólo hablan de lo que observamos, sino que, sobre todo, hablan del que los emite, es decir, nuestros juicios nos hablan de nosotros mismos. Veámoslo con algún ejemplo.

Si yo digo, "la vida es dura", ese juicio no está hablando de cómo es la vida, sino de cómo veo yo la vida. Por tanto, dicho juicio está hablando de cómo soy yo. Yo, con mi historia, con mis aprendizajes, con mi forma de comportarme ante la vida, soy el que interpreto que la vida es dura. Pero eso no significa que la vida sea dura, pues otra persona, con otra historia y otros aprendizajes, con otro bagaje de vida, podrá pensar que la vida es una danza y que nada tiene de dura. 

Si yo digo que Carlos es un incompetente porque no es capaz de hacer nada a derechas, dicho juicio vuelve a hablar de mí, de cómo veo yo a Carlos. Y en ningún momento está hablando de Carlos.

Si yo digo que los católicos son unos intolerantes y unos ignorantes, o que los judíos son unos usureros, dicho juicio no define en absoluto ni a los católicos ni a los judíos, pero sí dice mucho de cómo soy yo, de mis ideas, de mi forma de ver la vida... Incluso, como decía Nietzsche, esos juicios (y cualquier juicio que yo pueda emitir) revela mucho sobre las emociones desde las que emito dichos juicios.

Es importante tener esto en consideración, entre otras cosas, para dar validez o no a los juicios que otros emiten sobre nosotros. Quizá si muchas personas que nos conocen bien tienen el mismo juicio sobre nosotros respecto a algún determinado comportamiento, tendríamos que pensar qué puede haber de cierto en ello. Pero si es sólo una persona la que dice, por ejemplo, que mi comportamiento es demasiado peculiar, y el resto de las personas con las que me relaciono no tienen la misma opinión, podré pensar que en realidad mi comportamiento no tiene nada de peculiar, aunque a esa persona se lo parezca.

También es importante en relación a los juicios que tenemos de nosotros mismos. A veces pensamos algo de nosotros que no coincide en absoluto con lo que piensan los que nos conocen, las personas con las que convivimos. En no pocas ocasiones nos vemos a nosotros mismos de manera diferente a como nos ven los demás. Por eso no viene mal interesarse de vez en cuando en qué piensan los demás de nosotros, cómo nos ven (las personas que nos conocen bien, claro está). Porque muchas veces podemos estar teniendo un concepto infravalorado de nosotros mismos que no se ajusta demasiado con la realidad. O al revés.

Por supuesto, es fundamental esta idea a la hora de emitir nuestros juicios. Pensemos qué decimos, por qué lo decimos, a quién o a qué nos referimos cuando emitimos algún tipo de juicio.

Otra característica de los juicios es que tienden a confirmarse siempre. En el primer ejemplo que puse, si yo pienso que la vida es dura voy a comportarme de tal manera que, efectivamente, la vida va a ser dura para mí. Y además me voy a contar un montón de historias a mí mismo que confirmen dicho juicio. Pero esto ya es entrar en otro terreno, sobre el que se podría escribir otro artículo a parte. Lo que hoy me importaba señalar es que, "lo que Pedro dice de Juan, dice más de Pedro que de Juan". Piénsenlo...


miércoles, marzo 18, 2015

SAL CON UN VALIENTE



El otro día me encontré por la red, gracias a una amiga, con un artículo de un blog que hablaba de amor con mayúsculas. Un artículo que no reproduciré aquí, pero con el que me sentí plenamente identificado, y me llevó a escribir mi propio artículo, contando algo parecido pero con mis propias palabras.

Y es que vivimos en una sociedad en la que el amor para siempre está denostado, se ha convertido en una especie de utopía, cuando no en algo totalmente irreal, inalcanzable, y hasta ñoño. A cualquiera que hoy día le digas que crees en un amor para toda la vida te mira con ojos raros y te dice que sí, que como idea no está mal, es bonita... pero en absoluto realizable. Es cosa de cuentos de príncipes azules y hadas madrinas, te dirán.

