miércoles, julio 30, 2014

GENEROSIDAD


Antes de nada, pido perdón a mis lectores, si es que alguno queda, por mi ausencia en estas páginas durante algo más de dos meses. Podrían esperar ustedes una razón seria que justifique dicha ausencia, pero no la van a tener. Y no la van a tener por el mero hecho de que no existe. Sí, es cierto que tengo obligaciones que cumplir. Pero no tantas como para faltar a la cita con... iba a decir con ustedes, pero... no sé si alguien me sigue esperando mis artículos en estas páginas. En cualquier caso, he faltado, durante dos meses, a la cita conmigo mismo, a la cita con la imaginación, a la cita con la perseverancia, a la cita con el trabajo constante. Todo eso, y quizá algo más, es lo que ha faltado en estos meses, y es lo que ha impedido que yo escribiera en estas páginas. Pero aquí estoy de nuevo. Y si no queda nadie que me lea, me pido perdón a mí mismo. Y sí, me perdono. Ya hemos hablado en algún artículo de la necesidad de perdonar y pedir perdón. Y si ese perdón no empieza por uno mismo, mal comienzo. Es difícil entonces, muy difícil, ser capaz de perdonar a los demás.

Pero bueno, basta ya, que como preámbulo es suficiente. Hoy quería escribir sobre un artículo que encontré hace algunas semanas, artículo que guardé en los favoritos de mi navegador. Pero, oh desgracia, cuando he ido a echar mano de él... ya no estaba. El periódico online que lo había publicado ya lo había borrado de su caché. No puedo, por tanto, dar detalles. Pero sí puedo esbozar, o al menos intentarlo, un resumen de lo que contaba aquel artículo. Y era, sencillamente, que un niño, no recuerdo la edad pero imagino que en torno a diez años, había donado a los pobres todos sus regalos de primera comunión. Sin que nadie le dijera nada, sin que nadie le conminara a ello (los adultos hablan de generosidad muchas veces, pero dudo que alguno animara a un niño de diez años a donar todos sus regalos de primera comunión). Él solo, en un heroico acto de generosidad, decidió prescindir de todas aquellas cosas, que en realidad no necesitaba. A su edad, ya era consciente de que muchos niños como él no sólo no pueden permitirse el lujo de recibir regalos (ya sea por su primera comunión, ya sea por su cumpleaños, ya sea en Navidad...), sino que, muchos de ellos, ni siquiera tienen un trozo de pan diario que llevarse a la boca.

Eso es generosidad, y lo demás son tonterías. Se me puede objetar que quizá el niño nadaba en la abundancia, y... ¡qué menos! Sí, es posible. Pero no deja de ser un niño. Y, por muy generoso que se sea, a esa edad (y a cualquier otra, qué narices) unos cuantos regalos siempre hacen ilusión. Y, para desprenderse de ellos, hace falta coraje, hace falta tener un sentido del desprendimiento muy grande, hace falta tener grandes dosis de generosidad.

Ojalá cundiera el ejemplo. Pero no sólo entre los niños que reciben regalos por su primera comunión. Es más, no sobre todo entre esos niños, sino entre nosotros, los adultos, que tan apegados vivimos a nuestras cosas, a nuestro mundo, a nuestro tiempo, a nuestras miserias. Ojalá fuéramos capaces de empezar a vivir con menos, y, sobre todo, empezar a vivir mirando a los demás en lugar de mirándonos el ombligo. Quizá entonces podríamos empezar a estar en condiciones de llegar a construir un mundo mejor.

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sábado, mayo 24, 2014

HUIR DE LA MUNDANIDAD

Escribe, escribe, ¡escribe!, y no pares de escribir; haz fotos, lee, dibuja, da rienda suelta a tu imaginación. Exprésate, sé libre, crea, da vida a tus sueños, a tus ideas. Trabaja sin cesar, día y noche, realízate, encuéntrate, enloquece y cambia el mundo con tu locura.
Pon la pluma en el papel y déjala correr, no te detengas, ¡sigue hasta el final! Que te llamen loco, que se aparten de ti, que no te comprendan, pero tú sigue hasta el final. 

Busca, sé libre, ¡sé libre! No desees su comprensión, bástate a ti mismo, tú y Dios es suficiente, sé feliz, no dejes que te aten, libérate y corre, no te detengas ni mucho menos dejes que te detengan. ¡Quieren que seas como ellos! Pero no, uno más no, sé único, busca tu identidad, ¡escapa!, huye de la mundanidad.

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miércoles, mayo 07, 2014

¿ME PERDONAS?



Pedir perdón es algo que no es fácil. Perdonar, a veces, tampoco. Sin embargo, merece la pena hacerlo, merece mucho la pena comerse el orgullo y pedir perdón, perdonar a esa persona que tanto daño nos ha hecho, incluso a esa que nos hace la vida imposible. Merece la pena aprender a perdonar y a pedir perdón, porque la paz que ello deja en el interior no se puede describir con palabras. El rencor y el orgullo destruyen las relaciones entre las personas, entre las comunidades, entre los países. No saber perdonar y no saber pedir perdón es causa incluso de graves conflictos, de guerras, de destrucción. 

Es difícil, sí. Pero las cosas que más cuestan son las que más merecen la pena. Como dice el vídeo que adjunto a continuación, nunca deberíamos cansarnos de perdonar ni de pedir perdón. Si queremos aprender a AMAR con mayúsculas, primero debemos aprender a perdonar y a pedir perdón. No vale dejar pasar las cosas, dejar pasar el tiempo. Porque las ofensas, las pequeñas rencillas, los malentendidos, los agravios, las peleas pequeñas o grandes, van dejando poso si no se solucionan, si se dejan pasar esperando que sea el tiempo el que lo arregle todo. En este caso el tiempo lo único que hace es agrandar la pelota y hacer cada vez más difícil la reconciliación. Es necesario, como decía al principio, comerse el orgullo, la vergüenza, los prejuicios, los respetos humanos y lo que haga falta comerse, agachar la cabeza y pedir perdón. A todos nos iría mucho mejor si lo hiciéramos. 

Podría seguir escribiendo y dando razones. Pero muchas veces una imagen vale más que mil palabras. Así que aquí os dejo este vídeo. Compártelo, vamos a intentar que dé la vuelta al mundo. Merece la pena. Gracias.

