martes, abril 28, 2015

¿SABES ESCUCHAR?



Qué importante es saber escuchar para lograr una buena comunicación. Una buena escucha es, probablemente, el mejor indicador de la calidad de una relación. Gran parte de los problemas de convivencia que surgen entre los seres humanos es por falta de escucha. Y es que muchas veces pensamos que escuchar es guardar turno para hablar. Estamos esperando a que nuestro interlocutor termine para contar lo que nosotros queremos contar. Y mientras el otro habla, estamos elaborando nuestro discurso internamente. Guardamos silencio, miramos con atención y asentimos de vez en cuando con la cabeza. ¿Es eso escuchar? Nada tiene que ver. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

La escucha debe ser algo activo. De hecho, muchas veces es necesario hablar para lograr una buena escucha. Uno puede hablar para ser visto, para ser escuchado, pero uno también puede hablar para ver al otro, para escuchar, para asegurarse de que lo que está entendiendo es realmente lo que el otro quiere decir. Veamos algunos aspectos de la escucha. 

Antes de nada me gustaría introducir un concepto, que es el de "la brecha de la comunicación". La brecha es la distancia que existe entre lo que el emisor quiere decir, y lo que el receptor entiende. Cuanto mayor sea esa brecha mayores serán las probabilidades de crear malentendidos. Y, evidentemente, cuanto menor sea la brecha, mayores probabilidades habrá de alcanzar un buen entendimiento. La forma de reducir esa brecha es mediante una buena escucha.

Escuchar, como decía antes, no es guardar turno para hablar. Para escuchar tengo que salir de mi mundo y meterme en el mundo del otro. De esa manera transmito a mi interlocutor un mensaje muy importante: me importas, mereces la pena, te veo. 

Para escuchar, primero hay que valorar y respetar al otro. Si no, la escucha no es posible. Además, es necesaria una predisposición a la apertura. Para escuchar hacen falta buenas dosis de humildad. Acepto al otro como es, aunque no piense como yo. Doy valor a lo que dice, aunque yo no esté de acuerdo. No intento cambiar su forma de pensar por el hecho de que esa forma sea diferente a la mía. 

Una técnica de escucha puede ser la de verificar lo que yo he entendido cuando alguien me ha transmitido un mensaje. Una vez que el otro ha terminado de hablar, yo puedo preguntar: "entonces, lo que quieres decirme, lo que yo he entendido, es esto; ¿es así?". Esto da la oportunidad a mi interlocutor de reafirmar lo dicho, o de corregirme si no entendí bien. Esta verificación también la puede hacer el emisor. Una vez terminado su discurso, puede decirme, "¿podrías resumirme lo que te acabo de decir?". De esta manera nos aseguramos de que el receptor ha recibido correctamente lo que el emisor le quería transmitir.

Otra forma de escucha es la indagación. Según el emisor habla, el receptor le hace preguntas sobre aquello que está escuchando, con el fin de lograr un mayor entendimiento.

Por otro lado, podemos diferenciar distintos niveles de escucha: 

En el primer nivel encontraríamos la escucha semántica. Es decir, escucho las palabras que el otro me dice y no voy más allá.

Un paso más consistiría en escuchar las inquietudes. Intento comprender qué hay detrás de lo que el otro me dice, cuáles son sus inquietudes, qué le mueve a contarme lo que me está contando.

El siguiente nivel sería atender a la emoción que hay detrás de las palabras que estoy escuchando, y cuál es la corporalidad de mi interlocutor. Eso me da gran información de lo que está pasando, de cómo está el otro, de cómo se siente, de por qué me dice lo que me dice. Lo normal es que lenguaje, emoción y corporalidad vayan de la mano. Si lo que me está contando el otro es algo que le produce tristeza, su tono de voz será diferente que si la emoción subyacente es la alegría. Y la corporalidad será diferente en ambos casos. La tristeza suele ir acompañado de un cuerpo más bien recogido, y el cuerpo de la alegría es expansivo.

Un nivel más profundo sería la llamada escucha del bien. Desde este nivel coloco a mi interlocutor en el lado del bien. Es decir, llego a una comprensión absoluta, gracias a la cual puedo comprender las razones que llevan al otro a hablarme como me habla. Por ejemplo, si me está gritando, incluso si me falta al respeto o me insulta, puedo pensar que detrás de ello hay alguna razón poderosa que le lleva a comportarse de esa manera. Puedo "justificar" su comportamiento, y pensar que ha tenido un mal día, o que le ha sucedido algo que le hace estar fuera de sí. Puedo incluso pensar que yo a veces también me comporto así, aunque no me guste. 

Animo a mis lectores a reflexionar sobre esto, y a tratar de ponerlo en práctica (por supuesto, me animo también a mí mismo a llevarlo a cabo). 

Y, antes de despedirme, una última reflexión: detrás de la escucha está el amor. El amor genera confianza, y la confianza genera escucha. La escucha, como dije al principio, es una de las bases más importantes sobre la que se sostienen las relaciones. Y conseguir una buena capacidad de escucha es cuestión de entrenamiento, y de voluntad. A ello, pues.


viernes, abril 10, 2015

TE LO DIJE



¿Os suena esta expresión? ¿Y otras parecidas? "Te lo dije", "ya te lo decía yo", "¿lo ves, lo ves ahora?", etc. Seguro que son expresiones que habéis oído alguna vez. Quizá os las hayan dicho a vosotros, y seguro que se la habéis oído decir a alguien de vuestro entorno.

Nótese el tono irónico de mis afirmaciones. Porque no hace falta acudir a nuestro entorno para saber de la expresión "te lo dije". Todos la hemos dicho alguna vez, y a todos nos la han dicho alguna vez. Y si tú que me lees no la has utilizado nunca y no forma parte de tu jerga habitual... ¡¡¡enhorabuena!!! Porque son expresiones altamente corrosivas para la convivencia y que deberían ser eliminadas de nuestro lenguaje.

Si nos paramos a pensar un poco... ¿sirve realmente de algo decir a alguien "te lo dije" cuando se ha equivocado, cuando ha cometido algún error, cuando no ha hecho algo que se le había aconsejado que hiciera y como consecuencia de ello se ha sucedido algún accidente, alguna incomodidad, algún inconveniente? Si lo pensamos bien... ¡no sirve de nada! La expresión "te lo dije" no arregla absolutamente nada, y si algo se consigue con ella es encabronar al receptor de la misma, que bastante tiene con sufrir las consecuencias de su equivocación. 

Con la expresión "te lo dije" y otras parecidas, el emisor se pone por encima del receptor, se arroga una suerte de superioridad moral al tratar de hacer ver al otro que si hubiera seguido sus consejos el error no habría tenido lugar. Y, ¿de verdad es necesario esto? El error ya está cometido (si es que ha habido algún error), y un "te lo dije" no lo va a subsanar, y sí va a crear un clima, cuanto menos, incómodo.

Propongo lo siguiente para mejorar la convivencia y las relaciones. A veces, ya sea en pareja, ya en familia, ya en cualquier tipo de relación con personas, hay que tomar decisiones, y no todos en el grupo tienen la misma idea. Unos lo harían de una manera y otros de otra. O, en pareja, uno haría determinada cosa de una manera y el otro de la contraria, no habiendo solución intermedia. O es A, o es B. Lo que yo propongo es llegar a un acuerdo, tomar un determinado camino, el que sea, A o B. Y, una vez tomado ese camino, queda claro que todos en el grupo, o los dos en la pareja, lo han tomado. Si es A, la opción B desaparece. Pero desaparece de tal manera que es como si nunca se hubiera planteado. Independientemente de que al principio cada uno pensaba que se debía hacer de una forma determinada, una vez tomada la decisión ésta ya es de todos. Y, en el caso de que las cosas no salgan bien con la decisión tomada y se vea claro que si se hubiera tomado una de las alternativas descartadas (o la alternativa descartada en caso de una pareja), no valen los reproches, no valen los "te lo dije". Y no valen, porque la decisión fue ya tomada, y, una vez tomada, todas las alternativas iniciales ya no existen, sólo existe la alternativa elegida.

Ni que decir tiene, que si la decisión es de una sola persona, aunque se le aconseje que haga algo diferente a lo que va a hacer, incluso aunque esa persona haya pedido consejo y finalmente decida no seguir el consejo recibido, tampoco vale decirle "te lo dije" si se equivoca o la cosa sale mal. Bastante tiene esa persona, como decía al principio, con su error.

Esto evitaría muchas discusiones, muchos conflictos y no pocas humillaciones. ¿Te animas, entonces, a desterrar los "te lo dije" de tu lenguaje habitual? 

Motivo de otro artículo sería el tema de los consejos. Porque a veces somos expertos en darlos, aunque no se nos pidan. Y bien deberíamos callarnos, incluso viendo que la otra persona se va a estrellar con su decisión. A veces vendría bien que nos dejaran estrellarnos, pues suele ser una manera casi infalible de aprender. Pero esto, como digo, sería motivo de otro artículo.

lunes, abril 06, 2015

¿DE QUIÉN HABLAN NUESTROS JUICIOS?