Sin embargo, gracias a Dios, aún quedan valientes, y aquí enlazo con el artículo que leí el otro día. Aún quedan valientes (y "valientas", que diría la ministra) capaces de jugárselo todo por una persona. Aún quedan valientes capaces de arriesgar, de darlo todo por la persona amada y no mirar a otro lado, capaces de hacer una elección definitiva y luchar por ella hasta el final. Ese es el amor en el que creo. Un amor apasionado, un amor que no entiende de comodidades ni de medias tintas, un amor que lo da todo, en los momentos buenos pero sobre todo en los malos, un amor que se entrega sin condiciones aun sabiendo que habrá momentos de aridez y de desgana, que habrá baches y obstáculos en el camino, que tendrá que bregar y batirse en duelo con multitud de dificultades, que tendrá que sufrir a veces y reír otras, un amor auténtico, sin dobleces, sin excusas, sin tonterías.

El valiente del que hablo es un hombre (o una mujer, pero en este caso hablo de un hombre porque yo soy hombre) que pone a su mujer en lo más alto, en el centro del universo, y no tiene ojos para otras. Que no espera que venga algo mejor, porque aun sabiendo de la imperfección de su amada, conoce también la suya y la del mundo, y sabe que, dentro de esa imperfección, su amada es lo más valioso, aquello por lo que merece la pena luchar y hasta morir si es necesario. El valiente del que hablo es un hombre que cuando llegan los momentos malos se pone el traje de faena, aprieta los dientes y sigue adelante, consciente de que la tempestad pasará pero que mientras no pase la huida no es algo que entre dentro de sus planes. Este valiente no pone excusas, no desaparece cuando su amada más lo necesita, es fuerte y a la vez comprensivo, es recio y también dulce, es cariñoso, es fiel, es leal, sabe escuchar y está siempre que se le necesita. 

El valiente del que hablo es real, de carne y hueso. No ha salido de ninguna película ni de ninguna novela de ficción. Quizá queden pocos, quizá no esté de moda, quizá sea difícil encontrarlos. Pero existen. Yo conozco y he conocido algunos. Mi abuelo era uno de ellos, también lo es mi padre, y mi hermano, y tengo varios amigos que lo son. Y yo aspiro a ser uno de ellos. Para ello me han educado, en ello creo, para ello estoy preparado, y para ello estoy más que dispuesto. ¿Y tú?

viernes, marzo 13, 2015

G.K. CHESTERTON



G.K. Chesterton (para quien no lo conozca) fue un escritor inglés de finales del XIX y principios del XX. Nació en Londres el 29 de mayo de 1874, y murió en Beaconsfield el 14 de junio de 1936. Prolífico escritor y periodista, cultivó todos los géneros posibles, aunque destaca como novelista, ensayista y articulista. Gran maestro de la paradoja, gran polemista, trabajador incansable, todo lo que yo pueda decir aquí es poco. Recomiendo que lean sobre él, y, sobre todo, que le lean a él. El padre Brown es uno de sus personajes más conocidos, y numerosos fueron los relatos de Chesterton en los que este personaje es el protagonista. Obras como "Ortodoxia", "El hombre que fue jueves", o "La esfera y la cruz", por citar sólo algunas de sus muy numerosas obras, le encumbran entre los grandes escritores de la literatura universal.

Chesterton ingresó en la Iglesia Católica en 1922, después de un largo proceso intelectual. Desde entonces se convierte en un acérrimo defensor de su fe. Ya incluso antes de ser católico escribe defendiendo con ardor dicha fe, con su ensayo "Ortodoxia".

Gran aportación al mundo, además de su literatura, de G.K. Chesterton, es el llamado distributismo, desarrollado junto con su hermano Cecil y su gran amigo Hillaire Belloc. El distributismo es, podría decirse, una tercera vía económica, diferente al capitalismo y al socialismo, y basada en la Doctrina Social de la Iglesia. Chesterton pregona que la propiedad privada sobre los medios de producción debería estar lo más ampliamente distribuida entre la población. Es una vía mucho más justa, mucho más humana, que socialismo y capitalismo.