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domingo, abril 20, 2014

PERSEGUIR LOS SUEÑOS


Tengo un recuerdo de infancia, un recuerdo de esos que quedan indelebles en la memoria, pero que son muy vagos, muy difusos. Debía de ser yo muy pequeño, de ahí que dicho recuerdo sea como una nebulosa. Había una vaca que echaba humo por la nariz (evidentemente, eso era lo que yo veía con mis ojos de niño; no hace falta decir que las vacas no echan humo por "la nariz", sino que sería más bien el vaho por la diferencia de temperatura entre el ambiente y la superficie del animal), había también un olor penetrante a cuadra, y había algunos conejos. Había también mucha paja. Eso es lo que recuerdo, y, como digo, de manera muy difuminada. Era en Cantabria, probablemente en Guarnizo. Esto no lo sé con seguridad, pero... si ese nombre se me quedó grabado en la memoria, por algo será. También tengo el recuerdo de haber insistido más tarde a mis padres, en diferentes ocasiones, que cuándo íbamos a ir de nuevo a ver a la vaca que echaba humo.

Hay en mi memoria otro recuerdo, este algo más reciente, pero también de mi infancia. Mi madre y mis abuelos, en verano, iban a misa diaria a una residencia de monjas. Algunas mañanas yo hacía un gran esfuerzo, me levantaba pronto y me iba con ellos. Junto a la residencia había un establecimiento donde vendían huevos. Huevos recogidos directamente de la puesta de las gallinas que en ese mismo establecimiento tenían. Recuerdo el olor, y recuerdo que mi gran ilusión era ver a las gallinas, ver cómo vivían, cómo ponían los huevos. Y como no se me permitía, me conformaba con escuchar su cacareo y aspirar su olor. Así, era feliz un ratito, mientras mi madre y mi abuela compraban los huevos.

Son recuerdos, repito, muy vagos, especialmente el primero. Pero son recuerdos que han quedado grabados profundamente en mi memoria, en lo más profundo de mi alma. Y es que desde entonces, cuando estoy en el campo, todo mi ser vibra, siento algo muy especial que no puedo describir con palabras. El campo, los animales, la Naturaleza, me hacen revivir de la misma manera que la ciudad me ahoga. Soy feliz caminando por el campo, aspirando con deleite el olor a bosta, sí, ese olor que muchos consideran desagradable y a mí me abre los pulmones y me regenera el aire podrido respirado en la ciudad. Puedo quedarme horas contemplando un rebaño de ovejas, o de cabras, o viendo a las vacas pastar libremente por los verdes prados de la sierra madrileña.

Es mi sueño, y ojalá pueda hacerlo realidad algún día, vivir en el campo, del campo y para el campo. No sé aún cómo; quizá regentando algún establecimiento rural, quizá cultivando una huerta, o quizá una mezcla de todo ello y alguna cosa más. No lo sé. Pero sueño con ello, y aunque me llamen loco, perseguiré mi sueño, ese sueño grabado desde mi más tierna infancia.

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martes, abril 08, 2014

CULTURA DEL BIENESTAR


Más de uno pensará que estoy mal de la cabeza si digo que es la cultura del bienestar uno de los peores inventos del hombre occidental, y una de las causas, probablemente la principal, del adormecimiento moral de las personas. Occidente ha inventado una cultura que invita al quietismo, a la ley del mínimo esfuerzo, a huir de todo aquello que requiere entrega, sacrificio, un mínimo de sufrimiento. Y es así como ha fabricado hombres y mujeres de plastilina, peleles fáciles de manejar, personas que salen corriendo en cuanto oyen hablar de dolor y que ni siquiera son capaces de ir andando a la vuelta de la esquina porque para todo necesitan el coche. Es así como ha fabricado lo que hace años el psiquiatra Enrique Rojas denominó "el hombre light", o lo que Ortega llamó, si mal no recuerdo, "el hombre masa", un hombre con principios de quita y pon, un hombre que cabalga a lomos del relativismo, del hedonismo, del indiferentismo, del materialismo y del más exacerbado individualismo, un hombre que se deja llevar por la corriente, por lo fácil, por lo efímero.

Este hombre, que le podemos llamar light, pero bien podríamos llamarle estúpido, se caracteriza entre otras cosas por lo mencionado más arriba, pero se le podría definir también por muchos otros comportamientos. Uno de los más característicos es que cree tener por una de sus más fieles amistades a quien realmente es uno de sus peores enemigos, la televisión. Suele ponerla en casi todas las habitaciones de su casa, incluidas las de sus hijos, que crecen maleducados, sin control ninguno, por este aparato y toda la basura que emite. Muchas cosas podríamos decir de la televisión, pero se alargaría tanto este artículo que lo dejaremos para otro.

Otra de las cosas que caracteriza a nuestro hombre masa es la queja continua. Se queja porque hace calor, pero también se queja porque hace frío; se queja porque llueve, pero también porque no llueve; se queja porque tiene hambre, pero también porque ha comido demasiado; se queja porque no tiene trabajo, pero también porque trabaja al menos doce horas al día. Se queja incluso por sus excesos, que él mismo no ha sido capaz de controlar. Se queja, se queja, se queja, y no deja de quejarse, porque no sabe hacer otra cosa, aparte de estar tumbado frente al televisor, con el cerebro desactivado y absorbiendo como por ósmosis todo lo que la caja malvada le quiera contar.



Es un hombre, como decíamos al principio, incapaz del mínimo esfuerzo, incapaz de comprometerse con nada, un hombre que entra en depresión en cuanto se tambalea un poco el edificio de ilusiones (de vanas y falsas ilusiones) que se había construido. Otra de sus características es el sentimentalismo llevado al extremo. El amor no es tal para este hombre del siglo XXI, pues en cuanto las cosas vienen mal dadas huye, sale corriendo, no es capaz (ni siquiera se lo plantea) de buscar la manera de renovar la ilusión primera, de hacer lo que tiene que hacer y poner en juego la voluntad, el esfuerzo, la reciedumbre. Son todas ellas virtudes que no existen en su pobre y tibio diccionario. Para este hombre masa sólo cabe el disfrute, no entiende de entrega ni mucho menos de sacrificio. El amor -lo que él llama amor- dura lo que dura, y cuando se termina se busca otro y todo arreglado.