Los juicios son declaraciones, posiciones que tomamos ante el mundo que nos rodea y ante nosotros mismos. Mediante los juicios calificamos lo que observamos (incluido a nosotros mismos), y nos convertimos así en un tipo determinado de observador, de persona que vive en el mundo. Y cuando emitimos un juicio, ¿de quién nos está hablando ese juicio? Los juicios no sólo hablan de lo que observamos, sino que, sobre todo, hablan del que los emite, es decir, nuestros juicios nos hablan de nosotros mismos. Veámoslo con algún ejemplo.

Si yo digo, "la vida es dura", ese juicio no está hablando de cómo es la vida, sino de cómo veo yo la vida. Por tanto, dicho juicio está hablando de cómo soy yo. Yo, con mi historia, con mis aprendizajes, con mi forma de comportarme ante la vida, soy el que interpreto que la vida es dura. Pero eso no significa que la vida sea dura, pues otra persona, con otra historia y otros aprendizajes, con otro bagaje de vida, podrá pensar que la vida es una danza y que nada tiene de dura. 

Si yo digo que Carlos es un incompetente porque no es capaz de hacer nada a derechas, dicho juicio vuelve a hablar de mí, de cómo veo yo a Carlos. Y en ningún momento está hablando de Carlos.

Si yo digo que los católicos son unos intolerantes y unos ignorantes, o que los judíos son unos usureros, dicho juicio no define en absoluto ni a los católicos ni a los judíos, pero sí dice mucho de cómo soy yo, de mis ideas, de mi forma de ver la vida... Incluso, como decía Nietzsche, esos juicios (y cualquier juicio que yo pueda emitir) revela mucho sobre las emociones desde las que emito dichos juicios.

Es importante tener esto en consideración, entre otras cosas, para dar validez o no a los juicios que otros emiten sobre nosotros. Quizá si muchas personas que nos conocen bien tienen el mismo juicio sobre nosotros respecto a algún determinado comportamiento, tendríamos que pensar qué puede haber de cierto en ello. Pero si es sólo una persona la que dice, por ejemplo, que mi comportamiento es demasiado peculiar, y el resto de las personas con las que me relaciono no tienen la misma opinión, podré pensar que en realidad mi comportamiento no tiene nada de peculiar, aunque a esa persona se lo parezca.

También es importante en relación a los juicios que tenemos de nosotros mismos. A veces pensamos algo de nosotros que no coincide en absoluto con lo que piensan los que nos conocen, las personas con las que convivimos. En no pocas ocasiones nos vemos a nosotros mismos de manera diferente a como nos ven los demás. Por eso no viene mal interesarse de vez en cuando en qué piensan los demás de nosotros, cómo nos ven (las personas que nos conocen bien, claro está). Porque muchas veces podemos estar teniendo un concepto infravalorado de nosotros mismos que no se ajusta demasiado con la realidad. O al revés.

Por supuesto, es fundamental esta idea a la hora de emitir nuestros juicios. Pensemos qué decimos, por qué lo decimos, a quién o a qué nos referimos cuando emitimos algún tipo de juicio.

Otra característica de los juicios es que tienden a confirmarse siempre. En el primer ejemplo que puse, si yo pienso que la vida es dura voy a comportarme de tal manera que, efectivamente, la vida va a ser dura para mí. Y además me voy a contar un montón de historias a mí mismo que confirmen dicho juicio. Pero esto ya es entrar en otro terreno, sobre el que se podría escribir otro artículo a parte. Lo que hoy me importaba señalar es que, "lo que Pedro dice de Juan, dice más de Pedro que de Juan". Piénsenlo...


miércoles, marzo 18, 2015

SAL CON UN VALIENTE



El otro día me encontré por la red, gracias a una amiga, con un artículo de un blog que hablaba de amor con mayúsculas. Un artículo que no reproduciré aquí, pero con el que me sentí plenamente identificado, y me llevó a escribir mi propio artículo, contando algo parecido pero con mis propias palabras.

Y es que vivimos en una sociedad en la que el amor para siempre está denostado, se ha convertido en una especie de utopía, cuando no en algo totalmente irreal, inalcanzable, y hasta ñoño. A cualquiera que hoy día le digas que crees en un amor para toda la vida te mira con ojos raros y te dice que sí, que como idea no está mal, es bonita... pero en absoluto realizable. Es cosa de cuentos de príncipes azules y hadas madrinas, te dirán.

Sin embargo, gracias a Dios, aún quedan valientes, y aquí enlazo con el artículo que leí el otro día. Aún quedan valientes (y "valientas", que diría la ministra) capaces de jugárselo todo por una persona. Aún quedan valientes capaces de arriesgar, de darlo todo por la persona amada y no mirar a otro lado, capaces de hacer una elección definitiva y luchar por ella hasta el final. Ese es el amor en el que creo. Un amor apasionado, un amor que no entiende de comodidades ni de medias tintas, un amor que lo da todo, en los momentos buenos pero sobre todo en los malos, un amor que se entrega sin condiciones aun sabiendo que habrá momentos de aridez y de desgana, que habrá baches y obstáculos en el camino, que tendrá que bregar y batirse en duelo con multitud de dificultades, que tendrá que sufrir a veces y reír otras, un amor auténtico, sin dobleces, sin excusas, sin tonterías.

El valiente del que hablo es un hombre (o una mujer, pero en este caso hablo de un hombre porque yo soy hombre) que pone a su mujer en lo más alto, en el centro del universo, y no tiene ojos para otras. Que no espera que venga algo mejor, porque aun sabiendo de la imperfección de su amada, conoce también la suya y la del mundo, y sabe que, dentro de esa imperfección, su amada es lo más valioso, aquello por lo que merece la pena luchar y hasta morir si es necesario. El valiente del que hablo es un hombre que cuando llegan los momentos malos se pone el traje de faena, aprieta los dientes y sigue adelante, consciente de que la tempestad pasará pero que mientras no pase la huida no es algo que entre dentro de sus planes. Este valiente no pone excusas, no desaparece cuando su amada más lo necesita, es fuerte y a la vez comprensivo, es recio y también dulce, es cariñoso, es fiel, es leal, sabe escuchar y está siempre que se le necesita. 

El valiente del que hablo es real, de carne y hueso. No ha salido de ninguna película ni de ninguna novela de ficción. Quizá queden pocos, quizá no esté de moda, quizá sea difícil encontrarlos. Pero existen. Yo conozco y he conocido algunos. Mi abuelo era uno de ellos, también lo es mi padre, y mi hermano, y tengo varios amigos que lo son. Y yo aspiro a ser uno de ellos. Para ello me han educado, en ello creo, para ello estoy preparado, y para ello estoy más que dispuesto. ¿Y tú?

viernes, marzo 13, 2015

G.K. CHESTERTON



G.K. Chesterton (para quien no lo conozca) fue un escritor inglés de finales del XIX y principios del XX. Nació en Londres el 29 de mayo de 1874, y murió en Beaconsfield el 14 de junio de 1936. Prolífico escritor y periodista, cultivó todos los géneros posibles, aunque destaca como novelista, ensayista y articulista. Gran maestro de la paradoja, gran polemista, trabajador incansable, todo lo que yo pueda decir aquí es poco. Recomiendo que lean sobre él, y, sobre todo, que le lean a él. El padre Brown es uno de sus personajes más conocidos, y numerosos fueron los relatos de Chesterton en los que este personaje es el protagonista. Obras como "Ortodoxia", "El hombre que fue jueves", o "La esfera y la cruz", por citar sólo algunas de sus muy numerosas obras, le encumbran entre los grandes escritores de la literatura universal.

Chesterton ingresó en la Iglesia Católica en 1922, después de un largo proceso intelectual. Desde entonces se convierte en un acérrimo defensor de su fe. Ya incluso antes de ser católico escribe defendiendo con ardor dicha fe, con su ensayo "Ortodoxia".

Gran aportación al mundo, además de su literatura, de G.K. Chesterton, es el llamado distributismo, desarrollado junto con su hermano Cecil y su gran amigo Hillaire Belloc. El distributismo es, podría decirse, una tercera vía económica, diferente al capitalismo y al socialismo, y basada en la Doctrina Social de la Iglesia. Chesterton pregona que la propiedad privada sobre los medios de producción debería estar lo más ampliamente distribuida entre la población. Es una vía mucho más justa, mucho más humana, que socialismo y capitalismo.

No es objeto de mi artículo agotar la vida de Chesterton, ni su obra, ni tampoco el distributismo. Únicamente pretendo esbozar unas líneas de aproximación a su figura y despertar el interés en quien no lo conozca. Quiero, además, presentar la iniciativa que un grupo de amigos venimos llevando a cabo desde hace dos años (este será el tercero), para homenajear al gran escritor. El pasado año, con motivo del aniversario de su fallecimiento, organizamos unas ponencias sobre la vida y obra del autor, ponencias que resultaron ser de una altísima calidad. Dejo a continuación el vídeo de las mismas, y emplazo a mis lectores a unirse a la celebración de este año, que tendrá lugar, D. m., el 13 de junio. Informaremos de ello convenientemente cuando se acerque la fecha.