No es objeto de mi artículo agotar la vida de Chesterton, ni su obra, ni tampoco el distributismo. Únicamente pretendo esbozar unas líneas de aproximación a su figura y despertar el interés en quien no lo conozca. Quiero, además, presentar la iniciativa que un grupo de amigos venimos llevando a cabo desde hace dos años (este será el tercero), para homenajear al gran escritor. El pasado año, con motivo del aniversario de su fallecimiento, organizamos unas ponencias sobre la vida y obra del autor, ponencias que resultaron ser de una altísima calidad. Dejo a continuación el vídeo de las mismas, y emplazo a mis lectores a unirse a la celebración de este año, que tendrá lugar, D. m., el 13 de junio. Informaremos de ello convenientemente cuando se acerque la fecha.

Les dejo con el vídeo, que espero disfruten. La calidad técnica no es la mejor, por lo que ruego me disculpen, pero, como digo, la calidad de las ponencias es muy alta. Chesterton bien lo merece.


martes, marzo 03, 2015

DAR Y RECIBIR



Para recibir, antes hay que dar. Para ser amado primero hay que amar. Esto, que parece algo evidente, que parece una verdad de perogrullo, se nos olvida a menudo. Continuamente nos quejamos, en nuestras relaciones con nuestros semejantes, de no ser suficientemente considerados. Y cuando ello ocurre, cuando no nos sentimos queridos como creemos que deberían querernos, normalmente echamos balones fuera, nos ponemos la etiqueta de incomprendidos y nos metemos en la cómoda y confortable cueva del victimismo. Son los demás los que no hacen las cosas bien, son los demás los que deberían hacer más por nosotros, son los demás los que no se dan cuenta de lo que valemos. Son los demás. Siempre los demás.

Pero... ¿nos hemos preguntado qué hemos hecho nosotros por esas personas que, según nuestra propia percepción, no nos quieren nada, no nos aprecian nada, no nos valoran nada? A menudo esperamos a recibir para después dar. Esperamos a ser amados para amar nosotros. Esperamos a sentirnos apreciados para mostrar aprecio. Nos ocurre sobre todo en las relaciones de pareja (especialmente cuando la relación ya tiene un rodaje, pues al principio todo es de color de rosa), pero también en las relaciones con nuestros amigos, con nuestros familiares, en el trabajo, con los vecinos... Si no nos sonríen no sonreímos; si no nos saludan no saludamos; si no son amables con nosotros tampoco, nosotros  lo somos con ellos. Faltaría más.

¿Y si probáramos a hacer las cosas al revés de como normalmente las hacemos? ¿Y si probamos a sonreír al vecino que cada mañana nos "regala" su gesto mohíno y adusto? ¿Si probamos a dar los buenos días al conductor del autobús que va renegando del tráfico y ni siquiera nos mira cuando nos subimos? ¿Si probamos a decir "te quiero" a nuestra pareja incluso en esos días en los que "no hay quien le aguante"? Estoy seguro de que si comenzáramos a actuar así todo cambiaría a nuestro alrededor. Cambia tú, y cambiará el mundo. Es ese el orden correcto. No esperes a que las cosas cambien para cambiar tú, porque te quedarás sentado esperando. Hazlo al revés y verás los resultados. 

Cuando damos sin esperar nada a cambio recibimos mucho más de lo que nos imaginamos. Esto funciona como un bumerán. Si regalas sonrisas, antes o después volverán a ti. Si regalas "te quieros", los vas a tener de vuelta cuando menos lo esperes. Si eres amable serán amables contigo. Lo que des lo recibirás. Es la ley del amor, es así como funciona. Pruébalo y verás. ¿Te imaginas cómo cambiaría nuestro mundo si todos empezáramos a actuar así? Pues... ¿a qué estás esperando para empezar? ¡Mañana ya es tarde!

jueves, febrero 26, 2015

EL CÍRCULO DE INFLUENCIA



Todos tenemos un círculo de influencia y un círculo de preocupación. Empecemos por el segundo. Para ello, imagina un amplio círculo, en el que se encuentran todas las cosas que en un momento dado pueden preocuparte. La paz mundial, la situación económica en España o en Europa, el hambre en el mundo, la educación de tus hijos, tu trabajo, la salud de tus familiares, la contaminación, la marcha de tu equipo favorito de fútbol, si lloverá el fin de semana, quién ganará las próximas elecciones... Todo ello forma parte del círculo de preocupación.