No es de extrañar que, ante un panorama así, uno de los negocios más lucrativos en este mundo sea el de la pornografía. Ni los sex shops ni la prostitución entienden de crisis económica, y mientras otros negocios se derrumban o, como mínimo, se tambalean, estos ni siquiera se inmutan. Y lo mismo podemos decir del mundo de las drogas. Un mundo al que, en su degradación más absoluta, acaba acudiendo muchas veces el hijo del bienestar, hastiado de un mundo que no le satisface, hastiado incluso de sí mismo y buscando evadirse en un mundo irreal que al final acaba dejándole aún más vacío de como estaba. 

Pero de este hombre quejoso, de este hombre ya anciano a los veinte años, de este hombre blandiblú, de este no será el mundo. Pues el mundo pertenece a los valientes, a los que saben luchar por un ideal, a los que se dejan la piel por aquello que vale la pena, a los que saben amar con mayúsculas, a los que tienen opiniones firmes que no cambian con el viento y van en busca de la Verdad. Estos, que son los verdaderos hombres, son los que alcanzarán la gloria, son los que se llevarán el laurel divino. 

He resumido mucho, pues son muchos otros los males que van asociados a la cultura del bienestar. Pero tiempo tendremos de extendernos en próximos artículos, y de hablar también de las virtudes con las que hacerle frente, virtudes que no están de moda pero que son fundamentales para sobrevivir en este mundo enfangado y pestilente. Por hoy, valga esta introducción a la cultura del bienestar, origen de muchos de los males que aquejan al mundo, especialmente a Occidente.

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viernes, marzo 28, 2014

LA PACIENCIA


La paciencia es una hermosa virtud que, en los tiempos que corren, muchas veces brilla por su ausencia. Me atrevería a decir que es casi incompatible con el ritmo de vida que llevamos. Queremos las cosas aquí y ahora, queremos resultados inmediatos, no sabemos esperar, y si algo tarda más de lo que esperábamos enseguida nos ponemos nerviosos. Y es algo que ocurre en todos los ámbitos de la vida. Ocurre en el trabajo, ocurre en las relaciones interpersonales, ocurre cuando vamos a comprar algo y tenemos que hacer cola para ello, ocurre cuando el ordenador tarda un poco más de lo esperado en dar el resultado de aquello que le habíamos pedido... A menudo perdemos la calma, incluso los estribos, y generamos conflictos innecesarios, por no saber esperar, por no ser capaces de cultivar la bella virtud de la paciencia. Quizá en ese sentido tenemos mucho que aprender de las culturas orientales, o incluso de los hombres del campo, que han aprendido a esperar, han aprendido que las cosas llegan cuando tienen que llegar. Habiendo trabajado antes para que lleguen, claro está. No se trata tampoco de sentarse a esperar que nos caigan las cosas del cielo, porque eso no tiene nada que ver con la paciencia y sí mucho con la holgazanería. Igual que el campo tiene sus ciclos, y, una vez preparado y cultivado, hay que esperar a que dé su fruto para llevar a cabo la cosecha, asimismo ocurre con todo lo que hacemos los humanos. Primero trabajar las cosas, cultivarlas, y después, con santa paciencia, esperar a que den sus resultados. Si actuáramos de esta manera, nos ahorraríamos muchos disgustos, viviríamos más relajados y más felices, nuestra calidad de vida mejoraría sustancialmente. Y existen muchas manera de ejercitar la virtud de la paciencia. Para los creyentes, una buena manera de aprender a ser pacientes es el santo abandono. Es decir, el ora et labora que nos enseñaron los monjes. Se trata de hacer lo que uno buenamente pueda, poner todo el esfuerzo en llevar a cabo lo que tiene entre manos, y, después, dejarlo todo en manos de Dios, para que pase lo que tenga que pasar. Y es la oración, donde uno se encuentra con ese Dios personal que nos escucha, el mejor método para cultivar la virtud de la que hoy hablo. 

Quizá esto para un no creyente suene raro. Pero es probable que no le suene tan raro si le hablo de meditación. Quizá algún día hable más despacio de esta técnica, pero, en líneas generales, meditar es sentarse en silencio durante un rato, y no ocuparse de nada más. Dejar a un lado las preocupaciones y los agobios, y preocuparse únicamente de respirar pausadamente y no pensar en nada. Así, poco a poco, la paciencia va formando parte de nosotros mismos y podemos ir aplicándola a todas las facetas de nuestra vida.
Otra técnica muy de moda hoy en día, en la que no estoy muy versado pero que, por lo poco que sé de ella tiene que ejercer efectos muy beneficiosos en quienes la practican, es la llamada mindfullnes. Una técnica que, resumiendo mucho -quizá un día también dedique algún artículo a ello-, consiste en estar concentrado en lo que uno está haciendo, sin preocuparse de lo que hizo antes ni de lo que tiene que hacer después. Así, las cosas salen mejor, la productividad se multiplica, y los esfuerzos se concentran de manera mucho más efectiva en lo que uno tiene entre manos, de manera que los resultados son mucho mejores.
En definitiva, se trata de, a través de las técnicas que consideremos más efectivas, aprender a ser pacientes. Lo agradeceremos nosotros mismos, alcanzando una mejor calidad de vida y disminuyendo el estrés que padecemos, y lo agradecerán los demás, con quienes seremos capaces de ser más amables y más comprensivos.

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domingo, marzo 02, 2014

VIVIR LA VIDA


Ayer sábado por la noche tuve la suerte de disfrutar de una cena-tertulia con el insigne doctor César Pérez de Tudela. Quizá conocido sobre todo por su relación con el alpinismo -es, de hecho, uno de los más conocidos divulgadores de este deporte en España-, Pérez de Tudela es, además, un pozo de sabiduría del que uno puede aprender muchísimo. Pérez de Tudela es licenciado en Derecho, doctor en Ciencias de la Información y miembro de la Real Academia de Doctores de España. Es, además, escritor -ha escrito más de 30 libros-, ha colaborado en programas de radio y televisión, y ha recibido numerosos premios, entre los que se encuentran la Medalla de Oro de la Real Orden al Mérito Deportivo, la Cruz de Plata al Mérito de la Guardia Civil, Placa de Honor de la Mutualidad General Deportiva, y muchos otros. Y a pesar de todo esto (y mucho más, que no relato aquí, pues entonces este artículo no acabaría nunca), César es una persona humilde, que no alardea de sí mismo ni de sus logros, con quien se puede hablar de tú a tú y dispuesto a transmitir todo su conocimiento con el único fin de estimular a cualquiera que quiera escucharle a vivir una vida plena y rica, como la que ha vivido -y sigue viviendo- él mismo.
Decía que Pérez de Tudela es un pozo de sabiduría. Pero lo es, además de por su extensísima cultura y abundancia de conocimientos, fundamentalmente por su amplísima experiencia de vida. César Pérez de Tudela ha estado varias veces al borde de la muerte, se ha enfrentado a ella cara a cara -él dice que ha vuelto más de una vez de la muerte-, y eso le ha dado una vitalidad, un optimismo ante la vida, una fuerza para luchar contra las adversidades dignas de admiración. Uno de los sucesos más trágicos a los que tuvo que enfrentarse fue la muerte de su mujer, Elena de Pablo, en una expedición al Himalaya. César acababa de coronar un duro pico de casi 8000 metros, y bajaba emocionado al encuentro de su mujer. Lo que encontró fue un cadáver. En su propio blog habla de aquella tragedia, y dice que ello representó para él una vacuna contra la vanidad y un doctorado de la vida.