Les dejo con el vídeo, que espero disfruten. La calidad técnica no es la mejor, por lo que ruego me disculpen, pero, como digo, la calidad de las ponencias es muy alta. Chesterton bien lo merece.


martes, marzo 03, 2015

DAR Y RECIBIR



Para recibir, antes hay que dar. Para ser amado primero hay que amar. Esto, que parece algo evidente, que parece una verdad de perogrullo, se nos olvida a menudo. Continuamente nos quejamos, en nuestras relaciones con nuestros semejantes, de no ser suficientemente considerados. Y cuando ello ocurre, cuando no nos sentimos queridos como creemos que deberían querernos, normalmente echamos balones fuera, nos ponemos la etiqueta de incomprendidos y nos metemos en la cómoda y confortable cueva del victimismo. Son los demás los que no hacen las cosas bien, son los demás los que deberían hacer más por nosotros, son los demás los que no se dan cuenta de lo que valemos. Son los demás. Siempre los demás.

Pero... ¿nos hemos preguntado qué hemos hecho nosotros por esas personas que, según nuestra propia percepción, no nos quieren nada, no nos aprecian nada, no nos valoran nada? A menudo esperamos a recibir para después dar. Esperamos a ser amados para amar nosotros. Esperamos a sentirnos apreciados para mostrar aprecio. Nos ocurre sobre todo en las relaciones de pareja (especialmente cuando la relación ya tiene un rodaje, pues al principio todo es de color de rosa), pero también en las relaciones con nuestros amigos, con nuestros familiares, en el trabajo, con los vecinos... Si no nos sonríen no sonreímos; si no nos saludan no saludamos; si no son amables con nosotros tampoco, nosotros  lo somos con ellos. Faltaría más.

¿Y si probáramos a hacer las cosas al revés de como normalmente las hacemos? ¿Y si probamos a sonreír al vecino que cada mañana nos "regala" su gesto mohíno y adusto? ¿Si probamos a dar los buenos días al conductor del autobús que va renegando del tráfico y ni siquiera nos mira cuando nos subimos? ¿Si probamos a decir "te quiero" a nuestra pareja incluso en esos días en los que "no hay quien le aguante"? Estoy seguro de que si comenzáramos a actuar así todo cambiaría a nuestro alrededor. Cambia tú, y cambiará el mundo. Es ese el orden correcto. No esperes a que las cosas cambien para cambiar tú, porque te quedarás sentado esperando. Hazlo al revés y verás los resultados. 

Cuando damos sin esperar nada a cambio recibimos mucho más de lo que nos imaginamos. Esto funciona como un bumerán. Si regalas sonrisas, antes o después volverán a ti. Si regalas "te quieros", los vas a tener de vuelta cuando menos lo esperes. Si eres amable serán amables contigo. Lo que des lo recibirás. Es la ley del amor, es así como funciona. Pruébalo y verás. ¿Te imaginas cómo cambiaría nuestro mundo si todos empezáramos a actuar así? Pues... ¿a qué estás esperando para empezar? ¡Mañana ya es tarde!

jueves, febrero 26, 2015

EL CÍRCULO DE INFLUENCIA



Todos tenemos un círculo de influencia y un círculo de preocupación. Empecemos por el segundo. Para ello, imagina un amplio círculo, en el que se encuentran todas las cosas que en un momento dado pueden preocuparte. La paz mundial, la situación económica en España o en Europa, el hambre en el mundo, la educación de tus hijos, tu trabajo, la salud de tus familiares, la contaminación, la marcha de tu equipo favorito de fútbol, si lloverá el fin de semana, quién ganará las próximas elecciones... Todo ello forma parte del círculo de preocupación.

Ahora imagina otro círculo más pequeño, dentro de ese círculo grande, y de todas esas cosas que te preocupan, mete en él sólo aquellas sobre las que puedes influir directamente: la educación de tus hijos, la relación con tu mujer o con tu marido, la clase que tienes que preparar para mañana, qué ropa te vas a poner para la boda del sábado, qué vas a hacer de cena esta noche... Este es el círculo de influencia. Es decir, ese círculo en el que están las cosas sobre las que realmente puedes influir, cosas en las que realmente merece la pena poner tu atención y dedicar tu tiempo y tus esfuerzos.

Ahora piensa... ¿qué ganas poniendo tu foco en cosas sobre las que no tienes control ninguno, en cosas que no vas a poder cambiar por mucho que te esfuerces, por mucho que te crispes y por mucho que discutas sobre ellas? ¿No será mejor centrar tu foco, y en consecuencia tus esfuerzos, en cosas sobre las que realmente puedes influir? 

Si gastas tus energías preocupándote por cosas que están fuera de tu círculo de influencia, fácilmente perderás la paz, estarás a menudo de mal humor, y, muy probablemente, crisparás a la gente que tienes a tu alrededor. 

No está mal que te preocupes por la paz en el mundo, o por el medio ambiente, y que hagas lo que esté en tu mano para contribuir a crear un mundo mejor. Pero lo verdaderamente útil es que te centres en las cosas sobre las que de verdad puedes cambiar, en las cosas que forman parte de tu círculo de influencia. Vivirás más tranquilo, tendrás más energía para afrontar los retos a los que debas enfrentarte, y crearás a tu alrededor un clima mucho más amable y amoroso. Incluso, poco a poco, es muy posible que vayas siendo capaz de ampliar tu círculo de influencia. En cambio, si andas preocupado todo el día por cosas que no tienes a tu alcance, perderás inútilmente tu energía, de manera que serás menos capaz de afrontar las cosas sobre las que sí puedes realmente influir. Y así, tu círculo de influencia se verá reducido poco a poco y tus nervios se crisparán cada vez más hasta acabar provocándote una úlcera de estómago. 

Por tanto, deja de gastar tantas energías en todas esas cosas que están lejos de tu alcance, céntrate en aquellas que puedes mejorar o cambiar, y verás cómo ganas en vitalidad y en paz interior. Tu salud te lo agradecerá.

lunes, febrero 16, 2015

DESENTONA CON TU SONRISA



Hoy es lunes. Y los lunes, para muchas personas, son días grises, días en los que ha quedado atrás el fin de semana y comienza una semana que se antoja larga y dura. El viernes está allá a lo lejos, no es posible divisarlo aún. Pero... ¿realmente tiene sentido vivir para el fin de semana?

El pasado viernes paseaba por la calle, y escuché la conversación entre un transportista y una barrendera. Aquél le decía a ésta que estaba contento porque era viernes y le quedaba poco para comenzar el fin de semana. Y la respuesta de ella fue contundente: "pues deberías estar contento también los lunes, porque tienes trabajo". ¡¡Qué razón tenía!! Nos quejamos porque es lunes, se ha acabado el fin de semana, y tenemos que volver al trabajo (bueno, por desgracia eso a mí no me ocurre actualmente, pues no tengo trabajo; no al menos un trabajo remunerado). ¡Y no nos damos cuenta de que tener trabajo es una bendición! ¿No será mejor darle la vuelta a la tortilla, dejar de vivir para el fin de semana, dar gracias por tener un trabajo, y acudir el lunes a la oficina, o a la fábrica, o al hospital, o allá donde nos toque trabajar, con una sonrisa de oreja a oreja? Y si no tenemos trabajo, como es mi caso... ¡también hay un montón de cosas por las que dar gracias! No sé tú, que me estás leyendo, pero yo no tengo más que mirar a mi alrededor para dar gracias por miles de cosas. Por ejemplo, por estos dedos que ahora mismo se mueven por el teclado escribiendo estas letras; o por la vista que me permite moverme por la vida sin ayuda de nadie; o por tener un techo bajo el que cobijarme y una cama confortable donde dormir cada noche. ¡¡Son tantos los que no tienen ni siquiera esas cosas tan básicas!!

Yo invito a mis lectores, y me invito a mí el primero, pues yo también me quejo demasiado, a dejar de quejarnos, a dejar de mirar lo negativo que hay a nuestro alrededor, y a fijarnos más en lo positivo, que es mucho. Y, como dice Mafalda, a ir por el mundo desentonando con una sonrisa desde primera hora de la mañana. Y si es lunes, con mayor razón.

A continuación, y ya que una imagen vale más que mil palabras, os dejo con un vídeo muy gráfico. Un vídeo que representa a una serie de personas que viajan en metro, con cara de lunes. Pero basta que uno de los viajeros se atreva a ser la nota discordante, para que todo cambie. ¿Por qué no probamos a hacer lo mismo? ¡El mundo tendría otro color! Os dejo con el vídeo:


lunes, febrero 02, 2015

EL SENTIDO DE LA VIDA


Seguramente habrán oído hablar, o habrán leído algo acerca de Viktor Frankl. Quizá hayan leído su libro más conocido, "El hombre en busca de sentido". Viktor Frankl fue un psiquiatra austriaco de origen judío, nacido en 1905 y fallecido en 1997. Es el padre de la Logoterapia, considerada la Tercera Escuela Vienesa de psicoterapia, después del Psicoanálisis de Freud y la Psicología Individual de Adler.