Ahora imagina otro círculo más pequeño, dentro de ese círculo grande, y de todas esas cosas que te preocupan, mete en él sólo aquellas sobre las que puedes influir directamente: la educación de tus hijos, la relación con tu mujer o con tu marido, la clase que tienes que preparar para mañana, qué ropa te vas a poner para la boda del sábado, qué vas a hacer de cena esta noche... Este es el círculo de influencia. Es decir, ese círculo en el que están las cosas sobre las que realmente puedes influir, cosas en las que realmente merece la pena poner tu atención y dedicar tu tiempo y tus esfuerzos.

Ahora piensa... ¿qué ganas poniendo tu foco en cosas sobre las que no tienes control ninguno, en cosas que no vas a poder cambiar por mucho que te esfuerces, por mucho que te crispes y por mucho que discutas sobre ellas? ¿No será mejor centrar tu foco, y en consecuencia tus esfuerzos, en cosas sobre las que realmente puedes influir? 

Si gastas tus energías preocupándote por cosas que están fuera de tu círculo de influencia, fácilmente perderás la paz, estarás a menudo de mal humor, y, muy probablemente, crisparás a la gente que tienes a tu alrededor. 

No está mal que te preocupes por la paz en el mundo, o por el medio ambiente, y que hagas lo que esté en tu mano para contribuir a crear un mundo mejor. Pero lo verdaderamente útil es que te centres en las cosas sobre las que de verdad puedes cambiar, en las cosas que forman parte de tu círculo de influencia. Vivirás más tranquilo, tendrás más energía para afrontar los retos a los que debas enfrentarte, y crearás a tu alrededor un clima mucho más amable y amoroso. Incluso, poco a poco, es muy posible que vayas siendo capaz de ampliar tu círculo de influencia. En cambio, si andas preocupado todo el día por cosas que no tienes a tu alcance, perderás inútilmente tu energía, de manera que serás menos capaz de afrontar las cosas sobre las que sí puedes realmente influir. Y así, tu círculo de influencia se verá reducido poco a poco y tus nervios se crisparán cada vez más hasta acabar provocándote una úlcera de estómago. 

Por tanto, deja de gastar tantas energías en todas esas cosas que están lejos de tu alcance, céntrate en aquellas que puedes mejorar o cambiar, y verás cómo ganas en vitalidad y en paz interior. Tu salud te lo agradecerá.

lunes, febrero 16, 2015

DESENTONA CON TU SONRISA



Hoy es lunes. Y los lunes, para muchas personas, son días grises, días en los que ha quedado atrás el fin de semana y comienza una semana que se antoja larga y dura. El viernes está allá a lo lejos, no es posible divisarlo aún. Pero... ¿realmente tiene sentido vivir para el fin de semana?

El pasado viernes paseaba por la calle, y escuché la conversación entre un transportista y una barrendera. Aquél le decía a ésta que estaba contento porque era viernes y le quedaba poco para comenzar el fin de semana. Y la respuesta de ella fue contundente: "pues deberías estar contento también los lunes, porque tienes trabajo". ¡¡Qué razón tenía!! Nos quejamos porque es lunes, se ha acabado el fin de semana, y tenemos que volver al trabajo (bueno, por desgracia eso a mí no me ocurre actualmente, pues no tengo trabajo; no al menos un trabajo remunerado). ¡Y no nos damos cuenta de que tener trabajo es una bendición! ¿No será mejor darle la vuelta a la tortilla, dejar de vivir para el fin de semana, dar gracias por tener un trabajo, y acudir el lunes a la oficina, o a la fábrica, o al hospital, o allá donde nos toque trabajar, con una sonrisa de oreja a oreja? Y si no tenemos trabajo, como es mi caso... ¡también hay un montón de cosas por las que dar gracias! No sé tú, que me estás leyendo, pero yo no tengo más que mirar a mi alrededor para dar gracias por miles de cosas. Por ejemplo, por estos dedos que ahora mismo se mueven por el teclado escribiendo estas letras; o por la vista que me permite moverme por la vida sin ayuda de nadie; o por tener un techo bajo el que cobijarme y una cama confortable donde dormir cada noche. ¡¡Son tantos los que no tienen ni siquiera esas cosas tan básicas!!