Escuchar a César Pérez de Tudela es, sin duda, una grandísima suerte. Uno sale con más ganas de vivir, con mayor ilusión por alcanzar los propios sueños, con una gran vitalidad, con ganas de pelear hasta la extenuación por superarse a si mismo día a día. Podría extenderme hasta el infinito, seguir escribiendo líneas y líneas. La tertulia de ayer fue para mí una gran lección, y, como digo, una inyección de optimismo. Creo que nos quejamos demasiado por las dificultades que la vida nos presenta -yo, al menos, he de reconocerlo, lo hago-, y que en lugar de quejarnos, deberíamos afrontar las cosas como vienen y vivir la vida en su máxima expresión, exprimirla hasta agotarla, reírnos de nosotros mismos, de los peligros a los que podamos enfrentarnos -deberíamos enfrentarnos a más peligros, pues llevamos una vida demasiado cómoda y ese es uno de los mayores males de la sociedad de Occidente-, de las tragedias que la vida trae consigo. Decía anoche César, que si cae de una montaña lo más que le puede pasar es matarse. Y así es. Quizá la muerte no sea tan trágica como nos la presentan. O sí. Es posible que lo sea, si uno no ha sido capaz de vivir a tope, si uno ha dejado que los días vayan pasando sin más, que las hojas del calendario de su vida se vayan cayendo sin haber escrito en ellas nada interesante. Entonces, sólo entonces, es posible que la muerte sea una tragedia. Pero si uno ha sido capaz de vivir la vida como ayer nos la presentó César Pérez de Tudela, entonces la muerte no es más que otra etapa, el siguiente paso, el definitivo, el del encuentro con la eternidad, represéntesela cada uno como se la represente.
Estamos a tiempo -siempre lo estamos- de dar un giro a nuestras vidas. De convertirlas en algo especial, rico y lleno de aventura. La vida es una gran montaña que todos tenemos que subir, y no vale quedarse abajo mirándola sin más, por miedo a los peligros que podamos encontrar en el camino. Si hacemos eso, si renunciamos a subir la montaña, si renunciamos a vivir, nos iremos pudriendo poco a poco y nunca alcanzaremos la tan ansiada felicidad. Así que... vamos a vivir. Lo cual significa arriesgar, ganar unas veces y perder otras, caer y volver a levantarse, superar dolores y tragedias, reír y llorar con ganas, luchar, luchar hasta el agotamiento, luchar hasta el último suspiro.
Gracias, don César, por su gran ejemplo. Gracias de corazón.

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sábado, marzo 01, 2014

LA BELLEZA DE LA NATURALEZA



En mi artículo de hoy quiero compartir algo que escribí hace unos días, tomando un descanso en el cercano (cercano a Madrid) monte de El Pardo. Son sólo unas líneas, inspiradas por la belleza de todo lo que me rodeaba, inspiradas por la calma y la paz que todo aquello me transmitía. En ellas hablo de la Naturaleza, pero también hablo de Dios. Son ambas, para mí, Naturaleza y Dios, íntimamente conectadas. Es muy probable, sin embargo, que algunos de los que me leéis no creáis en Dios. Pero ello no tiene por qué alejaros de mis palabras, no tiene por qué provocar en vosotros una reacción de repulsa o de rechazo. Creo que, creamos o no creamos en Dios, todos los hombres tenemos algo en común que está más allá de nuestro estado corpóreo, algo que trasciende nuestra materialidad. Es algo que sale de lo más profundo de nosotros, una especie de anhelo por buscar siempre algo mejor, algo que no podemos explicar simplemente acudiendo a la ciencia o a cualquier otra explicación racional. Esa búsqueda de la felicidad que nos une a todos los mortales tiene que venir de algún sitio, pues está impresa en nosotros desde que nacemos. Y, al menos a mí así me pasa, cuando estamos en contacto con la Naturaleza, uno tiene la sensación de que esa felicidad es más fácil de alcanzar. Quizá si no crees en Dios puedas encontrar algo de Él subiendo a una montaña solitaria, buscando el silencio de un lago escondido, o contemplando la inmensidad del mar en una playa desierta. Te invito a ello. Y a continuación te dejo con lo que escribí aquel día.



Cae la tarde en el monte de El Pardo. El sol acaricia suavemente mi rostro mientras escribo; de fondo sólo se oye el trinar de algunas aves que empiezan a prepararse para dormir, y el rumor del agua que lleva el río, más caudaloso ahora gracias a las lluvias de los últimos días. Lejos quedan las prisas de la ciudad, los empujones en el metro, la contaminación, las calles atestadas de coches y de personas que corren hacia todas partes. Es todo un regalo este sitio, a tiro de piedra de Madrid, donde uno puede venir a evadirse, a relajarse, a respirar un poco de aire puro y a reencontrarse con la Naturaleza. A dejar a un lado los problemas y las preocupaciones, para más tarde retomar la actividad diaria con fuerzas renovadas y mayor alegría en el espíritu. Qué buen sitio este también para rezar, para encontrarse con ese Dios creador de todas estas maravillas. Qué grande tiene que ser un Dios que haya creado todo esto, un Dios al que se puede casi tocar simplemente escapándose un momento al campo, a la montaña, al mar. Qué grande...

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viernes, febrero 28, 2014

¡¡¡FRUTEEEROOO!!!