Viktor Frankl estuvo preso en diferentes campos de concentración nazis (Theresienstadt, Auschwitz, Kaufering y Türkheim, estos dos últimos dependientes del de Dachau). Sobrevivió al Holocausto nazi, no así su mujer ni sus padres, con los que había sido llevado al primer campo de concentración en 1942.

En la mencionada obra, "El hombre en busca de sentido", Frankl analiza la vida del prisionero en un campo de concentración desde el punto de vista de un psiquiatra. Y desde su propia perspectiva, contando cómo en no pocas ocasiones se vio tentado por la idea del suicidio, tales eran las condiciones de vida en aquel lugar. Sus vivencias, y las de sus compañeros de cautiverio, le sirvieron para obtener profundas reflexiones, reflexiones que le sirvieron después para confirmar y terminar de desarrollar su teoría de la Logoterapia.

Frankl sostiene que, incluso sometido a las condiciones más humillantes y extremas de deshumanización, el hombre es capaz de encontrar un sentido a su vida. Cada hombre, incluso bajo las condiciones más trágicas imaginables, es capaz de guardar la libertad interior que le permite decidir quién quiere ser. Una libertad interior que puede elevar a cada hombre muy por encima de su destino adverso. 

Y en esto, principalmente, se basa la Logoterapia; en encontrar el sentido de la vida. Un sentido que, como el psiquiatra vienés expone, no es abstracto, es decir, no hay un sentido universal de la vida, sino que a cada hombre en particular le está reservada una misión, un cometido a cumplir. La tarea de cada hombre es única, como única es la oportunidad que tiene para llevarla a cabo.

Frankl trataba de hacer ver a sus pacientes que no importa que no esperemos nada de la vida. Lo importante es lo que la vida espera de nosotros. La vida cuestiona al hombre constantemente, y éste responde de una única manera: respondiendo de su propia vida y con su propia vida. Y es desde la responsabilidad personal desde donde se puede responder a la vida. La esencia de la existencia, en palabras del propio Frankl, consiste en la capacidad del ser humano de responder con responsabilidad a las demandas que la vida le plantea en cada situación particular. Vivir significa, continúa Frankl, asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la existencia nos plantea, cumplir con la obligaciones que la vida nos asigna a cada uno en cada instante particular.

Era muy normal en los campos de concentración, donde las condiciones de vida eran paupérrimas, perder por completo el sentido de la vida. Sin embargo, siempre había una razón por la que seguir luchando por la supervivencia. La idea de reencontrarse con los seres queridos cuando acabara el cautiverio, o el poder continuar con un trabajo o una vocación profesional o personal, eran razones poderosas que animaban a los prisioneros a seguir adelante. Y eran las razones que esgrimía Frankl ante sí mismo y ante sus compañeros cuando los ánimos decaían. La salvación del hombre sólo es posible en el amor y a través del amor. E incluso no estando con la persona amada, es más, desconociendo si esa persona amada seguía viva o no, Frankl era capaz de encontrar consuelo pensando en ella. Y es que el amor trasciende la persona física del ser amado, y encuentra su sentido más profundo en el ser espiritual del otro, en su yo íntimo. El amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el ser humano. Es el único camino para llegar a lo más profundo de la personalidad humana.

Viktor Frankl habla también, como no puede ser de otra manera, del sufrimiento, y del sentido del mismo. En sí, el sufrimiento no tiene sentido, ni hace madurar al hombre. Es el hombre el que, con su actitud ante el sufrimiento, le da sentido. Y cuando el hombre es capaz de dar un sentido a su sufrimiento, éste, en cierto modo, deja de ser sufrimiento. En numerosas ocasiones son las circunstancias adversas las que otorgan al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo. Decía Dostoyevski que "sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos". Y también hablando de sufrimiento, Nietzsche decía que "todo lo que no me mata me hace más fuerte", y "el que tiene un por qué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo".

El hombre, por tanto, aun en las peores condiciones, incluso en los más crueles estados de tensión psíquica e indigencia física, es capaz de conservar un reducto interior de libertad que le permite decidir su destino. Se le puede arrebatar todo, excepto la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino, para decidir su propio camino.

Hoy día la palabra sufrimiento suele ser una palabra tabú. Se intenta huir de todo lo que signifique un mínimo de esfuerzo, un mínimo de conflictividad en nuestras vidas. Sin embargo, como explicaba Frankl, el sufrimiento no siempre es patológico, y no debería ser motivo de acudir al psiquiatra en tantas ocasiones como se hace. Nuestra sociedad occidental trata de vivir sin tensiones internas, cuando en realidad, cierto grado de tensión y conflictividad en nuestras vidas es necesario para lograr una salud psíquica razonable. El hombre no necesita vivir sin tensiones, sino más bien esforzarse y luchar por una meta o una misión que le merezca la pena. La preocupación, incluso la desesperación, por encontrarle un sentido a la vida, no es en modo alguno una enfermedad, sino que es una angustia espiritual. Las crisis existenciales generan ocasiones de desarrollo y crecimiento interior.

Decía Frankl que el vacío existencial es la neurosis colectiva más frecuente de nuestro tiempo. A menudo la gente acude al psiquiatra con sus problemas humanos, y no con síntomas realmente patológicos. Según el psiquiatra austriaco, muchas de esas personas, antiguamente acudían al rabino, al pastor o al sacerdote.

En conclusión, el hombre no está determinado ni condicionado, sean sus circunstancias las que sean. Tiene la capacidad de decidir si cede ante esas circunstancias, o se resiste a ellas. El hombre tiene la capacidad de no limitarse a existir, sino que puede decidir cómo será su existencia, en quién se convertirá en el minuto siguiente.

El hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero es también el ser que entró en esas cámaras con la cabeza bien alta y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios.


viernes, enero 23, 2015

LENGUAJE POSITIVO



Nos pasamos media vida quejándonos por todo lo que nos rodea. Nos quejamos del atasco en el que estamos, nos quejamos por la cola del supermercado, nos quejamos porque no nos gusta el trabajo que hacemos, nos quejamos porque el vecino no nos da los buenos días, nos quejamos porque llueve, nos quejamos porque lleva mucho tiempo sin llover, nos quejemos porque hace frío, nos quejamos porque hace calor, nos quejamos porque nos pica la planta del pie o la punta de la nariz, nos quejamos porque nos salió mal la comida, nos quejamos porque nos invitaron a una fiesta a la que no nos apetece ir... Podría seguir rellenando líneas y líneas hablando de miles de cosas por las que nos quejamos a diario. ¿Y qué ganamos con ello? Absolutamente nada. Sólo conseguimos amargarnos a nosotros mismos y amargar a los que conviven con nosotros. ¿Por qué no cambiar entonces el chip? ¿Por qué, en lugar de centrarnos en todo aquello que nos molesta, no nos centramos en ser agradecidos con todo lo bueno que tenemos, que es mucho? ¿Y por qué, en lugar de utilizar un lenguaje negativo, no empezamos a hablar en positivo? Si fuéramos conscientes de los milagros que el lenguaje puede hacer en nosotros, rápidamente comenzaríamos a esforzarnos para cambiarlo.

Y es que, lo crean o no, el lenguaje produce cambios en el cerebro. Un lenguaje positivo puede incluso alargar la vida. El lenguaje influye, además, en nuestra manera de pensar. Si mandamos a nuestro cerebro mensajes positivos, este responderá de manera diferente a si los estímulos que le mandamos son negativos. 

A finales de los años 80, científicos de la Universidad de Kentucky iniciaron un estudio con 678 monjas de diferentes conventos. Además de analizar diversos escritos suyos, las sometieron durante un período de dos años a diferentes pruebas físicas e intelectuales, y se las dividió en grupos según la abundancia de términos positivos o negativos hallados en sus escritos. No me extenderé a la hora de analizar los resultados del experimento, pero sí destacaré algunos hallazgos de los científicos encargados de llevarlo a cabo.

Por un lado, las monjas que eran capaces de elaborar más pensamientos con mayor economía lingüística, o mostraban mayor riqueza de vocabulario, demostraban menos propensión a desarrollar enfermedades de tipo Alzheimer o demencia senil.

Por otro lado, las monjas que utilizaban más términos positivos a la hora de expresarse, vivían entre 7 y diez años más que el resto.

El 54% del grupo más alegre seguían vivas a los 94 años, mientras que sólo sobrevivían el 11% del grupo menos alegre.

En definitiva, las monjas más longevas eran las que sonreían más, las que eran más acogedoras, las que tenían más curiosidad por aprender cosas nuevas, las que regalaban mucho (sin motivo alguno), las que tenían menos prejuicios, las que tenían un brillo especial en la mirada y eran capaces de reírse de sí mismas, y las que utilizaban más términos positivos a la hora de expresarse. Al parecer, este último indicador era el más importante de los analizados.

No siendo este estudio aún totalmente concluyente, sí podemos sacar algunas conclusiones. Y es que parece que las personas felices, por un lado tienden a ser menos propensas a desarrollar la enfermedad de Alhzeimer, y por otro, tienden a ser más longevas que las personas tristes.