Yo invito a mis lectores, y me invito a mí el primero, pues yo también me quejo demasiado, a dejar de quejarnos, a dejar de mirar lo negativo que hay a nuestro alrededor, y a fijarnos más en lo positivo, que es mucho. Y, como dice Mafalda, a ir por el mundo desentonando con una sonrisa desde primera hora de la mañana. Y si es lunes, con mayor razón.

A continuación, y ya que una imagen vale más que mil palabras, os dejo con un vídeo muy gráfico. Un vídeo que representa a una serie de personas que viajan en metro, con cara de lunes. Pero basta que uno de los viajeros se atreva a ser la nota discordante, para que todo cambie. ¿Por qué no probamos a hacer lo mismo? ¡El mundo tendría otro color! Os dejo con el vídeo:


lunes, febrero 02, 2015

EL SENTIDO DE LA VIDA


Seguramente habrán oído hablar, o habrán leído algo acerca de Viktor Frankl. Quizá hayan leído su libro más conocido, "El hombre en busca de sentido". Viktor Frankl fue un psiquiatra austriaco de origen judío, nacido en 1905 y fallecido en 1997. Es el padre de la Logoterapia, considerada la Tercera Escuela Vienesa de psicoterapia, después del Psicoanálisis de Freud y la Psicología Individual de Adler.

Viktor Frankl estuvo preso en diferentes campos de concentración nazis (Theresienstadt, Auschwitz, Kaufering y Türkheim, estos dos últimos dependientes del de Dachau). Sobrevivió al Holocausto nazi, no así su mujer ni sus padres, con los que había sido llevado al primer campo de concentración en 1942.

En la mencionada obra, "El hombre en busca de sentido", Frankl analiza la vida del prisionero en un campo de concentración desde el punto de vista de un psiquiatra. Y desde su propia perspectiva, contando cómo en no pocas ocasiones se vio tentado por la idea del suicidio, tales eran las condiciones de vida en aquel lugar. Sus vivencias, y las de sus compañeros de cautiverio, le sirvieron para obtener profundas reflexiones, reflexiones que le sirvieron después para confirmar y terminar de desarrollar su teoría de la Logoterapia.

Frankl sostiene que, incluso sometido a las condiciones más humillantes y extremas de deshumanización, el hombre es capaz de encontrar un sentido a su vida. Cada hombre, incluso bajo las condiciones más trágicas imaginables, es capaz de guardar la libertad interior que le permite decidir quién quiere ser. Una libertad interior que puede elevar a cada hombre muy por encima de su destino adverso. 

Y en esto, principalmente, se basa la Logoterapia; en encontrar el sentido de la vida. Un sentido que, como el psiquiatra vienés expone, no es abstracto, es decir, no hay un sentido universal de la vida, sino que a cada hombre en particular le está reservada una misión, un cometido a cumplir. La tarea de cada hombre es única, como única es la oportunidad que tiene para llevarla a cabo.

Frankl trataba de hacer ver a sus pacientes que no importa que no esperemos nada de la vida. Lo importante es lo que la vida espera de nosotros. La vida cuestiona al hombre constantemente, y éste responde de una única manera: respondiendo de su propia vida y con su propia vida. Y es desde la responsabilidad personal desde donde se puede responder a la vida. La esencia de la existencia, en palabras del propio Frankl, consiste en la capacidad del ser humano de responder con responsabilidad a las demandas que la vida le plantea en cada situación particular. Vivir significa, continúa Frankl, asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la existencia nos plantea, cumplir con la obligaciones que la vida nos asigna a cada uno en cada instante particular.