Imagino que os habrá extrañado el título de hoy. Y sí, quizá es un poco extraño. Lo es, al menos, si no se conoce la historia de la que voy a hablar a continuación. Si alguno de mis lectores vivió o veraneó en Collado Villalba hace ya algún tiempo, allá por los años 80, y quizá antes, quizá al leer el siguiente relato se le escape una sonrisa. Y entenderá perfectamente qué tiene que ver lo escrito con la belleza. Pero los que no vivieron aquellos años del antes pueblo, ahora casi un barrio más de Madrid... también podrán esbozar una sonrisa, simplemente imaginando tan entrañables escenas. Mucho han cambiado las cosas desde entonces. Pero siempre podemos volver a recordar tiempos pasados, que no tienen por qué ser siempre mejores que los de hoy (tenían cosas mejores y otras peores), pero que, de vez en cuando, viene bien traer al recuerdo para endulzar un poco nuestra memoria. Sin más, os dejo con el frutero Sebastián y la mula Cayetana. Recuerdos de mi infancia -feliz infancia- que me hace ilusión compartir con vosotros.




Todos los días venía, normalmente a la hora de comer –aunque a veces se retrasaba y llegaba en plena comida, y mi madre y mi abuela le maldecían, ¡este Sebastián, vaya horas!- con su mula Cayetana tirando de aquel carro repleto de frutas y verduras. Hacía notar su llegada con una voz grave, profunda y gutural, ¡¡Fruterooo!!, que ríanse ustedes del famoso alarido de Tarzán, tan popular por aquella época, puntual los sábados después de comer, en blanco y negro y en la primera cadena, cuando solo había dos cadenas de televisión.

Ya mucho antes de que el frutero Sebastián y su mula llegaran hasta la puerta de casa se le podía oír en la lejanía, tal era la potencia de voz de aquel hombre, y entonces salíamos corriendo a la calle a esperar la llegada de la singular pareja. Sin duda era uno de los mejores momentos del día. El mayor atractivo era Cayetana, paciente ella, siempre tirando del carro, con sus anteojeras para no desviarse del camino, que parecía que no tenía ojos; y sus moscas, porque ya formaban parte de ella, aunque trataba de espantarlas con el rabo, y ellas debían estar ya acostumbradas, y persistentemente revoloteaban sobre su lomo y en torno a sus ojos, se posaban, levantaban el vuelo y se volvían a posar, y el paciente animal, rabo va rabo viene, una y otra vez, sin cansarse y sin desesperar, como si de un automatismo se tratase, aunque ya las moscas ni se asustaban, creo yo.

Acariciábamos a la mula, a pesar de su suciedad y lo áspero de su pelo, y le decíamos cosas, y ella nos escuchaba, y de vez en cuando movía la cabeza como en señal de aprobación. Y de mayores queríamos ser fruteros, para ir tirando de una mula que tiraba de un carro, como Sebastián.
Pero no solo nos llamaba la atención Cayetana. También el peculiar frutero tenía su atractivo, con su sombrero de paja medio roto, su piel curtida por el sol y por los años, y sus andares de vaquero a lo John Wayne en aquellas películas del oeste, que no nos perdíamos ni una, los sábados después de comer, alternando con las de Tarzán, que por temporadas ponían las del oeste y por temporadas las de Tarzán.
Y el grito. Aquel ¡¡Fruteroo!! era lo mejor. Siempre tratando de imitarlo, aun sabiendo que era totalmente imposible, porque esa profundidad de voz solo la tenía Sebastián, y ni he oído ni volveré a oír, seguro, algo ni siquiera parecido.
Y también llamaba poderosamente nuestra atención la balanza de Sebastián. Una balanza romana, aunque entonces no sabíamos que era romana, pero sí que era antigua, una balanza de las de verdad, no como las de ahora, con sus pesas y su color ocre como oxidado por el tiempo y por el uso, y ese ruido tan característico que hacía cuando Sebastián ponía la fruta en el plato y luego lo colgaba del gancho de la balanza, y corría hacia abajo, y entonces la aguja marcaba el peso, y así Sebastián sabía lo que le tenía que cobrar a mi abuela, y nosotros no entendíamos como podía saberlo, y pensábamos que se lo inventaba o que ya lo sabía de memoria, y que lo de la balanza no era más que una especie de juego o un ritual para darle interés al asunto, pero a nosotros nos fascinaba aquella balanza.
Y cuando Sebastián terminaba de vender la fruta a la abuela y a las demás señoras que salían a comprar, continuaba su camino tirando del carro, paso a paso, bajo un sol abrasador que en aquellos días de julio y agosto, en plena canícula, derretía el asfalto, y más a aquellas horas de la tarde. Aunque en la colonia aún no había asfalto. Eso llegó –por desgracia llegó- algunos años más tarde. Las calles entonces eran de tierra, y por ellas corríamos con las bicis emulando a Pancho, a Javi, a Quique, a Tito y a Piraña, a Bea y a Desi, en busca de Julia y Chanquete, jugando a “Verano Azul”, que era lo que ponían en la tele en verano después de comer, en lugar de las películas del oeste y de Tarzán, que las dejaban para el invierno. Y nos caíamos, y nos hacíamos unas heridas tremendas, pero tras unos sollozos, un poco de mercromina y un “los hombres no lloran” volvíamos de nuevo a la calle a perseguirnos unos a otros a la velocidad del rayo. Pero eso era más tarde, después de la siesta, siesta obligada que nunca dormíamos, provocando las iras de nuestros mayores que no veían la manera de librarse de nosotros en aquellas tórridas horas de la sobremesa veraniega.
Y Sebastián seguía su camino por las calles de Villalba hasta llegar a la estación, que una vez le vi por allí, y me quedé sorprendidísimo, porque la estación estaba muy lejos de casa y yo no comprendía como podía llegar hasta allí andando y tirando de la mula y del carro de la fruta. Y es que todavía en Villalba se podía ir por sus calles tirando de una mula y de un carro, porque ahora sería algo impensable. Cómo ha cambiado aquel pueblo, tan agradable entonces, tan habitable, tan paseable, tan… ¡pueblo!, y qué hostil ahora, tan lleno de coches, tan embotellado, tan contaminado, tan invadido de asfalto por todos sus rincones, sin un solo espacio donde caerse con la bici y volverse a levantar casi como si nada.
Aunque no creo que Sebastián viviera esos cambios tan drásticos de nuestro tan querido Villalba. Ya un verano apareció sin carro y sin mula, y los había sustituido por una furgoneta. ¡Qué desilusión! Ya solo quedaba la balanza, pero sin Cayetana nada era lo mismo. La balanza no tenía ningún atractivo por sí misma. La verdadera atracción de aquellas tardes de verano era Cayetana, y cuando ella dejó de traer la fruta, fue como si algo muriera dentro de mí. Ya no volví a salir con mi abuela a comprar la fruta, salvo alguna vez para ayudarle a llevar las bolsas. Y ya no oí más el melodioso grito de Sebastián -¡¡Fruterooo!!-, que fue sustituido por el chirriante y estridente sonido de la bocina de la furgoneta. Desde ese verano todo empezó a cambiar. Había llegado el progreso, con su látigo implacable, a destruir nuestros sueños de niños. Poco a poco Villalba fue cambiando hasta dejar de ser lo que fue. Y aunque no hubiera cambiado, Villalba, sin el frutero Sebastián y su mula Cayetana, ya nunca hubiera sido lo mismo.
Pese a todo, aquel grito -¡¡Fruterooo!!- permanecerá siempre en mi memoria, ajeno al inexorable avance del progreso.