Visto lo visto, ¿no es mejor vivir en el agradecimiento que en la queja? Como decía más arriba, nuestro lenguaje influye en nuestro cerebro y en la manera de comportarnos. Dicho de otra manera, si nos acostumbramos a utilizar un lenguaje rico y positivo, nuestras probabilidades de llevar una vida feliz serán bastante más grandes que si nuestro lenguaje es pobre y quejumbroso. Y si llevamos una vida feliz, tenemos más probabilidades de vivir más tiempo y con mayor calidad de vida. ¿Por qué no probarlo? No hay nada que perder, y sí mucho que ganar. Cuanto menos, conseguiremos crear un clima mucho más positivo con nosotros mismos y con los que tenemos alrededor.

martes, enero 20, 2015

EL SECRETO DE LA FELICIDAD



Ayer vi una película, "Héctor y el secreto de la felicidad", que además de entretenerme, emocionarme, divertirme y gustarme mucho, me hizo reflexionar. Y es que muchas veces buscamos la felicidad donde no está, y nos desesperamos porque no la encontramos.

Héctor es un psiquiatra con una vida perfecta. Una novia perfecta, un trabajo perfecto, una casa perfecta... Todo es ordenado y predecible en la vida de Héctor y Clara, su novia. Todo es perfecto... y sin embargo Héctor no es feliz. La rutina diaria le impide darse cuenta de ello, pero los pacientes de su consulta le desquician cada vez más. No se da cuenta de que con quien realmente está enfadado es consigo mismo, que lo que no aguanta es su vida rutinaria, monótona, aburrida, egoísta, desprovista de cualquier aliciente que la haga al menos un tanto divertida. Y así, llega un momento en que ya no puede aguantar más, y decide emprender un viaje en busca de qué es aquello que a la gente le hace feliz. Esa es la excusa. Lo que en realidad busca es la manera de alcanzar su propia felicidad.

La búsqueda del secreto de la felicidad lleva a Héctor al lejano oriente, donde, de la mano de un magnate de las finanzas del que se hace "amigo" en el avión, descubre lo que podríamos llamar el lujo asiático. Y acaba llegando a la conclusión de que la felicidad no está en las riquezas, ni en el lujo, ni en el placer. Así que decide continuar su viaje, decide proseguir su investigación con la esperanza de encontrar ese tan ansiado secreto que le saque de su amargura y su aburrimiento.

En África Héctor se ve obligado a convivir con el miedo, y viendo cercana la muerte empieza a valorar algunas cosas de las que antes ni se percataba. También conoce a una serie de personas que viven con lo más básico, y que a pesar de todo parecen muy felices. Sin embargo, y a pesar de sus nuevos descubrimientos, aún le queda mucho camino por recorrer.

Ya en EEUU va a encontrarse con una antigua novia de universidad que acaba poniéndole los puntos sobre las íes. Agnes -así se llama ella- le desnuda -metafóricamente hablando- de arriba a abajo, y le hace ver que, ya desde la relación que mantuvieron en su juventud, Héctor no es capaz de mirar más allá de su propio ombligo. Agnes ha evolucionado, ha rehecho su vida después de su relación con Héctor, pero Héctor se ha mantenido anclado en el pasado, no ha sido capaz de pasar página, no ha madurado, y lo único que ha hecho ha sido cambiar a una mujer por otra para así continuar cometiendo los mismos errores de siempre, para así continuar viviendo con su miedo al compromiso, para así seguir siendo el mismo hombre mediocre, egoísta y timorato, incapaz de ser feliz.

Lo que sigue no lo desvelaré, para no destripar la película, aún más de lo que ya lo he hecho. Me limitaré a terminar mi artículo con una serie de reflexiones personales acerca de la felicidad. 

Y es que, como la película de Peter Chelsom nos hace ver, y como ya he mencionado más arriba, la felicidad no está en el dinero, no está en el lujo, no está en el placer. La felicidad sólo se puede encontrar cuando uno se despoja de sí mismo y decide dar un paso hacia los demás. Las puertas de la felicidad se abren hacia afuera, y no hacia adentro. La felicidad está en el dar, está en el compartir, está en la escucha y en la generosidad, está en el saber ponerse en el lugar del otro, está en el vivir pendiente de las necesidades de los demás. 

La felicidad no está tampoco en la perfección ni en lo predecible. Héctor y Clara llevaban una vida aparentemente perfecta, todo estaba en su sitio. Pero no eran felices. Se dice que lo perfecto es enemigo de lo bueno. Y yo creo, además, que la perfección es también enemiga de la felicidad. Una vida, para ser plena, ha de ser imperfecta, ha de tener errores que puedan ser convertidos en aprendizajes, ha de ser sometida a lo impredecible y al cambio. Ha de tener un mínimo de riesgo, de aventura, un toque de locura sana. La vida ha de ser vivida y ha de ser gastada. Si uno se limita a verla pasar, no puede ser feliz. Como decía la Madre Teresa de Calcuta, "la vida es aventura, vívela".

 


jueves, enero 15, 2015

PON UN POCO DE PASIÓN EN TU VIDA


Dentro de algo menos de un mes voy a comenzar un curso para formarme como coach. Cuando cuento esto a mis amigos, muchas veces la reacción es muy similar: "Pero... ¿eso tiene salidas? Si ya hay muchos coaches...". Esa reacción me ha hecho reflexionar... y mis reflexiones me han hecho reafirmarme en mi deseo de hacer ese curso.

Y es que, ¿realmente hay que plantearse, a la hora de decidirse a hacer algo, si ese algo tiene salidas laborales? Es una reacción que comprendo, pues ha sido mi referencia a la hora de tomar decisiones durante mucho tiempo. Hasta que he llegado a la conclusión de que esa forma de pensar y de actuar no me ha llevado más que a la frustración, y a seguir caminos equivocados, caminos que, en el mejor de los casos no me llevaban a ninguna parte, y en el peor me llevaban a sitios donde yo no quería estar.  Llevo a mis espaldas varios Máster y un saco de cursos. Llevo muchas horas invertidas en formación que, en el fondo, no me satisface. Y llevo mucho dinero gastado en actividades que yo hacía pensando que tenían salidas laborales, pero sin pararme a pensar si realmente me gustaban, y si me llevaban a donde yo quería estar. Tengo 42 años, y después de todos esos cursos, después de todas esas horas y después de todo ese dinero invertido, estoy en paro. Y lo que es peor, pocas veces he trabajado en algo que me haya aportado la más mínima satisfacción, aparte de recibir un sueldo a final de mes. Así que, visto lo visto, ¿tiene realmente sentido plantearse si algo que uno quiere hacer tiene salidas laborales? Yo creo que no.

La conclusión que yo saco, después de años navegando a la deriva laboral, y después de pararme por fin a reflexionar (y después de hacer un maravilloso curso llamado DPOP en CIVSEM), es que uno ha de hacer aquello que realmente le guste. Esa es la mejor forma de conducirse por la vida. Porque si haces lo que te gusta, si haces algo que te apasiona, lo harás mucho mejor que si haces algo por el mero hecho de tener que ganar un sueldo a final de mes. Y lo más seguro es que, antes o después, eso que haces porque te apasiona te reporte beneficios económicos mayores que los que te aportaría cualquier otra actividad. Pero aunque así no ocurriera, aunque los beneficios económicos fueran menores, no todo en la vida es dinero. Personalmente, pienso que las satisfacciones personales que uno puede obtener haciendo algo que le gusta son mucho más importantes que el dinero que con ello pueda obtener. Evidentemente, hay que comer, hay que vestirse y hay que vivir bajo un techo. Sí, hay que cubrir unas necesidades básicas, y para ello hay que ganar dinero. Pero insisto en que la mejor forma de conseguirlo es haciendo algo que a uno le apasiona.

Seguir el criterio de "hago esto porque tiene salidas", a mí me ha llevado, como decía antes, a la frustración y a la amargura en no pocas ocasiones. Y eso, al final, se traduce en unas peores relaciones con el mundo que me rodea. Y estoy seguro de que no soy el único. ¿Cuánta gente hay frustrada en su trabajo, y que eso luego lo paga (normalmente sin darse cuenta), con sus familiares, con sus amigos, no digamos ya con los desconocidos con los que se cruza por la calle? A mí, gracias a Dios, no me pasa eso. No estoy enfadado con el mundo, llevo una vida feliz, tengo sanas y buenas relaciones... Pero a menudo me encuentro con gente que paga su frustración con los demás, y eso no hace más que incrementar su insatisfacción. 