Era muy normal en los campos de concentración, donde las condiciones de vida eran paupérrimas, perder por completo el sentido de la vida. Sin embargo, siempre había una razón por la que seguir luchando por la supervivencia. La idea de reencontrarse con los seres queridos cuando acabara el cautiverio, o el poder continuar con un trabajo o una vocación profesional o personal, eran razones poderosas que animaban a los prisioneros a seguir adelante. Y eran las razones que esgrimía Frankl ante sí mismo y ante sus compañeros cuando los ánimos decaían. La salvación del hombre sólo es posible en el amor y a través del amor. E incluso no estando con la persona amada, es más, desconociendo si esa persona amada seguía viva o no, Frankl era capaz de encontrar consuelo pensando en ella. Y es que el amor trasciende la persona física del ser amado, y encuentra su sentido más profundo en el ser espiritual del otro, en su yo íntimo. El amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el ser humano. Es el único camino para llegar a lo más profundo de la personalidad humana.

Viktor Frankl habla también, como no puede ser de otra manera, del sufrimiento, y del sentido del mismo. En sí, el sufrimiento no tiene sentido, ni hace madurar al hombre. Es el hombre el que, con su actitud ante el sufrimiento, le da sentido. Y cuando el hombre es capaz de dar un sentido a su sufrimiento, éste, en cierto modo, deja de ser sufrimiento. En numerosas ocasiones son las circunstancias adversas las que otorgan al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo. Decía Dostoyevski que "sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos". Y también hablando de sufrimiento, Nietzsche decía que "todo lo que no me mata me hace más fuerte", y "el que tiene un por qué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo".

El hombre, por tanto, aun en las peores condiciones, incluso en los más crueles estados de tensión psíquica e indigencia física, es capaz de conservar un reducto interior de libertad que le permite decidir su destino. Se le puede arrebatar todo, excepto la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino, para decidir su propio camino.

Hoy día la palabra sufrimiento suele ser una palabra tabú. Se intenta huir de todo lo que signifique un mínimo de esfuerzo, un mínimo de conflictividad en nuestras vidas. Sin embargo, como explicaba Frankl, el sufrimiento no siempre es patológico, y no debería ser motivo de acudir al psiquiatra en tantas ocasiones como se hace. Nuestra sociedad occidental trata de vivir sin tensiones internas, cuando en realidad, cierto grado de tensión y conflictividad en nuestras vidas es necesario para lograr una salud psíquica razonable. El hombre no necesita vivir sin tensiones, sino más bien esforzarse y luchar por una meta o una misión que le merezca la pena. La preocupación, incluso la desesperación, por encontrarle un sentido a la vida, no es en modo alguno una enfermedad, sino que es una angustia espiritual. Las crisis existenciales generan ocasiones de desarrollo y crecimiento interior.

Decía Frankl que el vacío existencial es la neurosis colectiva más frecuente de nuestro tiempo. A menudo la gente acude al psiquiatra con sus problemas humanos, y no con síntomas realmente patológicos. Según el psiquiatra austriaco, muchas de esas personas, antiguamente acudían al rabino, al pastor o al sacerdote.

En conclusión, el hombre no está determinado ni condicionado, sean sus circunstancias las que sean. Tiene la capacidad de decidir si cede ante esas circunstancias, o se resiste a ellas. El hombre tiene la capacidad de no limitarse a existir, sino que puede decidir cómo será su existencia, en quién se convertirá en el minuto siguiente.

El hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero es también el ser que entró en esas cámaras con la cabeza bien alta y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios.


viernes, enero 23, 2015

LENGUAJE POSITIVO



Nos pasamos media vida quejándonos por todo lo que nos rodea. Nos quejamos del atasco en el que estamos, nos quejamos por la cola del supermercado, nos quejamos porque no nos gusta el trabajo que hacemos, nos quejamos porque el vecino no nos da los buenos días, nos quejamos porque llueve, nos quejamos porque lleva mucho tiempo sin llover, nos quejemos porque hace frío, nos quejamos porque hace calor, nos quejamos porque nos pica la planta del pie o la punta de la nariz, nos quejamos porque nos salió mal la comida, nos quejamos porque nos invitaron a una fiesta a la que no nos apetece ir... Podría seguir rellenando líneas y líneas hablando de miles de cosas por las que nos quejamos a diario. ¿Y qué ganamos con ello? Absolutamente nada. Sólo conseguimos amargarnos a nosotros mismos y amargar a los que conviven con nosotros. ¿Por qué no cambiar entonces el chip? ¿Por qué, en lugar de centrarnos en todo aquello que nos molesta, no nos centramos en ser agradecidos con todo lo bueno que tenemos, que es mucho? ¿Y por qué, en lugar de utilizar un lenguaje negativo, no empezamos a hablar en positivo? Si fuéramos conscientes de los milagros que el lenguaje puede hacer en nosotros, rápidamente comenzaríamos a esforzarnos para cambiarlo.

Y es que, lo crean o no, el lenguaje produce cambios en el cerebro. Un lenguaje positivo puede incluso alargar la vida. El lenguaje influye, además, en nuestra manera de pensar. Si mandamos a nuestro cerebro mensajes positivos, este responderá de manera diferente a si los estímulos que le mandamos son negativos. 

A finales de los años 80, científicos de la Universidad de Kentucky iniciaron un estudio con 678 monjas de diferentes conventos. Además de analizar diversos escritos suyos, las sometieron durante un período de dos años a diferentes pruebas físicas e intelectuales, y se las dividió en grupos según la abundancia de términos positivos o negativos hallados en sus escritos. No me extenderé a la hora de analizar los resultados del experimento, pero sí destacaré algunos hallazgos de los científicos encargados de llevarlo a cabo.

Por un lado, las monjas que eran capaces de elaborar más pensamientos con mayor economía lingüística, o mostraban mayor riqueza de vocabulario, demostraban menos propensión a desarrollar enfermedades de tipo Alzheimer o demencia senil.

Por otro lado, las monjas que utilizaban más términos positivos a la hora de expresarse, vivían entre 7 y diez años más que el resto.

El 54% del grupo más alegre seguían vivas a los 94 años, mientras que sólo sobrevivían el 11% del grupo menos alegre.

En definitiva, las monjas más longevas eran las que sonreían más, las que eran más acogedoras, las que tenían más curiosidad por aprender cosas nuevas, las que regalaban mucho (sin motivo alguno), las que tenían menos prejuicios, las que tenían un brillo especial en la mirada y eran capaces de reírse de sí mismas, y las que utilizaban más términos positivos a la hora de expresarse. Al parecer, este último indicador era el más importante de los analizados.

No siendo este estudio aún totalmente concluyente, sí podemos sacar algunas conclusiones. Y es que parece que las personas felices, por un lado tienden a ser menos propensas a desarrollar la enfermedad de Alhzeimer, y por otro, tienden a ser más longevas que las personas tristes.

Visto lo visto, ¿no es mejor vivir en el agradecimiento que en la queja? Como decía más arriba, nuestro lenguaje influye en nuestro cerebro y en la manera de comportarnos. Dicho de otra manera, si nos acostumbramos a utilizar un lenguaje rico y positivo, nuestras probabilidades de llevar una vida feliz serán bastante más grandes que si nuestro lenguaje es pobre y quejumbroso. Y si llevamos una vida feliz, tenemos más probabilidades de vivir más tiempo y con mayor calidad de vida. ¿Por qué no probarlo? No hay nada que perder, y sí mucho que ganar. Cuanto menos, conseguiremos crear un clima mucho más positivo con nosotros mismos y con los que tenemos alrededor.

martes, enero 20, 2015

EL SECRETO DE LA FELICIDAD



Ayer vi una película, "Héctor y el secreto de la felicidad", que además de entretenerme, emocionarme, divertirme y gustarme mucho, me hizo reflexionar. Y es que muchas veces buscamos la felicidad donde no está, y nos desesperamos porque no la encontramos.