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miércoles, febrero 19, 2014

¡MÚSICA, MAESTRO!


He encontrado en la red el vídeo que os dejo a continuación. Y, la verdad, sobran las palabras. Hoy no me extenderé mucho, pues, como ya es sabido, una imagen vale más que mil palabras. La música es ya algo bello de por si. Pero si además la mezclamos con la sencillez de un niño, con su descaro, su talento al alcance de muy pocos... entonces ya es el no va más. Merece mucho la pena que saques un momento en tu apretada agenda, te sientes relajadamente frente al ordenador, o frente a tu teléfono móvil, tu tablet... y disfrutes de estos 10 maravillosos minutos. Que disfrutes viendo disfrutar a este pequeño director de orquesta (pequeño de tamaño, pero enorme en talento), disfrutar a sus músicos, disfrutar a su público. Son 10 minutos de magia, de belleza, de encanto, 10 minutos de pasión convertida en música. Señores y señoras, con ustedes, ¡Edward Yudenich!



¿A que es fantástico? Y es que, además de ser un genio, pone en lo que hace toda la pasión y el descaro propios de un niño de su edad. Generalmente, cuando un niño hace algo que le gusta, lo hace con ganas, pone en ello todo el corazón. Y... ¿qué tal si hacemos nosotros lo mismo? ¿Qué tal si cada cosa que hagamos, ya sea en el trabajo, en nuestras relaciones con nuestros familiares, con nuestros amigos, en nuestro tiempo libre... qué tal si ponemos en ello el corazón, como lo hace este niño cuando se sube al escenario? Seguro que todo a nuestro alrededor cambia. A veces no es fácil, pues pesa la rutina, pesa el ritmo de vida tan acelerado que llevamos, las dificultades, los problemas, las desilusiones... Pero si al menos lo intentamos, estaremos más cerca de conseguirlo. ¡Vamos!

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lunes, febrero 17, 2014

DIME LA VERDAD

Hoy quiero hablar de la verdad, algo, por cierto, muy pisoteado hoy día, especialmente por algunos estamentos de nuestra sociedad. Como decía en el primer artículo de este blog, si hay algo que pueda identificarse claramente con la belleza es la verdad. La verdad es bella de por si, así como su contrario, la mentira, es algo abominable y puede llegar a destruir cualquier tipo de relación humana. Si no hay verdad no hay confianza posible, y si no hay confianza, la relación entre dos personas, o entre grupos de personas, es poco menos que imposible.

Hace años, siendo yo universitario, fui aficionado a coleccionar artículos de Julián Marías. Hoy aún guardo algunos, varios de los cuales me van a ayudar a escribir mi articulo de hoy.

Está muy difundido, especialmente en la vida pública, el uso de la mentira. Se utiliza para alcanzar poder, fama, dinero, éxito. Y, como decía el citado filósofo español, la mentira a veces da buenos dividendos. La utilizan los políticos (la mayoría, por desgracia), y lo hacen sin vergüenza ninguna, para acaparar el mayor número de votos posible, o para alcanzar cualquier otro objetivo que se hayan propuesto. Y, lo que es aún peor, normalmente no pasa nada. Lo verdaderamente preocupante, decía Julián Marías, es el desinterés por la verdad, que se ha deslizado insidiosamente hasta en el mundo del pensamiento teórico. El uso de la mentira está aceptado por amplios sectores de nuestra sociedad, y eso dificulta claramente la convivencia. Se ha perdido la sensibilidad para la mentira, que se acepta pasivamente y casi sin darse cuenta. Y esto representa un grave problema. Si existiera sensibilidad para la verdad, y vuelvo a citar a Marías, la falsedad sistemática bastaría para descalificar a quien la usase y asegurar la derrota. Pero por desgracia, esto no es así. Los políticos obtienen gran rédito electoral a base de engañar a sus electores (y estos, muchas veces, se dejan engañar); muchos medios de comunicación basan su éxito en la difusión de noticias no contrastadas, engañosas o tendenciosas, cuando no claramente falsas; últimamente incluso los clubs de fútbol, deporte que se ha convertido en un auténtico negocio, utilizan la mentira y el engaño para lograr sus objetivos; se falsea, y esto es especialmente grave, la historia de un país con tal de alcanzar oscuros y siniestros objetivos. Se usa la mentira con total impunidad, incluso algunas veces es ensalzada, se llega a admirar la habilidad de pasar por encima de la verdad y pisotearla. 



Pero también en el trato entre iguales, en el tú a tú de las relaciones cotidianas, se usa la mentira como recurso para lograr lo deseado, o para tapar lo que no se quiere que se sepa. Y cuando esto ocurre, cuando la falsedad se cuela en la relación entre dos personas, o entre un grupo de personas, esa relación está ya dañada mortalmente. Y si no se pone remedio, si la práctica de la mentira se convierte en algo habitual, la relación acabará por desintegrarse.

Julián Marías dice que la verdadera raíz del desprecio a la verdad está en el desprecio a uno mismo. La verdad está unida de tal modo a la condición humana, que el que miente a sabiendas está atentando contra sí mismo, se está hiriendo, mancillando, profanando. Pero esto, antes o después, tiene consecuencias. Y las tiene para uno mismo. El que adopta la mentira como forma de vida acaba acumulando un grave poso de amargura, un inmenso descontento consigo mismo.