Pero es que además, si yo me guiara únicamente por el criterio de "tiene salidas" a la hora de elegir mis actividades... ¡qué pobre sería mi vida! Mi creatividad se vería reducida a la mínima expresión, cuando no anulada del todo. Según ese criterio yo dejaría de escribir, pues no me aporta beneficios económicos; dejaría de hacer fotos, dejaría de hacer deporte, dejaría de organizar excursiones al campo para mis amigos, nunca habría adiestrado perros (el beneficio económico no era suficiente para llegar a fin de mes), dejaría de leer, dejaría de cocinar... dejaría de hacer tantas cosas, que, prácticamente, me convertiría en una especie de vegetal. ¿Y no es mejor elegir alguna de esas actividades, y convertirla en mi profesión? Al menos intentarlo, luchar por ello, inventar un camino y seguirlo, soñar y perseguir ese sueño. ¿No es así más rica la vida? Yo, sinceramente, creo que sí. Y por eso, además de buscar un trabajo que me ayude a sobrevivir económicamente, he decidido dedicar más tiempo a partir de ahora a aquellas actividades que se me dan bien, que me apasionan, y que, con esfuerzo y tesón, antes o después puedan convertirse incluso en una profesión, o, al menos, en un complemento a mi profesión, que, hoy por hoy es la de técnico de calidad alimentaria y es donde espero estar trabajando dentro de poco.

Por ello, pronto lanzaré por Internet mi segundo libro de relatos. Y por ello también voy a hacer ese curso de coaching social. No sé si me ganaré la vida o no como coach, lo que sí sé es que seré un buen coach y ayudaré a muchas personas a alcanzar sus objetivos en la vida. Ayudaré a muchas personas a abandonar  ese criterio pobre de hacer las cosas "porque tienen salidas laborales". La vida es mucho más que eso, y debe ser vivida en plenitud, no de una manera rancia y timorata. 

El mundo necesita de gente que ame su profesión, de gente a la que le apasione lo que hace. El mundo es de los valientes. ¡¡Vamos a conquistarlo con pasión!!

lunes, enero 12, 2015

LIBERTAD DE EXPRESIÓN


Una vez pasada la tormenta de los execrables atentados de París, quisiera hacer aquí una serie de reflexiones personales. No sé si es el lugar adecuado, pero es el altavoz que tengo y no quiero dejar pasar la oportunidad.

No creo necesario manifestar de nuevo mi horror hacia lo ocurrido en París estos días. Cualquier atentado contra la vida merece mi más firme repulsa y condena. No he dudado ni un instante, y no me arrepiento de ello (es más, me reafirmo) en solidarizarme con los trabajadores de Charlie Hebdo. Pero como lo cortés no quita lo valiente, creo necesario  hacer una serie de reflexiones. Desde la calma, desde el respeto, y después de haber leído unos cuantos artículos al respecto en estos últimos días.

Creo que la libertad de expresión es un derecho fundamental que ha de ser defendido a toda costa. Pero creo también que  no todo vale en nombre de la libertad de expresión. La libertad de expresión termina donde empieza el derecho a la dignidad y al honor de los demás, ya sean los demás personas individuales o instituciones de cualquier tipo (religiosas, civiles, militares, políticas...). No me parece moralmente aceptable publicar viñetas como las que publica Charie Hebdo, cuando esas viñetas atacan frontalmente la dignidad y el honor de diversas religiones. Nada justifica lo que ocurrió el otro día en París, pero tampoco me parecen aceptables este tipo de publicaciones. La libertad ha de ser sagrada, pero no es un bien absoluto. Mi libertad termina donde empieza la del vecino. Y ha de ser así, pues si no ponemos límites, la convivencia pacífica sería imposible. Tengo derecho a disfrutar de una alegre velada con mis amigos en mi casa, hasta la hora que me dé la gana. Pero ese derecho ha de ser compatible con el que tienen mis vecinos a disfrutar de un descanso reparador. Si el tono de las voces de mis amigos, si la música que ponemos, si el ruido en general, se eleva por encima de unos niveles aceptables, ya no estoy respetando el derecho que tienen mis vecinos a descansar, ya no estoy haciendo un uso racional y respetuoso de mi libertad.

Seguiré siendo Charlie Hebdo cuando de defender la libertad de expresión se trate. Pero dejaré de ser Charlie Hebdo, es más, me opondré frontalmente a Charlie Hebdo (o a cualquier otro medio de comunicación), cuando, en nombre de una falsa libertad de expresión, se ataquen la dignidad y el honor, ya sea de personas, de religiones o de cualquier otro tipo de institución. Y lo haré, eso sí, con las únicas armas con las que me parece aceptable hacerlo: el papel y el lápiz, o, como en este caso, el teclado y la pantalla del ordenador. Lo haré también, ni que decir tiene, siempre desde el más profundo respeto. Creo necesario, para convivir pacíficamente, poner una serie de reglas, una serie de límites, sin los cuales esa convivencia se hace imposible. Y dentro de esos límites todos podemos jugar. Fuera, la baraja se rompe. Libertad sí, responsabilidad también.


sábado, enero 10, 2015

PEQUEÑOS ACTOS II


Vamos con la segunda parte de esas pequeñas acciones, al alcance de cualquiera, que pueden ayudarnos a ser un poco más felices. En el artículo anterior nos quedamos en la número 10. Continuemos:

11: Sueña. Dedica algo de tiempo cada día a soñar con aquello que quieres llegar a ser, aquello que quieres alcanzar, aquello que quieres lograr. Piensa cómo vas a alcanzarlo, cree que esos sueños pueden hacerse realidad si empiezas por dar el primer paso. Sueña alto, no te quedes corto, cree en ti.

12: No gastes de más. Vivimos en la sociedad del consumo, nos creamos necesidades superfluas, vivimos por encima de nuestras posibilidades. Limita tus gastos, piensa qué es lo que realmente necesitas para vivir. Te darás cuenta de que puedes prescindir de muchas cosas que, sin darte cuenta, habías considerado imprescindibles. 

13: Anota. Lleva contigo un pequeño cuaderno, una libreta, y anota las ideas que te surjan en los momentos más insospechados. Una de las anteriores acciones consistía en escribir. Cuando uno empieza a tener ese hábito, le surgen ideas en los momentos más peregrinos. Si llevas a mano una libreta, podrás anotar esa idea y después, más tranquilamente, desarrollarla.
También puedes anotar fechas de citas, cumpleaños, aniversarios, etc., para que no se te olviden. O cosas pendientes por hacer, tareas pendientes. Ahorrarás sitio en tu memoria, y no correrás el riesgo de que se te pase alguna cita importante.

14: Organiza tu tiempo. A menudo nos quejamos de que nos falta tiempo para hacer todo lo que queremos hacer a lo largo del día. Pero muchas veces en realidad no es que nos falte tiempo, sino que el que tenemos lo organizamos mal. También es una cuestión de priorizar. No siempre lo más urgente es lo más importante. Haz una lista de lo que quieres hacer a lo largo del día, y piensa qué tiempo vas a dedicar a cada cosa. Verás cómo, poco a poco, el tiempo te cunde cada vez más.

15: Reordena tus prioridades. Como decía antes, no siempre lo urgente es lo más importante. Piensa sobre ello, y después organiza tu lista de actividades en función de ello. Si haces primero las cosas más importantes, comenzarás a sentirte mejor contigo mismo.

16: No pierdas el tiempo. Decíamos antes que a menudo nos quejamos de la falta de tiempo. Pero, ¿cuánto tiempo dedicamos a cosas inútiles, o que no son importantes y nos quitan tiempo de hacer cosas que nos aportarían mayores beneficios? Identifica al menos cinco formas con las que normalmente pierdes el tiempo, y limita el tiempo que les vas a dedicar. ¿Ves mucho la televisión? ¿Dedicas un tiempo excesivo a las redes sociales? ¿Pasas horas delante de Internet sin necesidad de ello? ¿Dedicas mucho tiempo a los video juegos? Son sólo algunos ejemplos. Piensa sobre ello, y cuando estés haciendo algo, pregúntate si estás empleando tu tiempo de la mejor manera que podías estar haciéndolo. Poco a poco lo aprovecharás mejor.

17: Concentra tu energía. Si haces demasiadas cosas, la energía se dispersa. O, como dice el refrán, "el que mucho abarca poco aprieta". Pon el foco en algo, y hazlo sin distracciones. Pon en ello toda tu energía y toda tu atención, sin pensar en lo que vas a hacer después. 

18: Autoevalúate. Al llegar cada noche, piensa en lo que has hecho a lo largo del día. Dedica cinco o diez minutos a pensar en tus logros, en lo que has hecho bien, lo que podías haber hecho mejor, lo que te gustaría haber hecho y no has hecho. Y piensa también qué vas a hacer el día siguiente para hacer mejor lo que quieres hacer mejor. Examínate también al final de cada semana.

19: Ordena tu área de trabajo. Esto está muy relacionado con la acción con la que abríamos el artículo anterior. Si tienes tu zona de trabajo ordenada respirarás mejor, tendrás todo más a mano, no perderás tiempo en buscar lo que necesitas y rendirás más.

20: Come más sano. Aprende qué alimentos son sanos y cuáles no, y empieza a desechar de tu dieta diaria todo aquello que sobra, a la vez que vas incorporando alimentos que contribuyen a mejorar tu alimentación. Que tu medicina sea tu alimento, y tu alimento tu medicina, decía Hipócrates. 
Come cinco veces al día, planea tus menús, bebe al menos dos litros de agua al día, come frutas, verduras, hortalizas, reduce el consumo de carne, también el de fritos, grasas saturadas, alimentos procesados... Una buena alimentación te ayudará a estar mejor contigo mismo.