Héctor es un psiquiatra con una vida perfecta. Una novia perfecta, un trabajo perfecto, una casa perfecta... Todo es ordenado y predecible en la vida de Héctor y Clara, su novia. Todo es perfecto... y sin embargo Héctor no es feliz. La rutina diaria le impide darse cuenta de ello, pero los pacientes de su consulta le desquician cada vez más. No se da cuenta de que con quien realmente está enfadado es consigo mismo, que lo que no aguanta es su vida rutinaria, monótona, aburrida, egoísta, desprovista de cualquier aliciente que la haga al menos un tanto divertida. Y así, llega un momento en que ya no puede aguantar más, y decide emprender un viaje en busca de qué es aquello que a la gente le hace feliz. Esa es la excusa. Lo que en realidad busca es la manera de alcanzar su propia felicidad.

La búsqueda del secreto de la felicidad lleva a Héctor al lejano oriente, donde, de la mano de un magnate de las finanzas del que se hace "amigo" en el avión, descubre lo que podríamos llamar el lujo asiático. Y acaba llegando a la conclusión de que la felicidad no está en las riquezas, ni en el lujo, ni en el placer. Así que decide continuar su viaje, decide proseguir su investigación con la esperanza de encontrar ese tan ansiado secreto que le saque de su amargura y su aburrimiento.

En África Héctor se ve obligado a convivir con el miedo, y viendo cercana la muerte empieza a valorar algunas cosas de las que antes ni se percataba. También conoce a una serie de personas que viven con lo más básico, y que a pesar de todo parecen muy felices. Sin embargo, y a pesar de sus nuevos descubrimientos, aún le queda mucho camino por recorrer.

Ya en EEUU va a encontrarse con una antigua novia de universidad que acaba poniéndole los puntos sobre las íes. Agnes -así se llama ella- le desnuda -metafóricamente hablando- de arriba a abajo, y le hace ver que, ya desde la relación que mantuvieron en su juventud, Héctor no es capaz de mirar más allá de su propio ombligo. Agnes ha evolucionado, ha rehecho su vida después de su relación con Héctor, pero Héctor se ha mantenido anclado en el pasado, no ha sido capaz de pasar página, no ha madurado, y lo único que ha hecho ha sido cambiar a una mujer por otra para así continuar cometiendo los mismos errores de siempre, para así continuar viviendo con su miedo al compromiso, para así seguir siendo el mismo hombre mediocre, egoísta y timorato, incapaz de ser feliz.

Lo que sigue no lo desvelaré, para no destripar la película, aún más de lo que ya lo he hecho. Me limitaré a terminar mi artículo con una serie de reflexiones personales acerca de la felicidad. 

Y es que, como la película de Peter Chelsom nos hace ver, y como ya he mencionado más arriba, la felicidad no está en el dinero, no está en el lujo, no está en el placer. La felicidad sólo se puede encontrar cuando uno se despoja de sí mismo y decide dar un paso hacia los demás. Las puertas de la felicidad se abren hacia afuera, y no hacia adentro. La felicidad está en el dar, está en el compartir, está en la escucha y en la generosidad, está en el saber ponerse en el lugar del otro, está en el vivir pendiente de las necesidades de los demás. 

La felicidad no está tampoco en la perfección ni en lo predecible. Héctor y Clara llevaban una vida aparentemente perfecta, todo estaba en su sitio. Pero no eran felices. Se dice que lo perfecto es enemigo de lo bueno. Y yo creo, además, que la perfección es también enemiga de la felicidad. Una vida, para ser plena, ha de ser imperfecta, ha de tener errores que puedan ser convertidos en aprendizajes, ha de ser sometida a lo impredecible y al cambio. Ha de tener un mínimo de riesgo, de aventura, un toque de locura sana. La vida ha de ser vivida y ha de ser gastada. Si uno se limita a verla pasar, no puede ser feliz. Como decía la Madre Teresa de Calcuta, "la vida es aventura, vívela".