La mentira, por tanto, destruye relaciones, y acaba destruyendo a uno mismo. Es, en palabras nuevamente del filósofo, lo más parecido a un suicidio. Es lo más alejado posible de la belleza. Sin embargo, la verdad es bella en sí misma, como decíamos al principio del presente artículo. La verdad, a diferencia de la mentira, que siempre está en conflicto consigo misma, es coherente. El que busca la verdad, dice Marías, siente veneración por la realidad, está sobrecogido por su riqueza y su misterio, no se atreve a desfigurarla. La verdad, a veces, cuesta. Pero, como todo lo que requiere un esfuerzo, merece la pena. Todo lo bueno y bello que puede llegar a construir o alcanzar el ser humano está basado en la verdad. La verdad, antes o después, se abre paso, posee una fuerza inquebrantable. Requiere, eso sí, la firme adhesión personal, la decisión de sostenerla y afirmarla. Y, por ende, una radical oposición a la mentira.

La verdad es, pues, el fundamento de la convivencia, lo que la hace posible. Propongo, para terminar este artículo, que hagamos un gran ejercicio en pos de la verdad. Que rechacemos, y denunciemos en la medida de lo posible, todo aquello que sea falso, cualquier mentira, venga de donde venga: políticos, medios de comunicación, escritores, deportistas... Y que hagamos de la verdad nuestra bandera. Empezando por nuestras relaciones más cercanas: nuestra pareja, nuestros padres, nuestros hijos, hermanos, amigos, profesores, compañeros de trabajo... Que amemos la verdad, que la hagamos brillar, que la convirtamos en norma de convivencia. Pienso que es la única manera de desterrar la mentira y la falsedad de esta sociedad tan hipócrita hoy día. Vamos a ello.

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jueves, febrero 13, 2014

TENGO UNA AMANTE


Pues sí, tengo una amante. Y es algo que me llena de vida. Me ayuda a ver las cosas de otra manera, con otros ojos, con mayor ilusión, con más optimismo. Espero con impaciencia el momento de volver a verla, y cuando estoy con ella es todo tan intenso, las miradas, las palabras, los gestos, los silencios, y pasa el tiempo tan rápido, que en cuanto nos despedimos ya tengo ganas de volver a verla. Sí, tengo una amante, lo reconozco. Y no me da vergüenza decirlo, alto y claro. Mira el vídeo, y verás que no soy el único.




Tengo una amante, porque amante es el que ama. Como veis, este vídeo habla de la fidelidad. ¡Qué palabra tan bonita y tan poco de moda! Ser fiel es un modo de vida, es un reto, una apuesta ganadora. Ser fiel es la forma más bella de decir te quiero. Es algo que no se lleva mucho, pero que entre todos deberíamos volver a poner de moda. Ser amante es ser fiel. Es elegir a una persona entre muchas otras y quererla para siempre. Ser amante es decir te quiero todos los días, hayan pasado 25 años, o 30 o 50. Y decirlo con palabras, pero sobre todo decirlo con hechos. Y con miradas. Y con detalles, con muchos detalles. Ser amante es decir gracias y por favor, ser amante es saber pedir perdón y perdonar. Ser amante es estar dispuesto a dar la vida por una persona, es pensar más en ella que en uno mismo. Ser amante es la forma más bella de ser feliz. Y todos podemos ser amantes. Otra forma, una más, de enriquecer este pequeño mundo en el que vivimos.

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miércoles, febrero 12, 2014

¿POR QUÉ SER OPTIMISTAS?

Escribo este artículo con ideas que me hace llegar Mª José Calvo a través de Mª Elena Rubio. ¿Por qué ser optimistas?, se pregunta la autora del blog que cito ("Optimistas Educando"). Y nos da varias razones, que detallamos a continuación:

En primer lugar, ser optimista es una forma de afrontar la realidad. No hay que esperar pacientemente a que las cosas ocurran de forma positiva, sino que, más bien, hay que trabajar para que ello ocurra. Ser optimista no es una especie de visión "buenista" de la vida, según la cual todo es bueno, todo es "guay", nada me afecta. No, no se trata de eso. Se trata, más bien, de buscar lo positivo de cada cosa que nos ocurre, y de no conformarse con que las cosas sean como son, sino de luchar por mejorarlas. Hay que tener en cuenta que "la vida es dolor, alteza, y quienquiera que os diga lo contrario pretende engañaros". Es una cita de "La princesa prometida", película, por cierto, muy optimista y que recomiendo a mis lectores. Y puesto que la vida a veces se hace cuesta arriba, mejor ser optimistas ante ella. Eso nos permitirá afrontar con mayores garantías de éxito las adversidades que vayamos encontrando en el camino.



Por otro lado, ser optimista es una forma de ser excelente, de ser grande, de ser magnánimo. Si queremos alcanzar la excelencia debemos ponernos metas altas, y luchar por alcanzarlas. A veces no llegaremos, pero siempre lucharemos por ello, que, al final, es lo que importa. Y cuanto más altas sean nuestras metas, más alto llegaremos, aunque a veces caigamos. El que lucha, antes o después vencerá. Cada caída le acercará más a la meta. El que no está dispuesto a luchar, porque la meta es difícil, está ya derrotado desde el principio. Una visión optimista de la vida nos permite afrontar cualquier meta con mayores garantías de éxito.

El optimismo nos permite también tener una actitud proactiva ante la vida. Es decir, anticiparse a los hechos, en lugar de reaccionar a estos cuando ya han sucedido. Se trata de hacer que las cosas sucedan, en lugar de sentarse a esperar a ello. Se trata de vivir la vida, y no ser mero espectador de la misma. 

Por otro lado, tener una actitud optimista refuerza nuestra autoestima, nuestra seguridad en nosotros mismos, y, en consecuencia, a los que tenemos alrededor. Siempre se ha dicho que un ejemplo vale más que mil palabras, y que educan más los hechos que los sermones. Alguien optimista contagiará de optimismo a los que tiene cerca. Esto es muy importante, por ejemplo, en el caso de unos padres que están educando a sus hijos. Si los padres son optimistas, es más probable que los hijos también acaben siéndolo.

En fin, ser optimistas es, al fin y al cabo, el mejor camino para ser felices. No siempre es fácil, a veces se hace muy cuesta arriba. Pero merece la pena. Cuanto más optimistas seamos, más optimistas tendremos a nuestro alrededor. Y así, la cadena irá creciendo. ¿Qué mejor forma de adecentar un poquito este mundo nuestro? ¡Hala, vamos a intentarlo!