21: Haz ejercicio. Hazlo todos los días, si puedes. No es necesario que salgas a correr a diario, ni que vayas al gimnasio día sí y día no. Puedes hacer esto un par de días o tres en semana, y el resto de días cambiar ciertos hábitos: olvídate del ascensor y de las escaleras mecánicas del metro; utiliza menos el coche y más el transporte público; bájate una parada antes de tu destino y continúa caminando. Seguro que si piensas un poco se te ocurren más cosas.

22: Medita. Pasa cada día un tiempo en silencio y soledad, contigo mismo, meditando, respirando, calmando tu mente. Sé constante, y poco a poco verás los beneficios. Dicen que después de ocho semanas de meditación los cambios en el cerebro empiezan a ser perceptibles. Desde luego, se ve la vida de otra manera, la atención se vuelve más plena, mejora la consciencia...

23: Aprecia a tu pareja. O aquellos con los que convives a diario. En lugar de fijarte en lo que te molesta, o en sus defectos, busca lo positivo que tienen esa persona o personas, y anótalo. Ten pequeños gestos que fortalezcan la relación.

24: Socializa. Conoce gente nueva en la medida de tus posibilidades. En "la vida real", y también en las redes sociales. Sigue a alguien nuevo en Twitter, comenta en algún blog, etc.

25: Cultiva la paciencia. Si vives en una gran ciudad tendrás mil motivos para ello. Un atasco, un centro comercial lleno de gente, calles atestadas en las que es imposible avanzar... Si no vives en una gran ciudad, también tendrás muchos motivos. Un comentario de alguien que te molesta, un juicio injusto, una llamada inoportuna... Respira, cuenta hasta diez, o hasta cien si hace falta, antes de responder.

26: Da. ¿Recuerdas el punto doce? Si lo llevas a cabo, tendrás más posibilidades de compartir con los que más lo necesitan. Y en cualquier caso, no siempre es necesario tener dinero para dar. Hay multitud de buenas acciones que no requieren dinero ninguno. Incluso bendecir a alguien en silencio. O agradecer y halagar a las personas que lo merecen. A menudo por supuesto que el trabajo que otros hacen por nosotros es lo que deben hacer, y no se lo agradecemos ni lo valoramos. Prueba a hacerlo, con una sonrisa, y pronto verás los resultados. Cuando uno vive dando, antes o después acaba recibiendo. Es el llamado efecto boomerang. Pruébalo. Funciona.

27: Escucha. Pero escucha de verdad. Piensa que escuchar no es guardar turno para hablar. Practica una escucha activa, ponte en el lugar de la otra persona, no juzgues lo que está diciendo aunque no estés de acuerdo. Cuando te estén hablando céntrate en el mensaje de la otra persona, y no estés pensando en lo que vas a contestar. Pregunta si necesitas que te aclaren algo. Escucha. Escucha de verdad.

28: Empatiza. Es parecido al anterior, pero no exactamente igual. Intenta ponerte en el lugar de los demás. Especialmente cuando no comprendas su forma de pensar o actuar. Piensa que cada persona tiene detrás una historia que desconoces, y que le lleva a actuar como actúa. No le juzgues por ello.

29: Confía. Una vez más, no juzgues. Piensa que todo el mundo trata de dar lo mejor de sí mismo. Y que si no te dan lo que querías, probablemente no es por que no quieren, sino porque no saben o no pueden. Confía en la buena voluntad de la gente, intenta comprender, disculpar, e interpretar lo que otros hacen de la mejor manera posible. Piensa bien de los demás.

30: No te compares. Vive tu propia vida, y no te compares con los demás, ni para bien ni para mal.

Intenta poner en práctica estos 30 puntos durante al menos cien días. Cada vez te irán costando menos, empezarán a convertirse en hábitos, y tu vida será más feliz y más tranquila. Empieza a probarlo, y si quieres me cuentas. ¡Ánimo!








domingo, enero 04, 2015

PEQUEÑOS ACTOS I


No hace mucho escribí un artículo en el que hablaba de pequeñas acciones cotidianas que nos podían ayudar a cambiar nuestra forma de vivir, y así provocar un cambio en nuestro entorno. Estos cambios, aparentemente insignificantes, acaban provocando una ola que cada vez se va haciendo más grande, cada vez se extiende más, y, poco a poco, se va creando un mundo mejor.

En esa misma línea, hace poco leí un artículo en el que se daban consejos para llevar una vida más feliz. Se trata también de pequeños actos que mejoran nuestra relación con nosotros mismos y con los demás. A continuación presento a mis lectores un resumen de aquel artículo, con mis propias palabras y mis propias reflexiones. Es un poco largo, por lo que lo dividiré en varias entregas, ya que si no se alargaría en exceso. Aquí va la primera parte.

1: ordenar. Desde pequeño he escuchado repetidas veces la frase "hay un sitio para cada cosa, y una cosa para cada sitio". Pues de eso se trata, de tener las cosas ordenadas. Personalmente he comprobado que cuando interiormente estoy desordenado, es decir, cuando algo dentro de mí no está bien, tiendo también al desorden exterior (dejo las cosas en cualquier sitio, acumulo la ropa encima de la cama o en una silla en lugar de guardarla en su sitio...) y, poco a poco, voy acostumbrándome a ese desorden. He comprobado también que si, aun estando desordenado por dentro, decido empezar a poner orden por fuera, ese desorden interior comienza a remitir. El cuerpo es sabio, y da órdenes a la mente. Si a través del cuerpo "hacemos creer" a nuestra mente que todo está bien, en nuestra mente todo empezará a estar bien. Por tanto, si físicamente empiezo a ordenar cosas, mi mente empezará a creer que todo está bien, y empezaré a restablecer mi orden interior. Pruébalo, y verás como funciona. Si sacas algo, devuélvelo después a su lugar; si abres un cajón, un armario, una puerta, déjalo después como estaba; si llegas a casa y te quitas el abrigo, cuélgalo en una percha y no lo dejes por ahí tirado.

2: arregla. Echa un vistazo a tu casa, y seguro que encuentras cosas que están deterioradas o que no funcionan, y que se pueden arreglar. Las tenemos así por desidia, y, día tras día, vamos diciendo, "ya lo arreglaré". A veces basta con cambiar unas pilas, sustituir una bombilla o encolar la pata de un taburete. Son pequeñas cosas que no requieren demasiado esfuerzo, pero que al ir dejándolas para más tarde se van acumulando y cada vez nos va dando más pereza.

3: siéntete agradecido. Haz una lista de cosas por las que sientas gratitud. Pero no escribas esa lista de una sentada. Escribe cada día sólo unas pocas. Seguro que si piensas despacio salen muchas. Yo, por ejemplo, tengo que salir a la calle y ver a un ciego para darme cuenta de que tengo la enorme fortuna de ver el mundo con mis propios ojos. Pues esa es una de las cosas que apuntaría en mi lista: siento un gran agradecimiento por poder ver. Me siento agradecido por la educación que he recibido, porque mis padres tienen buena salud y puedo contar con ellos, porque tengo buenos amigos con los que divertirme y en los que apoyarme, porque a cuatro pasos de Madrid tengo una sierra maravillosa por la que poder perderme... Y así la lista crece y crece, y el agradecimiento va sustituyendo a la queja, enfocándonos en las cosas que tenemos y no en las que nos faltan.

4: haz cosas que te gusten. Y para ello, haz una lista de cosas que te guste hacer (piensa, e intenta sacar al menos 20 pequeñas cosas). Después, intenta hacer cada día al menos una. En mi lista habría cosas como leer, escribir, ver una película, hablar con algún amigo, hacer fotos, retocar esas fotos, dar un paseo por el campo, comer al aire libre... Son sólo algunos ejemplos, y seguro que todos tenemos un montón. 

5: ríete. Busca la forma de hacerlo, hay mil motivos. Encuentra cada día al menos un momento para reírte. Y si no encuentras razones, prueba a hacer un taller de yoga de la risa. Yo lo he probado, y te aseguro que funciona. Se trata de una práctica en la que uno se ríe sin motivo. A través de diversos ejercicios, se provoca la risa, y con ello se obtienen un montón de beneficios. Si te interesa, ponte en contacto conmigo porque tengo un amigo que tiene entre sus planes organizar próximamente un taller. Ríete y verás como tu vida cambia.

6: lee. Pero no leas cualquier cosa. No valen revistas del corazón, ni prensa amarilla, ni tebeos del Capitán Trueno. Busca algo que requiera más esfuerzo, aunque al principio te cueste concentrarte. Si no tienes hábito de lectura, empieza por poco tiempo (cinco minutos, por ejemplo), y, poco a poco, empezarás a ver los beneficios, y empezarás a descubrir el placer de la lectura.

7: aprende. Intenta aprender cada día una cosa nueva. No se trata de aprender grandes cosas, sino cosas accesibles. Por ejemplo, el nombre de ese árbol con el que te cruzas todos los días al ir al trabajo; o la capital de un país lejano; o el nombre de esa canción que a veces resuena en tu cabeza sin saber ni quién la canta. Y si llega el final del día y no has logrado aprender nada nuevo... coge el diccionario y busca una palabra que desconozcas. Apréndela y trata de incorporarla a tu vocabulario.