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lunes, febrero 10, 2014

EL MILAGRO DE LA VIDA

El siguiente vídeo me lo hace llegar Marieta LLorente. Se trata de un impresionante testimonio en el que Gianna Jessen, una americana de 37 años, nos cuenta cómo sobrevivió al aborto que le practicaron a su madre biológica. Un testimonio que nos muestra que la vida, al final, tiene más fuerza que la muerte y la destrucción.



El testimonio de Gianna es a la vez bello y desgarrador. Nos cuenta cómo esta vez la muerte no pudo imponerse a la vida. Quizá alguien pueda decirme, al ver este vídeo, que yo prometí hablar de la belleza, impregnar de un tono positivo este mi nuevo blog, aparcar todo aquello que signifique pesimismo, todo aquello negativo, todo aquello que se oponga frontalmente a la belleza. Pero por eso, precisamente por todo ello, quiero compartir con mis lectores este vídeo. Hoy día, por desgracia, el aborto está aceptado por amplios sectores de la sociedad como algo normal, como una posible solución para arreglar un problema. Pero si de verdad queremos hacer de este mundo un rincón más amable, un lugar más agradable donde vivir, entonces debemos desterrar algunas cosas, algunas prácticas que atentan directamente contra la dignidad del ser humano. Y una de ellas es el aborto. El aborto no soluciona ningún problema, no debería ser nunca una alternativa; el aborto es una tragedia, tanto para el niño ya concebido como para su propia madre, que no deja de ser también una víctima de esta terrible práctica. Y una vez que todos seamos conscientes de que el aborto no es una solución, una vez que logremos dar una salida a todas aquellas mujeres que se ven enfrentadas al drama del aborto y consigamos que puedan sacar adelante a sus bebés, entonces, sólo entonces, la vida habrá triunfado sobre la muerte, y este mundo será un poco más bello, más luminoso, menos peligroso para los que lo habitamos. Hay algo que dice Gianna Jessen en este vídeo y que todos deberíamos recordar cada día al levantarnos: estamos hechos para la grandeza. Entonces, seamos grandes y defendamos la vida. Hagamos de este mundo un lugar más humano.

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domingo, febrero 09, 2014

LA INDUSTRIA DE LA BELLEZA

Me hace llegar mi amigo Paco Rosa, a través de Gema de la fuente, el siguiente vídeo acerca del concepto de belleza que trata de vendernos la sociedad.


No hay mucho que decir al respecto. Podríamos decir que esto, lo que la industria de la belleza considera algo bello, es un claro ejemplo de lo que NO es la belleza. Tratan de vendernos que una mujer bella es una mujer escultural, una mujer con un cuerpo 10 (lo que ellos consideran un cuerpo 10, muy lejos en realidad de lo que es un cuerpo femenino bello), una mujer irreal, una mujer de mentira, de silicona, artificial, una mujer superficial y vacía. Y luego, por desgracia, vienen los problemas: complejos de inferioridad, depresiones, anorexias, bulimias... Por eso, como dice el vídeo... habla con tu hija antes de que la industria de la "belleza" lo haga. Enséñale qué es en realidad la belleza, que tiene mucho más que ver con una actitud interior que con algo exterior. La mujer bella empieza a serlo por dentro, y esa belleza interior se traduce en belleza externa. Una buena educación será siempre la mejor manera de evitar que después nuestras hijas, nuestros hijos, se vean sometidos a la tiranía de una sociedad materialista, hedonista y vacía.

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viernes, febrero 07, 2014

COMENZAMOS

Con este primer artículo quiero darte la bienvenida a mi nuevo blog. Aunque llevo ya tiempo en este mundillo, hoy he decidido recomenzar una vez más y dar vida a un nuevo proyecto. Mi anterior blog era una especie de cajón de sastre en el que cabía de todo, tanto noticias positivas como negativas, críticas, alabanzas, sátiras, llantos, lamentos, historias divertidas, risas, en fin, un poco de todo. Pero en los últimos meses, en los que lo he tenido aparcado, he estado dándole vueltas a una nueva idea. Se trata de, como indica el título de este nuevo blog, escribir sobre la belleza. Tarea harto difícil, porque... ¿qué es la belleza? ¿Cómo la definimos? Y, ¿cómo decidimos qué es bello y qué no lo es? Bien, es algo que iremos viendo poco a poco, tú que me lees, y yo que escribo estas líneas. Iremos descubriendo, si quieres acompañarme, un nuevo camino donde lo bello (es decir, lo verdadero, pues al fin y al cabo, la belleza está íntimamente relacionada con la verdad) se vaya abriendo camino. Si mi blog anterior era un cajón de sastre, como ya he mencionado, éste también lo será. Pero de otro modo. Aquí pretendo hablar de cosas positivas, dar una visión optimista de la vida. Para malas noticias ya tenemos los periódicos, y, especialmente, la televisión. No hay más que asomarse a la prensa de cada día, o enchufar la tele, para sumergirnos en un mundo caótico donde parece reinar la maldad, donde todo es oscuro, donde las desgracias se suceden una detrás de otra. Si nos visitara un alienígena que no supiera nada de nuestro planeta y lo primero que hiciera fuera leer un periódico o encender la televisión, se llevaría una desagradable sorpresa. Pensaría que en este mundo todo es negativo, que estamos a punto de extinguirnos, que no merece la pena vivir aquí. Pero nada más lejos de la realidad. Que los medios de comunicación no nos lo muestren, no significa que este mundo no esté lleno de cosas buenas, de personas amables que luchan por hacer del entorno que habitan algo mucho mejor, de sucesos felices, de heroísmos, de generosidad, de alegría, de felicidad, en fin, de belleza. Y eso es lo que pretendo mostrar yo con este blog. Quiero mostrar el lado bello y positivo del mundo y de la gente que lo habita, como cito en la cabecera. Y para ello me serviré de artículos de mi propia cosecha, en los que hablaré de lo divino y de lo humano, pero también me serviré de vídeos que encuentre por Internet, de libros que haya leído, películas, canciones, testimonios de otras personas... Siempre, por supuesto, citando la fuente cuando lo publicado no sea cosecha propia. Ni que decir tiene, que este blog es tanto mío como tuyo, y que estoy abierto a tu colaboración. Y también a tus críticas, a tus correcciones, a tus consejos, recomendaciones, sugerencias, a cualquier cosa que me quieras contar. Siempre, eso sí, desde el respeto y la buena educación. Espero que, juntos, podamos hacer de este mundo un rincón algo más habitable, más confortable, más humano. 

Comenzamos. ¿Me acompañas?

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