8: Deja de quejarte. Esto va en línea con el punto 3, "siente agradecimiento". Si llevas a cabo ese otro punto, será más difícil que te quejes por cualquier cosa. Recuerda que el diálogo interno negativo produce pensamientos negativos, y los pensamientos negativos acaban produciendo resultados negativos. Permanece atento a tus pensamientos, y cuando percibas que estos son de queja, páralos. Si estás en un atasco, no te quejes, busca algo positivo en lo que pensar. Si el dependiente de un establecimiento te atiende de malas maneras, sonríele, dale las gracias y deséale un buen día. Próximamente escribiré un artículo sobre los beneficios del lenguaje positivo.

9: Madruga. "A quien madruga Dios le ayuda", dice el refrán. Y es sabio. No importa que no creas en Dios, madrugar tiene sus efectos positivos. Prueba a poner el despertador cada día un minuto antes, durante los próximos cien días. Y salta de la cama en cuanto suene. Abre la ventana, estírate, saluda al nuevo día con energía. A medida que pasen los días, irás teniendo un tiempo que antes no tenías para hacer nuevas cosas antes de irte a trabajar, o a estudiar, o a hacer lo que tengas que hacer.

10: Escribe. Busca un momento tranquilo en el día (por ejemplo, si llevas a cabo la acción anterior, tendrás un tiempo precioso para escribir por las mañanas) y escribe cualquier cosa que se te pase por la cabeza. Puede ser un diario, puedes inventar una historia, puedes escribir sobre una película que viste ayer... Dedica a ello unos minutos cada día. Esto estimulará tu creatividad, tu capacidad de expresión, mejorará tu vocabulario, enriquecerá tu capacidad de análisis... Escribir tiene multitud de beneficios que ni sospechas.

Y hasta aquí el artículo de hoy. Próximamente continuaré con nuevas acciones que aportarán felicidad a tu vida. Empieza ya a poner en práctica las diez del artículo de hoy, y dentro de poco irás recogiendo los beneficios de la siembra. ¡Adelante!


lunes, diciembre 22, 2014

UNA VEZ AL DÍA


Todos queremos cambiar el mundo. Hables con quien hables, parece que nadie está demasiado contento con el mundo en el que vivimos. Y no es para menos. Sólo hay que mirar la gran desigualdad que hay entre el llamado primer mundo y el tercero, la cantidad de injusticias que se cometen en el mundo, el hambre, las guerras, la mediocridad de los políticos, y tantas cosas más, para echarse a llorar. A veces dan ganas de meterse en la cama y no salir. Pero... ¿realmente podemos cambiar el mundo? Bueno, no es sencillo. Pero lo podemos intentar. Y para ello hay que empezar por nosotros mismos. Si nosotros cambiamos, nuestro entorno cambiará. Probablemente nuestro entorno sea pequeño, no lleguemos a mucha gente. Pero si nuestro entorno cambia, ese entorno influirá sobre otro entorno. Y así, poco a poco...

Hace tiempo leí en Internet una propuesta muy interesante, de la que saqué algunas ideas. Se trata de una serie de acciones que podemos llevar a cabo diariamente, para ir, poco a poco, pasito a pasito, provocando una transformación en nosotros mismos. 

Se trata de, una vez al día, y durante un año entero, hacer las siguientes cosas:

1. Leer al menos una página al día. De esta manera, al final del año, habrás leído al menos un par de libros. ¿Que te parece poco? Pues adelante, lee más de una página. El caso es saborear el placer de la lectura, enriquecerse con buena literatura.

2. Hacer una foto al día. Esto ya requiere algo más de esfuerzo. Pero no tanto. Todos tenemos ya móviles que hacen fotos increíbles. Así que ni siquiera hay que molestarse por llevar una cámara encima. Párate, contempla lo que tienes alrededor, observa, piensa... y dispara. Al final del año tendrás una colección de imágenes que te darán una idea de dónde está tu punto de vista y cómo evoluciona.

3. Una buena acción al día. Busca la tuya. Hay miles de cosas que podemos hacer para facilitar la vida a los demás. Esto hará que salgamos de nosotros mismos y nos fijemos en qué es lo que necesitan los demás.

4. Una entrada en un blog. ¡Uf, esta ya es más complicada! Y lo digo por experiencia, escribir cuesta. Pero... ¿quién dijo que cambiar fuera fácil? ¡Algún esfuerzo habrá que hacer! Si no, seguiremos igual: quejándonos de lo mal que está el mundo pero sin hacer nada por cambiarlo. A base de pequeños esfuerzos, los que tendremos que hacer para llevar a cabo este repertorio de ideas, iremos educando nuestra voluntad. 

5. Desconectar de todo durante un rato, una vez al día. Ni Internet, ni radio, ni TV, ni teléfono... Tú mismo contigo mismo. Puedes meditar, puedes pensar, puedes hacer yoga, puedes rezar... Al menos durante cinco minutos. Cuando vuelvas al mundo todo lo verás de otra forma diferente. Especialmente cuando lleves haciendo esto muchos días.

6. Buscar una buena conversación con alguien. Tenemos nuestras cuentas de facebook y twitter llenas de amigos, llenas incluso de personas a las que no conocemos. Basta con preguntarle a alguien por su día, cómo le va, si tiene mucho trabajo, si está cansado, triste, alegre. En fin, buscar el contacto con los demás.

7. Un tweet con un hashtag propio, inventado para el momento. Estrújate el cerebro, intenta ser original. O no lo seas. Simplemente escribe, cuenta lo que te pasa, ríete, desahógate, escribe.

8. Vivir sin. Hay cientos de cosas de las que podemos desprendernos. Por ejemplo, la TV, que tanto contamina nuestras mentes. Pues... ¡adelante!

Y, si puedes con más, no te conformes con menos. ¡Adelante! Se está acabando 2014 y pronto empezará 2015. Podría ser este un buen propósito para enriquecer nuestras vidas, y las de los demás, en el nuevo año.

jueves, diciembre 11, 2014

VIVIR CON LOS OJOS ABIERTOS


¿Por qué me quedé callado aquél día, cuando quería gritar?
¿Por qué me rendí tan pronto, cuando aún me quedaban fuerzas?
¿Por qué pesó más hacer lo correcto, que hacer lo que realmente sentía?
¿Por qué fue más importante dar una buena imagen, que dar un buen abrazo?

Son algunas de las preguntas que se hace el protagonista del vídeo que presento a continuación. Jano Galán es un chico de 38 años, casado y con tres hijos. En mayo de 2012 le fue diagnosticada una terrible enfermedad: ELA. Sabe que va a morir pronto, y ha decidido vivir de verdad la vida que le quede. 



Son muchas las preguntas que surgen al ver este triste, pero a la vez alentador vídeo. Un vídeo que debería lanzarnos a la acción. Y es que a menudo nos pasamos el tiempo esperando a que ocurra algo para empezar a vivir. Esperamos a tener un buen trabajo para hacer esto o aquello; esperamos a tener mayor estabilidad emocional para decirle a esa persona que tanto nos gusta que queremos caminar con ella por la vida; esperamos a que otro nos diga te quiero para decírselo nosotros también; esperamos a  estar seguros de que vamos a ser correspondidos antes de decir a alguien "me gustas"; esperamos a tener mejor salud para empezar a hacer algún deporte; esperamos a tener más dinero para hacer aquel viaje soñado; esperamos a que las circunstancias sean más favorables para llevar a cabo aquel proyecto que tanto anhelamos. Y mientras esperamos, la vida pasa, y nunca nos ponemos en marcha porque siempre hay algo por lo que esperar, siempre encontramos la excusa perfecta para no dar el primer paso.

La vida es breve, pasa en un suspiro. Y puede llegar un día en el que ya no tengamos tiempo de hacer todas aquellas cosas que queríamos hacer. Llegará un día en el que miraremos atrás, y nos preguntaremos si vivimos como en realidad queríamos haber vivido, si llevamos a cabo nuestros sueños, si luchamos por aquello que de verdad nos importaba, si fuimos capaces de amar sin reservas, entregando el corazón sin miedo a salir heridos. Y llegará un momento en el que, si no hemos hecho todo eso, será ya tarde. Por eso hay que vivir ahora, con lo que tenemos, apostando fuerte por la vida, apostando por el amor, jugándonos todo a una sola carta, arriesgando, liberándonos de falsas ataduras, amando con mayúsculas, sin complejos, sin miedos, sin paracaídas. 

Podemos y debemos ser extraordinarios. No conformarnos con ser uno más, uno del montón. La vida es bella, y merece la pena ser vivida a lo grande. ¿Por qué conformarse con ser ave de corral, si podemos volar como águilas? La lección que nos da Jano es esa. Empezar a vivir ya, sin esperar más. Sin esperar a que pase algo. Sin esperar a que ya sea demasiado tarde. La vida empieza hoy, es ahora. No mañana, ni otro día. Hoy, aquí, ahora.